Por Zoraya Urbina*
“Esa mujer es una gran zorra”, “¡mira, qué fea!”, “¡es tan inútil!”, “¡qué antipática!” son algunas de las etiquetas que suelen colgarse a las personas, en especial a las mujeres. Así se deja de ver al ser humano y se le empieza a catalogar, encasillar y a crear ideas prejuiciosas sobre cómo es.
Lo más triste es que muchas veces generalizamos una actitud y etiquetamos a los demás con base en un hecho particular, sin ser conscientes de que, al hacerlo, los adscribimos a un espacio en el que no les permitimos demostrar si son distintos o mejores de lo que pensamos.
Lo mismo ocurre en positivo, cuando enaltecemos a alguien y lo colocamos, de forma metafórica, en un altar, siendo incapaces de ver sus equivocaciones. Casos como este abundan en pseudolíderes, sanadores, religiosos, chamanes o mentalistas, a quienes les otorgamos la categoría de seres superiores sin tomar en cuenta la complejidad y la falibilidad de la condición humana.
Esto sucede también con los géneros y las identidades, posicionando a un grupo en un lugar de privilegio con respecto al otro. Los criterios que usamos para categorizar a las personas hacen que incluyamos a unos y excluyamos a otros, otorgando superioridades arbitrarias, a pesar de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que toda persona es igual a otra, sin importar su condición, raza, género, ideología o afinidad política.
Al etiquetar a los demás, lo que hacemos es estigmatizarlos. La mayoría de las veces las personas no salen favorecidas, pues tendemos a usar calificativos peyorativos con los que dañamos la autoestima y la percepción del otro, causando heridas que perviven en el tiempo. Como lo define la Real Academia Española, etiquetar implica aplicar una clasificación simple y estereotipada.
Cuando clasificamos a las personas, marcamos aún más las asimetrías sociales y educativas, abriendo una brecha cada vez más profunda. La Labelling Theory o Teoría del Etiquetado, propuesta por el sociólogo estadounidense Howard Becker a inicios de los años sesenta, plantea justamente que la desviación no es una cualidad del acto en sí, sino una consecuencia de la etiqueta impuesta, y que las personas tienden a actuar según han sido catalogadas.
De acuerdo con esta teoría, la profecía autocumplida prevalece cuando las personas terminan apropiándose de las etiquetas impuestas por la sociedad, limitando de forma drástica su desarrollo personal, profesional y social.
En tal sentido, vale la pena preguntarnos cuántas posibilidades y talentos hemos apagado, como sociedad, en los demás y en nosotras mismas, por asumir como verdades los calificativos del entorno. Liberarnos de las etiquetas, especialmente aquellas que han buscado históricamente silenciar o encasillar, especialmente a las mujeres, es la única vía para reconstruirnos desde la autonomía, la dignidad y el respeto a nuestra diversidad como seres humanos.
Es urgente desmantelar la ligereza con la que juzgamos y nombramos al otro. Quitarnos las etiquetas impuestas y negarnos a colocarles marcas a los demás no es solo un ejercicio de empatía; es un acto real y potente de justicia y libertad. Al final del día, ninguna persona puede limitarse a una palabra, es solo cuando aprendemos a mirar más allá del estereotipo, que nos permitimos reconocer la verdadera riqueza y dignidad que habita en cada ser humano.
*Puedes encontrar material de la autora sobre mujeres, resiliencia y bienestar en: https://www.youtube.com/@ZorayaUrbina
Diario Co Latino 134 años comprometido con usted