Las palabras, el dinero y las cosas
Rafael Lara-Martínez
Professor Emeritus, New Mexico Tech
https://nmt.academia.edu/RafaelLara
Desde Comala siempre…
Al regresar, el Espectro (Gespenst, -Kujkul) testimonia de un pasado vivo y de un futuro viviente. JD
I. I. II. Los infiernos urbanos
La cuestión a dilucidar consiste en saber si la interpretación precedente no omite rasgos esenciales del relato intitulado “Le pedíamos dinero a Kujkul”. El Espectro no se reduce a un simple acto de la imaginación —según la lectura derridiana— ya que su presencia deriva de “una genealogía socio-económica o de una filosofía del trabajo”. La escena primitiva define la responsabilidad marital y paternal por sufragar los gastos familiares de “su esposa y sus hijos” (enunciado 1).
El deseo monetario rompe la estabilidad comunitaria —el sedentarismo pueblerino en el entorno de lo familiar y conocido. El trabajo impulsa la errancia del héroe hacia una región inexplorada, pero no del todo ignota. El desempleado mismo anticipa el encuentro furtivo con Kujkul, quien se liga al dinero por inherencia. Su aparición provoca una dislocación del lugar de origen. Transporta al protagonista hacia un mundo paralelo distinto, regido por el dinero y el oro abrillantado. En ese sitio, “todo lo que brilla asusta”.
Literalmente, el título mismo transcribe el razonamiento alternativo que la traducción sesgada del libro desvía. “Historia de pactos” presupondría que —ajeno a la comunidad indígena— el dinero (tumin) sólo se consigue por una alianza maléfica con el Diablo quien otorga ese premio. No obstante, esa paráfrasis asume ya varios conceptos de orden sociológico, sin los cuales Kujkul carece de todo valor mito-poético y financiero. Ante todo, se reitera se trata del dinero (tumin) y de lo abrillantado (tzijtzinakajtuk) por excelencia. Por ello, al descomponer la traducción del libro, se asienta que no hay “historia” salvo del acaecer (panutuk) ante los ojos (-ix-pan) del protagonista, quien vive el evento. A la historia científica y académica se contrapone la vivencia.
El “pacto” que establece con Kujkul se llamaría contrato informal de trabajo. Gracias a esta oferta verbal, el desempleado colma su necesidad financiera, aun si no obtiene la más elemental compensación social, a saber: beneficios médicos ni de jubilación. Simplemente, el relato narra una búsqueda y encuentro —“quien busca, halla”— como en la caza. El motivo clásico de la mito-poética náhuat de Leonhard Schultze-Jena (1935) —la persecución de un venado— se revierte hacia el objeto inmaterial de la moneda. Su abstracción la verifica la manera en que se intercambia por cualquier mercancía concreta, a valor de uso determinado. No se consume de manera inmediata; tampoco lo brillante alimenta ni abriga. Según lo anticipa Aristóteles en la “Política” (1257a), en todo objeto existe una diferencia neta entre “su uso como zapato” y su “empleo como intercambio”.
Su esencia implica la transformación en cualquier objeto útil. La metamorfosis la declara la avaricia voraz cuyo deseo áureo vuelve al humano en cerdo. Todas las connotaciones de este término animal estallan en arco iris variado, desde lo sucio y grosero hasta el manjar que decora la mesa de los comensales refinados. Hacia las antípodas de la tacañería, el desdén de poseer dinero efectivo asegura el triunfo. Lo negro del carbón revela su antónimo financiero. Al regresar a casa, no hay evidencia del crimen. No hay cheque que rastree la operación bancaria. Sólo pervive el testimonio oral y, acaso, el bienestar familiar. Así lo atestigua la narradora.
Esta lectura materialista hace del Kujkul un ser humano real, un caballero, en el sentido estricto de la palabra: ne takat pak se kawax (enunciado 3). El caballo marca la distinción entre la figura montada y la pedestre. Quizás encarne a un hacendado quien conduce al campesino pobre hacia su propiedad o, mejor aún hacia la gran ciudad. El caballero es dueño de un matadero, que, en metáfora o literalidad, ofrece una imagen fiel de la disparidad étnica y social de la zona urbana. La antropofagia se disfraza de ansia carnívora, aun si siempre deja traslucir el crimen de su empresa. La ciudad figura como verdadero “Estado-Fantasma” donde se disuelve el lazo comunitario. Esclaviza a una abundante proporción de sus pobladores hasta convertirlos en “cerdos”, esto es, alimento privilegiado del grupo hegemónico. Sin forzar mucho el término, la transparente etimología de “animal” —“ánima, alma”— remite a la energía vital que le suministra a quien ingiera su carnalidad, dizque inferior, en aderezo. Literalmente, el animal le otorga su ánima y ánimo, su energía al comensal.
La frontera —bastante fluida entre lo animal y lo humano— parece tan generalizada que, hacia la tierra original de lo yuto-nahua, en Nuevo México, Rudolfo Anaya la reitera en su famosa novela “Bendícema Última” (1992). En el capítulo IX, al alter-ego infantil del escrito, sus compañeros le inculcan el tabú de consumir carpas. Como los cerdos en el relato náhuat, ese pez singular proviene de seres humanos trastocados. En castigo de los Dioses, viven cuales entes acuáticos en los ríos del desierto norteño. Habría una correspondencia inédita entre la frontera sur y norte de Mesoamérica, por un rasgo mito-poético común. Ambos márgenes no restringen el canibalismo a comer carne humana, ya que el animal le entrega también su ánima compasiva al depredador que lo devore. Si se prefiere, el animal otorga energía a quien lo consume. Por ello, en sentido estricto, si Kujkul significa “brujo/a”, “ladrón/a de almas/ánimas”, todo ser humano que ingiera carne califica de hechicero maligno.
I. I. III. Banda espectral
Si esta lectura encarna Kujkul en un personaje humano —caballero, aristócrata o burgués— la maldad diabólica la vincula a la obtención del dinero por medio de un trabajo remunerado en la urbe y carente de toda prestación social. Muy cercana a la interpretación derridiana de Marx, el Espectro se enlaza al dinero; el trabajo asalariado, a la matanza del prójimo vuelto animal. Este último vecino se objetiva como ente zoológico, grosero, cuyo único valor lo ofrece su carne destazada.
La interrogante siguiente consiste en mostrar la diversidad de personajes que adquieren ese valor de Kujkul. En primer lugar, la sección siguiente analiza el sesgo particular que adquiere la Siguanaba ligada a la Muerte y el conflicto generacional por el alimento. En segundo lugar, se continúa con el conflicto generacional y se analizan otros personajes —a veces indefinidos— quienes reciben el mismo atributo. Se trata de ladrones de energía anímica (Tunal), o Huracanero o destructor de cosechas, su acción malévola incita a expulsarlo para el bienestar de la comunidad.
II. El –Kujkul en Campbell
My heroes are ghosts. Pink Floyd en paráfrasis…
De los seis relatos que transcribe Lyle Campbell (véase Cuadro I), cinco se relacionan con la Muerte. Podría juzgarse la referencia mítica a la violencia como una temática transversal que recorta los seis relatos. “I. “Los Huracaneros”: narra el carácter perjudicial del viento —entidad andrógina y polimorfa— quien se vuelve pava (chompipe-mujer) en alimento de los humanos. Asimismo, su figura intempestiva linda en la depredación que remeda la sociedad en su cultura culinaria. Por la alimentación, este primer relato se vincula a “VI. El Nanahuatzin”, ya que el sustento implica la muerte de un animal simbólico: pavo y venado. Como lo anticipa la lectura anterior de “Le pedimos dinero a Kujkul”, los relatos perciben una correlación estrecha entre la muerte criminal del animal y la humana. Parecería que el asesinato antecede el arte culinario y la alimentación (se anota que Campbell escribe “h” para “j” del alfabeto castellano).
I. Los Huracaneros – Santo Domingo de Guzmán, junio de 1975
II. El Arco – Santo Domingo de Guzmán, junio de 1975
III. La Siguanaba – Santo Domingo de Guzmán, junio de 1975
IV. El Sipitillo – Santo Domingo de Guzmán, julio de 1975
V. El Rey – Cuisnáhuat, 1976
VI. El Nanahuatzin – Cusináhuat, 1976
Cuadro I
“II. El Arco” parece buscar el sustento cotidiano entre los progenitores difuntos, responsables de alimentar su progenie. Incluso desde el inframundo, deben cumplir la obligación de sustentarla. Empero, de ellos sólo recibe excrementos en engaño. En el conflicto generacional se enlaza a la última crónica (VI) que también describe la disputa entre jóvenes y adultos. La pugna presupone la obtención del sostén básico y la contiende por acapararlo.
Igualmente sucede con “III. La Siguanaba” y “IV. El Cipitío” los cuales conllevan la muerte o la enfermedad que se adquiere en pesar nocturno. En el tercer relato destaca la violencia física que el hombre ejerce contra el espectro femenino al visualizar la Muerte. Por el concepto de espanto —-kuhkul— se liga a la sexta narración. “EL Nanahuatzin” también identifica a un intruso —“enamorado de la abuela”— bajo el mismo calificativo de Espanto.
Se anota que existen discrepancias narrativas entre la versión mestiza y la náhuat-pipil que transcribe Campbell de la Siguanaba y del Cipitío. Si la interpretación oficial resalta la infidelidad matrimonial y el Eros, la indígena vincula la Siguanaba a la Muerte, Thánatos, y al valor varonil de enfrentarla. Asimismo sucede con su hijo —el Cipitío— quien de fomentar el amor femenino, se relaciona a la violencia mortuoria de la noche.
La enfermedad que el canon literario monolingüe le atribuye a la Siguanaba, el margen náhuat-pipil le adjudica al Cipitío de propagarla. Ambos personajes —como otros –Kuhkul, “espectros o cocos”— provocan la enfermedad (kukuya) corporal y la social de la violencia. Su premisa nocturna advierte la llegada del susto (mu:tia) y el miedo (mahmawi) en una doble faz, causa y efecto del furor de lo político. Por último, sólo “V. El Rey” ofrece una utopía de reconciliación social por el entendimiento político entre grupos sociales diversos.
De igual manera que el primero y el sexto relato —“Los Huracaneros” y “El Nanahuatzin”— se vinculan al sacrum-facere —construcción de lo sagrado por el alimento que une a los comensales— también en el último y el tercero —“Los Huracaneros” y “La Siguanaba”— aparece el término –kuhkul. A posesión obligatoria, define varios espectros que recopila (1). De hecho, se trata de dos: la Siguanaba —desafío nocturno viril con la Muerte— y el amante de la abuela quien cuida a los niños nacidos del morro, símbolo del útero materno.
(1)
(a)
ini nu-kuhkul, pero ni-k-chiw-ki hregár, porke ni-k-ilpih.
ésta/e es-mi-espectro, pero la fregué (hice fregar) porque la amarro.
(b)
uk yu wi:ts ne: tu-kuhkul wan yu ki-mati ne ‘parrá:n’, ‘pá:’, yu temu
ahora va, viene ahí, es-nuestro-espectro y va, lo-siente el parram, pa, va, cae.
(c)
ne se:yuk noche “pla:h”, ne tu-kuhkul, “a:ha:(n)
la otra noche “plaah”, es el nuestro espectro, “¡ah!”.
(d)
tesu ha masa:-t, ne i-naka-yu tu-kuhkul, ne i-da:muh ne in-lama
no es-ése que-es venado, la que es-su-carnalidad de nuestro espectro, el que es su damo de la (que es) su-nana
(Nótese la serie de tres presuntas oraciones omni-predicativas (“ser” implícito) en presente. La primera lo es a justo juicio, mientras las dos siguientes las nominaliza el determinante (ne) que las antecede).
(e)
“ini ne i-naka-yu tu-kuhkul,” k-ilwih-ke-t.
“es-ésa la (que es) su carnalidad de nuestro espectro”, le dijeron
(nótese de nuevo la nominalización (ne) del predicado posesivo).
Los cinco ejemplos marcan la posesión obligatoria como si el Espectro —la Siguanaba en el tercero y el enamorado de la abuela en el sexto relato— calificaran como secciones constitutivas de los individuos que enfrentan su propia violencia. A etimología incierta —quizás cognado del náhuatl-mexicano cocôlli, “riña, enojo”— Karttunen lo relaciona con el verbo cocôa, “estar enfermo, escocerme o dolerme una parte del cuerpo”. Esta derivación lo vincularía a ku:kua, “doler”, y kukuya, “enfermarse”, en náhuat-pipil. Su aparición denota un malestar social y personal, el cual correlaciona el fantasma a una teoría de la enfermedad que perturba la paz de la comunidad.
Tal cual lo sugiere Campbell, esa reduplicación también se relaciona al náhuatl-mexicano côlli, “abuelo, ancestro” —kuhkul, “anciano, viejito”. Este entronque explicaría el conflicto de los Tepehuas con su guardiana, en el relato conclusivo. No en vano, Werner Hernández confirma la raíz —“anciano, antepasados (ne kujkulwan), abuelo (-kujkul), diablo”— y le atribuye otros sentidos concretos: “arrugado (kujkuluchnaj); regadera de jardín (kujkul ajwilia)”. Un significado peregrino enlaza la enfermedad, el antecesor y el Espectro o “demonio” bajo un solo término.
Así adquiere una dimensión histórica, generacional. Tal vez, según el axioma “revolución o muerte”, toda defunción en combate —cual la de Roque Dalton (1975)— se vuelve “ne i-kuhkul revolución”. En verdad, cada mes de mayo regresa a espantar la memoria de los sobrevivientes. En cimiento del cuerpo mismo —-tsin-kuhkul, tsin-, “base, bottom, buttocks; nalga, base, ano”— el espectro también se yergue en el trasfondo invisible del organismo humano.
La noche (tayuwa) parece ofrecerle su nicho de acción privilegiado para fomentar el miedo y el susto. En Campbell, el Espectro siempre aparece poseído, dotado de esa inherencia que a veces se dispensa lo carnal: — ki-neki-t ki-kwa-t ne naka-t, ne ihya-k naka-t pal ne masa:-t, “quieren, lo comen la carne, la hedionda/anímica carne del venado”. Sólo la subjetividad misma diseña una frontera estricta entre ne i-naka-yu, lo inherente en el ejemplo (1e) ante-citado, dotado de Energía Anímica, y lo comestible, ne naka-t, la carne de un animal muerrto. Por ello, el Espectro semeja proyecciones psíquicas de los pobladores. Se trataría de fragmentos corporales en cuyas metáforas se asienta la larga dimensión de la violencia.
En calco directo del asesinato fundador —preludio del alimento— “nuestro espectro” también justifica el crimen. En su defecto, legitima la violencia contra el agresor, necesaria al salvaguardar la integridad individual y del grupo. El protagonista de la Siguanaba la amarra —cual prisionera— hasta obligarla a revelar su figura animal y tosca.
Asimismo, los Nanahuatzin-Tepehuas le tienden una trampa al enamorado de la abuela: “ne takat, tuma-k i-ten-xipal (hombre de labios gruesos)”, según Schultze-Jena; “Sesimite el Gigante (the Giant)” para Hartman. Luego lo destazan y le ofrecen la carne —“meat and flesh”; pago de vianda en lujuria— a la abuela, gracias a quien crecen y maduran. No obstante, la inculpan de hechicera maligna, como lo es su propia madre en la versión de Hartman. A la abuela que Campbell llama “ tan-tepus-, diente de hierro”, en su afán depredador, Hartman la glosa “Tantèputz, la Comedora de Hombres (man-eating woman)”. Acaso en ella se conjugue la ambigüedad de la palabra –kuhkul, la cual de proyección nefasta connota lo anciano y ruin.
No en vano, ella recibe la misma pena capital que su amante, la cual merece casi todo espectro para liberar al individuo y a la comunidad. Su quema de hechicera la precede el reto viril del menor, quien le demuestra la altura de la orina masculina, en falla de la femenina al hundirse hacia el inframundo según (2).
(2)
k-ilwih-ke-t, “xi-k-ida lama, t-yu-t ti-yawi-t se: apwesta, ka: panu ne i-a:xi:x tsum-pan kal tesu ti-k-mitki-sneki-t”.
le dijeron, “mirá nana, vamos, vamos una apuesta, quien pasa la su orina arriba (cabeza-locativo) de casa, no lo/a desearemos matar”
(nótese el uso de tsum-pan como nombre relacional, sin preposición ni posesivo; el sufijo es el mismo que el del topónimo Ahuachapán).
Aunque no hay reprimenda contra la generación precedente, en “III. El Arco”, la descendencia no recibe el amparo deseado. Asimismo, “IV. El Cipitío” deja abierta la posible derrota del duende, acaso su castigo en (3).
(3)
kah ki-chih kombenír ki-chih ganár nu:san.
quien lo conviene/la hace convenir, lo/e gana también.
Por esa recursividad tan esencial a la lengua — a su formalización exacta— el náhuat-pipil instaura esa misma lógica al centro de su narrativa. “Dice que le dijo”. Las divinidades máximas —los Nanahuatzin-Tepehuas— provienen de la noche, acaso como todo ser humano que brota de una cueva. (4) anuncia el estallido del morro que ocurre exactamente a la hora de los Espectros, a la hora que sale el Cipitío (IV) por lo cual debe evitarse. Así lo confirman la ronda de la Sihuanaba (III) y la de su propia madre (VI), cuya cabeza deambula por las noches en adulterio (Hartman).
(4)
kabál tapa:ni-k ka tahku tayuwa, ma: ti-k-i:na-kan, ne medianoche, ti-k-kaki tahku tayuwa
cabal reventó a media noche, que digamos, la medianoche, lo oyes medianoche.
Ante una avalancha de seres nocturnos —Siguanaba, Cipitío, Descarnada/Mujer en fragmentos, Tepehuas, Nanahuatzin, etc.— resulta difícil distinguir los espectros volátiles, a la sombra, de las figuras reales a la luz diurna. Parecería que provenimos de lo opaco. De un reino sombrío antes de brotar, verdecer, fructificar, madurar, marchitar y sembrar/enterrar, antes de renacer. El ciclo vital transcurre entre el retoño y el otoño. Metáfora vegetal en el trópico: 3 de mayo, día de la Cruz y 2 de noviembre, día de Muertos. Si “las islas nacen de los mares”, el istmo surge de la lava (G. Cabrera Infante). Del cráter y de la cueva que lo expulsan en erupción durante el Cretáceo. (continuará)
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