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El carro

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador

Suplemento Tres mil

 

Su vida era una tormenta, y no le inquietaba. Todas las mañanas se paraba frente a su espejo para embellecerse, aunque por dentro se sentía un monstruo. Cada día al verse allí se dibujaba el rostro, repellaba los surcos que estuvieran toscos y poco a poco frente  a su espejo escampaba su vida. Y dejaba de ser Carlos para ser Karlita.

Salía cada noche para acallar la muerte y los espíritus que deambulaban en su pecho, mientras San Salvador se tiñe de gris y neón, y la soledad parecía infinita a pesar del congestionamiento de las calles con su espesa nube de smog que provocaba la tos entre los peatones atrevidos a enfrentar la calle para llegar a la acera de enfrente. Así que estaba allí, como todas las noches al abrigo de los viejos laureles aguardando a que la noche se cerrara por completo para sentirse totalmente libre.

Y en pie, cerca de la cantina de costumbre viendo cómo se juntaban para reunir monedas para comprar una botella.

El club de los beodos frecuentes le ofrecían tragos que ella bebía con total confianza. Inclinaba su rostro y formando una escuadra con una de sus piernas desnudas, suspiraba. Se sentía única mostrándose, a excepción de sus pies que eran todo su pudor. Los cuidaba con esmero y le pintaba las uñas. Pies grandes que resaltaban sus finas sandalias. Daba las gracias con una sonrisa cálida y tras limpiarse la comisura de la boca, iniciaba el diálogo.

–Ya vino noche, Karlita –Sentenció el más viejo, mientras movía entre sus dedos algo que la noche no dejaba ver.

–No, ¿Cuándo? Yo siempre vengo a la misma hora.

–Ajá, pero igual. ¿Quiere otro? –Resaltó la pregunta entre las risas de los demás.

–No. Ya voy a comenzar a trabajar y tengo que estar cabal –dijo y pensó: “si no vieran, jum”

Y sin disimulo comenzó la actuación. Era una diva que se acercaba  a la parada. Los usuarios curiosos apenas la miraban con asombro, otros fingían no verla y así la calle fue quedando vacía. Ella era la de siempre, esa augusta estatua de las “across from” y ya allí observaba los carros que virtualmente llegaban, disminuían la velocidad, pero el escaso poblado de los alrededores les obligaba a volver más tarde. Total, ella estaba acostumbrada y mantenía la tarifa, bajarla era su muerte. Antes muerta que sencilla, se decía. Hasta que la calle quedó vacía. Total lo prohibido debe costar lo suficiente para seguir siendo.

Esa noche no se veía buena, ningún cliente se detuvo a preguntar, y los tacones comenzaron a incomodarla. Ya había retocado tres veces el maquillaje porque el calor hacía que el Darosa se le deslizara por la frente y las ojeras. Se acarició los tobillos y decidió acortar el camino a casa, cuando bajaba la cuadra un carro disminuyó la velocidad. Era un pick up anaranjado con parches negros y blancos completamente aboyado y con el parabrisas que mostraba una telaraña en la parte superior derecha. Se veían las siluetas de dos tipos adentro, solamente.

Karla puso la frente erguida y posó. No parecían clientes, pero así se veían todos: como si no lo fueran. Así que valía la pena probar. Total el hambre, se decía.

Uno de los sujetos abrió la puerta sin prestarle mucha atención, puso un bulto sobre la acera.

–¡Apurate, cabrón!, ¡acelerá, pues! –gritó.

Y el que conducía emprendió la marcha.

Karla apenas pudo verlos largase.

Un llanto despintó el silencio, un llanto que venía del conjunto amorfo de pañales le hizo acercase.

Cuando lo tomó en sus brazos se dio cuenta que sus gritos no solo rompían la noche, había dado a luz su primer hijo.

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