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DOS MUJERES FRENTE A !DICTADURAS!

Por David Alfaro

A un año del secuestro de la abogada Ruth Eleonora López.

En la historia reciente de El Salvador hay nombres que no solo identifican personas, sino momentos en los que el poder decidió cruzar una línea. Marianella García Villas pertenece a esa categoría. También, en otro registro histórico, Ruth López. Separadas por décadas, unidas por una misma causa: ambas interpelaron al Estado desde el derecho, la evidencia y la defensa de los ciudadanos.

Marianella actuó en un país donde masacrar era un método. En los años previos y durante la guerra civil, la dictadura militar no solo reprimía, sino que negaba la represión. En ese contexto, documentar era un acto «subversivo». Desde la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador, no gubernamental, Marianella no se limitó a denunciar: construyó pruebas, recogió testimonios, fotografió la barbarie. Su trabajo no solo incomodaba, desmontaba el relato oficial. Por eso fue perseguida. Por eso fue secuestrada. Por eso fue asesinada.

Su asesinato en 1983, no puede leerse como un exceso aislado. Fue la expresión coherente de un orden que había decidido que ciertos cuerpos eran eliminables y ciertas verdades intolerables. En ese tiempo, el mensaje era brutalmente claro: quien documente y denuncie, muere.

Décadas después, El Salvador vive bajo coordenadas distintas, pero no exentas de tensiones profundas. La dictadura de Nayib Bukele ha consolidado un modelo de poder altamente centralizado, con amplio respaldo popular, pero también con severos cuestionamientos en materia de institucionalidad, transparencia, garantías procesales e irrespeto de Derechos Humanos. En ese escenario emerge la figura de Ruth López, abogada que, desde Cristosal, ha investigado y denunciado actos de corrupción y abusos de poder.

El paralelismo no está en equiparar mecánicamente los contextos, sino en observar la constante: cuando una voz con credibilidad técnica y ética logra poner en evidencia las grietas del poder, la reacción del Estado tiende a desplazarse del debate a la neutralización.

En el caso de Marianella, la neutralización fue física. En el caso de Ruth López, se usó el aparato judicial y de seguridad para acudarla en condiciones que han sido cuestionadas por organizaciones nacionales e internacionales, particularmente en relación con el debido proceso. El dato de su prolongada detención sin juicio, sumado a cinco reconocimientos internacionales que ha recibido estando secuestrada, configura una tensión evidente entre legitimidad externa y tratamiento interno.

Aquí se dibuja un cambio de forma, pero no necesariamente de fondo. La represión ya no necesita, al menos de manera sistemática por ahora, del fusil visible; puede operar a través del expediente, la acusación, la dilación procesal, la guerra jurídica. No desaparece la coerción, se transforma. Se vuelve más administrable, más defendible en el discurso, más difícil de señalar sin entrar en disputas narrativas

Sin embargo, sería un error afirmar que ambos momentos son idénticos. El Salvador de los años ochenta vivía una guerra abierta; el presente no. Pero esa diferencia no vuelve más «suave» la realidad actual. Bajo el gobierno inconstitucional de Bukele, se han documentado miles de detenciones masivas, denuncias de desapariciones y centenares de muertes bajo custodia estatal en condiciones cuestionadas. No es la misma lógica de guerra, pero sí una forma de coerción concentrada que, bajo el discurso de seguridad, ha erosionado garantías básicas. La diferencia, entonces, no es la ausencia de violencia, sino su transformación.

Lo que sí permanece es la lógica de fondo: gobernantes que, cuando se sienten interpelados de manera eficaz, tienden a redefinir los límites de lo permitido.

Marianella García Villas y Ruth López encarnan, cada una en su tiempo, esa disputa. Una recogía cuerpos para demostrar que el Estado mataba. La otra revisaba documentos para evidenciar cómo el poder puede desviarse de la ley. Ambas trabajan con pruebas. Ambas construyeron verdad. Ambas, por ello, se volvieron incómodas.

La pregunta de fondo no es si los dos momentos son iguales, sino qué revela su comparación. Y lo que revela es inquietante: que la relación entre poder y verdad sigue siendo conflictiva, y que el costo de sostener esa verdad, aunque cambie de forma, sigue recayendo sobre individuos concretos.

La reflexión final no admite evasivas cómodas. Las sociedades no solo se definen por cómo premian a sus figuras más visibles, sino por cómo tratan a quienes las cuestionan con argumentos. Si ayer la verdad se enterraba con balas y hoy se borra con cárcel, la pregunta sigue siendo la misma: cuánto está dispuesto a tolerar el poder cuando alguien, con pruebas en mano, decide decirle que está equivocado.

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