Raúl Palacios
Los números cuentan otra historia. La propaganda dice unanimidad, pero la aritmética, esa que no se deja manipular, muestra que apenas un tercio de los ciudadanos votó por él.
En este artículo explico cómo se construyó el mito, por qué se repite y qué efectos tiene en la democracia salvadoreña.
No se trata de ideología, se trata de honestidad numérica.
La democracia no necesita mitos, necesita verdades.
Lee el análisis completo aquí y si quieres coméntalo educadamente.
El espejismo del 90 %: cuando la aritmética desmiente la propaganda
En el discurso oficial y en buena parte de la narrativa internacional se repite, casi como verdad revelada, que entre el 80 y el 90 % de los salvadoreños eligieron a Nayib Bukele como presidente de la República. La afirmación se utiliza para proyectar su figura como la del mandatario “más respaldado” o “más apreciado” del mundo democrático.
Sin embargo, un análisis mínimo, basado en datos y lógica elemental, demuestra que esa afirmación no describe la realidad, sino que la distorsiona. El problema no es ideológico, es metodológico: se confunden deliberadamente distintos universos electorales para construir una percepción de consenso nacional que no existe cuando se observan las cifras completas.
Universos que no deben mezclarse
En toda elección democrática existen, al menos, tres universos claramente diferenciados.
El primero es el de los votos válidos emitidos. En este universo, el presidente Bukele obtuvo un porcentaje superior al 80 %. Ese dato es real, pero limitado: solo representa a quienes acudieron a votar, no al conjunto del país; es como si se convocara al Estadio Cuscatlán a 40 mil personas y solo quienes lograron entrar eligieran al presidente, “mientras que los millones que quedaron fuera no fueran considerados en el cálculo.”
El segundo universo es el de los ciudadanos convocados a votar.
Para la elección presidencial de 2024, el padrón electoral superó los 6.2 millones de personas. Aun aceptando como válidos los aproximadamente 2.7 millones de votos obtenidos por el presidente reelecto, el cálculo es claro: menos del 45 % de los convocados votó a su favor y eso incluye irregularidades denunciadas públicamente, “como papeletas sin doblaje o marcadas con plumón.”
No existe aquí una mayoría absoluta.
El tercer universo, el que suele omitirse, es el de la ciudadanía salvadoreña total. Si se realiza un cálculo riguroso, excluyendo a descendientes de segunda y tercera generación que no poseen ciudadanía formal, la población salvadoreña real ronda los 7.4 millones de ciudadanos. Frente a ese universo, los 2.7 millones de votos representan aproximadamente el 36.5 % del total de salvadoreños.
La construcción del mito
La falacia consiste en tomar un porcentaje válido dentro de un universo reducido y presentarlo como si expresara la voluntad de toda la nación. Hay que decir que “el 90 % de los salvadoreños” eligió a Bukele implica ignorar a millones de ciudadanos que no votaron, no pudieron votar o no estaban habilitados para hacerlo.
. “Por eso es necesario revisar críticamente los porcentajes publicados por el TSE y la forma en que se interpretan.” Lo que sí debe cuestionarse es la magnificación de ese triunfo hasta convertirlo en una supuesta unanimidad nacional. Ganar una elección no equivale a representar a la totalidad del pueblo, y mucho menos a contar con el respaldo del 90 % de la ciudadanía.
“Pero la distorsión numérica no opera sola: tiene un propósito político claro.”
El uso político del porcentaje: unanimidad como herramienta de poder
La insistencia en presentar el resultado electoral como una adhesión del 90 % no es un error de comunicación ni un entusiasmo mal calculado. Es una estrategia política deliberada. En el discurso oficial, ese porcentaje funciona como un dispositivo de legitimación absoluta, una forma de construir la idea de que el país entero respalda a un solo liderazgo y que cualquier disenso es marginal, insignificante o incluso sospechoso.
Cuando un gobierno afirma que “todo el pueblo” lo respalda, lo que realmente está haciendo es desplazar a la oposición fuera del marco democrático, reduciéndola a una minoría sin derecho a cuestionar. En ese relato, quien critica no representa una visión alternativa, sino una amenaza al supuesto consenso nacional. Y así, la pluralidad, que es la esencia de la democracia, se convierte en un estorbo que debe ser neutralizado.
Esta narrativa también tiene un efecto interno profundo: justifica la concentración de poder. Si un presidente es presentado como el líder más respaldado del planeta, entonces cualquier límite institucional puede ser interpretado como un obstáculo injustificado a la voluntad popular. Bajo ese marco, la independencia judicial, el equilibrio entre poderes, la fiscalización y el periodismo crítico pueden ser descalificados como expresiones de una minoría “enemiga del pueblo”.
Pero el mito del 90 % no solo opera hacia adentro. También cumple una función internacional. Proyecta la imagen de un país cohesionado, sin tensiones, sin contradicciones, sin voces divergentes. Esa imagen es útil para promover un modelo político que se presenta como innovador, eficiente y exportable. Sin embargo, esa proyección omite deliberadamente las fracturas internas, la erosión institucional y la ausencia de contrapesos reales. La unanimidad, en política, rara vez es un signo de salud democrática; con mayor frecuencia es un síntoma de hegemonía comunicacional.
Además, esta narrativa borra del mapa a millones de salvadoreños que no votaron, que no pudieron votar o que simplemente no se sienten representados por el proyecto oficial. Convertirlos en inexistentes es una forma de violencia simbólica: se les niega su lugar en la conversación nacional.
Y cuando un país empieza a aceptar que solo cuenta la voz de quienes votaron por el ganador, la democracia deja de ser un espacio de convivencia plural y se convierte en un escenario de obediencia.
Democracia y honestidad numérica
En una democracia, la legitimidad no se fortalece inflando cifras ni diluyendo conceptos. Se fortalece con transparencia, con precisión y con respeto por la verdad completa. Confundir votos emitidos con voluntad nacional no es un error menor: es una forma de manipulación política.
El periodismo tiene la responsabilidad de señalar estas distorsiones, no para deslegitimar procesos electorales, sino para poner límites al uso propagandístico de los números y en fiel cumplimiento a mi labor periodística me ha motivado escribir el presente artículo que lo cierro por ser necesario así:
“Presentar a un presidente como respaldado por el 90 % de su pueblo cuando apenas poco más de un tercio de los ciudadanos votó por él no es una imprecisión inocente. Es una estrategia para construir un liderazgo excepcional, incuestionable y exportable al escenario internacional.”
“La democracia no necesita mitos, necesita verdades.
Y la aritmética, por sencilla que sea, sigue siendo una forma elemental de honestidad política”.
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