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De desvelos y chumpas

Mauricio Vallejo Márquez

coordinador

Suplemento Tres mil

 

Nos habíamos organizado. De esas cosas que pasan en el colegio cuando uno tiene sueños y mucho entusiasmo. Poco a poco fuimos sumando gente en los salones y por escogitación popular ya teníamos las listas de los Jefes de barra. Teníamos un par de años en que se habían suspendido, pero el padre Adolfo Domínguez tuvo a bien creer que el liderazgo y entusiasmo debía ser apoyado.

Había de todo en la Barra del Cristóbal Colón, pero lo que no faltaba era simpatía y amistad. Ya habíamos pasado varias peripecias organizando al grupo eligiendo Seguridad (SB), Jefaturas (JB) y la mítica fuerza de Jefes de Jefes (JJ) así como su JM. Digamos que hasta ahí todo bien. Creo que el rollo de las chumpas eran lo que mostraba un poquito más el sacrificio, porque no todos los compañeros podían reunir el dinero para comprarlas así que hicimos las cabudas respectivas y las pagamos.

El detalle era que las queríamos estrenar en los intramuros, pero el día antes no estaban listas. Así que Pedro Martínez consiguió vehículo y una comitiva de JBs nos fuimos al taller para presionar. Las señoras cosían a toda prisa, pero la dueña nos insistía que no iban a estar. Entonces mi amigo Juan Francisco Cardoza impuso presencia y exigió que estuvieran. El método trajo una chumpa con costura torcida. Nada que la diplomacia no pudiera lograr, así que decidimos pernoctar y apoyar la faena. Salimos en la madrugada con las chumpas.

A la mañana siguiente, todos desvelados y con ganas de dormir más que de ponernos a gritar sobre los barriles fuimos alegres por las canchas del colegio. Hacía calor, andábamos con sueño y todos sudado, pero felices.

David Alfaro, la Zarigüeya, se fue luciendo su chumpa y al llegar a su casa unos asaltantes le pusieron el cuchillo y le quitaron la chumpa y la gorra. Creo que esa fue la historia más triste de las chumpas. Porque de ahí las andábamos en todos lados y a toda hora, incluso antes que las de las promociones.

Al salir del colegio esa magia se fue extinguiendo, aunque los desvelos se fueron sumando. De todos los camaradas de esa vieja barra pocos conservan sus chumpas, pero si los recuerdos de esos días, cuando Raúl Murillo y Roberto Blandón eran capaces de meterse entre la barra del Itexal con el águila del colegio. Lástima que en una de esas aventuradas incursiones nos quedamos sin la mascota.

Había energía en esa barra, esa energía sin contención que mostraba tipos que se iban a saber enfrentar a la vida como nos enfrentabamos en la cancha con los otros colegios para sobrevivir. Y seguimos vivos.

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