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De crisis y crítica en la historiografía literaria salvadoreña

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

[email protected]

https://nmt.academia.edu/RafaelLara 

Desde Comala siempre…

 

Un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos… llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido… la historia…es la escritura que produce un dios subalterno [un humano] para entenderse con un demonio [el único partido político de su filiación].  Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.

A Gnarda, figura ficticia de 1932 debido a su doble filiación: mujer afro-descendiente excluida de la historia.  Noche sin Luna, la estrella de su cuerpo propicia la experiencia espiritual más trascendente de ese año clave.

I.  Crisis

Como su título lo anticipa —“Problema de la crisis de la historiografía literaria salvadoreña”— el libro de Alfonso Velis Tobar anhela revisar la documentación disponible sobre la historia literaria de El Salvador.  Su investigación explora la bibliografía que rescata el quehacer letrado del país.  La minuciosa labor recolecta un amplio archivo citado en el capítulo VII, el conclusivo.

Desde el inicio, Velis Tobar establece la relación intrínseca que existe entre crisis y crítica.  Sólo quien admita un problema crítico se abocará a la actividad literaria del mismo nombre.  De lo contrario, esta faena analítica la sustituyen la apología enfática y la apropiación del pasado con fines políticos actuales.  Contra la denuncia de crisis, prevalece el sistema platónico que destierra “toda obra que no sea los himnos a los dioses y los elogios a los grandes hombres”.  En verdad, la poética consiste en la exaltación freudiana del Padre difunto, a imagen de Juan Preciado.  Ante todo, la glorificación se aplica a quienes prosiguen el antiguo adagio “pro patria mori” (Horacio), cuya reinterpretación más reciente reza “¡revolución o muerte!”, en el espejismo marxista de la novedad.  En el eterno retorno de lo mismo.

Según el mandamiento —“honrarás a tu padre y a tu madre”— esta loa también se aplica a la Ciudad Letrada del pasado militar.  Ante el desdén democrático, los regímenes anteriores la honraron al otorgarles puestos gubernamentales y diplomáticos a los letrados, ahora escasos en esa cumbre estatal.  A menudo se oculta que la dictadura difundió la obra de sus oponentes, pese a las leyes de la censura de prensa (véanse: “Boletín de la Biblioteca Nacional” (1932…), “Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo” (1935-1939), “Revista del Ministerio de Instrucción Pública” (1943-1944), entre otras publicaciones oficiales como “Guión Literario” en los cincuenta y sesenta).  Acaso las dictaduras promovieron el debate cultural al diseminar la diferencia, ahora prohibida por razones de apertura democrática.

La crisis le ofrece al autor varias aristas que el análisis del acto crítico somete a examen.  Velis Tobar acentúa la necesidad de organizar cátedras que analicen la historiografía nacional, la difusión constante de obras a través de escuelas, publicaciones periódicas, así como la urgencia por contrarrestar el influjo de lo global uniforme por la diversidad de lo local y de lo nacional.  En este sentido, al estado y a las instituciones educativas privadas les correspondería la responsabilidad de compilar, estudiar y difundir ese ángulo desdeñado de la historia salvadoreña.  Las obras y la vida de los autores se engarzan en un proyecto a veces interrumpido.

Una interrogante esencial de esta investigación consiste en rastrear el enlace tenso entre la historia de los historiadores —centrada en los hechos sociales, políticos y económicos— y la literatura, la percepción y la vivencia directa de los hechos.  Si los escritores ofrecieran un simple reflejo condicionado —una cartografía borgeana de lo Real— sin traba alguna, la poética desplegaría de inmediato un espejo fiel del acontecer.  Empero, la cuestión es más compleja ya que los espejos no sólo deforman, sino siempre invierten las imágenes al ofrecer su doble alterado (Yo X Tú).  Un obvio conflicto de interpretaciones duplica el acto de habla, a un mínimo de dos posiciones en verso y reverso.

En este vaivén entre la historia y la poética no interviene exclusivamente la clásica distinción aristotélica de lo particular y lo general: “este mango (que me como) está delicioso” (historia) vs. “el mango es delicioso” (poética).  También contribuye el reemplazo de la presencia objetiva por su representación subjetiva en el discurso letrado.  A este respecto, resuena el famoso óleo de René Magritte que anuncia la confusión moderna entre la imagen y la cosa —la verdad en pintura: “Ceci n’est pas une pipe (Esto no es una pipa)” (1929).  Igualmente, impone la sustitución del representado, ya sin valor, por el representante idiomático a crédito perenne.

“El nombre de la rosa sin rosa” sella a menudo el legado de la poética, como el armiño en las nieves del trópico se cierne en la poesía nacionalista de Vicente Acosta (1867-1908).  También a obvio anti-feminismo en debate denegado.  Igualmente, por juicio célebre, “el teatro americano e indígena”, le pertenece a Francisco Gavidia quien “se pegó a los hechos” y, por lo tanto, reemplaza la escena náhuat, lenca y chortí por su “tópico central” (Roman Mayorga Rivas en Membreño) y “gloriosa figura”.  El indigenismo se vuelve el ropaje que encubre al indígena mismo, al ignorar su lengua y el despojo de las tierras comunales.  Ni el idioma indígena ni los ejidos son “hechos”, según la evaluación clásica sobre el indigenismo de Gavidia.

Resaltan las obras historiográficas que recopilan la trayectoria de la literatura nacional, Francisco Gavidia, Juan Ramón Uriarte, María B. De Membreño, Luis Gallegos Valdés, Juan Felipe Toruño, Jorge Vargas Méndez y J. A. Morazán, etc.  En estos autores se esclarece la premisa anterior que disimula al representado bajo el atuendo del representante.  El ejemplo más obvio lo ofrece el mismo Velis Tobar al mencionar la actividad artística del mismo Gavidia —junto al modernista nicaragüense Rubén Darío— en 1882 en El Salvador.

Figura cimera del legado nacional, promotor del modernismo, del regionalismo y del indigenismo, en su obra resulta difícil dilucidar la posición crítica ante el desalojo de las tierras comunales.  Asimismo, se entorpece también rescatar la contribución gavidiana a la literatura en lenguas indígenas salvadoreñas.  En efecto, su producción impulsa el monolingüismo literario, incluso en la famosa “lengua salvador”, de neto corte indo-europeo.

Este idioma marca las funciones gramaticales en el sustantivo como en latín y en griego, en neta disonancia a las lenguas indígenas salvadoreñas que prefieren hacerlo en el verbo.  La distinción tipológica radical es simple: lenguas a marcación en el centro rector, en el verbo (indígenas), vs. lenguas a marcación de caso en el sustantivo (indo-europeas).  Acaso la misma sustitución ocurre en la afamada crónica de Arturo Ambrogi —otro pilar fundador del canon nacional.  También elude la lengua indígena y evade la condena de la Ley de Expropiación de Ejidos (1882).

La historiografía nacional se halla a la espera de recopilar  los textos letrados fundadores que —de 1882-1932— condenan la Ley de Extinción de Ejidos (1882) y recopilan la literatura oral en lenguas indígenas.  En cambio, como lo demuestra el primer número de la “Revista del Ateneo” el “renacimiento intelectual de El Salvador” y el fin de “los males y el atraso de la industria agrícola” van de la par (1º de diciembre de 1912).  Bajo el mandato del presidente Manuel E. Araujo (1911-1913), se celebra el auge de una cultura nacional letrada, el anti-imperialismo y la expropiación de los ejidos indígenas como triángulo fundador del desarrollo del país (véase: Salvador Turcios, “Ateneo”, diciembre de 1912 y marzo-abril de 1916 y su libro “Al margen del imperialismo yanqui”, 1915 y “Libro Araujo”, 1914: 23 y 25: “gesto altivo frente a la intervención de Estados Unidos”).

Según lo establece “El libro Araujo” (9 de febrero de 1914), la jerarquía social —élite política y letrada contra el populacho— se percibe en términos de madurez responsable e infantilismo a moldear “por la aristocracia del talento” (5).  Por ello, “el prócer mandatario” (7) califica de “Gran Protector de las Letras Nacionales” (J. Dols Corpeño y S. Turcios, 5), ya que “el pueblo es un niño” a educar (M. E. Araujo, 9), gracias a los preceptos de su indigenismo sin lengua ni ejidos y del anti-imperialismo elitista.  Más castellano-céntrico que España

Como constante de un discurso letrado, el anti-imperialismo legitima la llegada al poder de Maximiliano Hernández Martínez (diciembre de 1931).  Por rima sencilla, Martínez sustituye a Arturo Araujo, según lo avala Alberto Masferrer en su famoso ataque “Contra el Presidente Araujo” (“Diario Latino”, 10 de diciembre de 1931).  De “poner en manos del gobierno de Washington la solución del conflicto que ha estallado entre él (Arturo Araujo) y el pueblo salvadoreño”, sólo existe una solución “sean quienes fueren los que han asumido el poder en El Salvador, nosotros los aceptamos desde ahora, y les prestamos nuestra adhesión”.

El rubro crítico esencial lo cifra el desalojo obligado de las tierras comunales, reconocidas durante el régimen colonial, pero confiscadas por los países soberanos e independientes.  Contemporáneo del encuentro con Darío, la apología ingenua suele reemplazar el juicio crítico que exige Velis Tobar por la exaltación letrada del indígena.  Así, el requisito fundacional de una nación mestiza —la loa del pasado difunto— empaña el relevo del acto político anti-indigenista.  Jamás se menciona el silencio letrado ante la ley de extinción de ejidos, en aras de la modernización.  El mutismo regionalista se extiende ante toda lengua ancestral que permanece sin transcripción ni amplio comentario.  Esto es, el castellano-centrismo.

El indigenismo en pintura, el indigenismo en letra castellana, contradicen el indigenismo político e idiomático.  La colisión de postulados no podría ser más flagrante: elevar lo indígena en pintura al negarle su derecho a la tierra comunal de su arraigo ancestral.  De nuevo, se aplicaría el axioma borgeano del mapa de lo Real.  La literatura exhibiría la cartografía en espejeo invertido de la realidad social, cuyo desamparo ignora.  La promoción del indigenismo en literatura —la verdad en pintura— contradice la democión del indigenismo en la política.  A la hora de la exaltación poética, el indígena carece ya de tierras comunales, preludio de 1932.  También ya su lengua se ignora.   De lo contrario, existirían amplias antologías de literatura en las lenguas indígenas del país.

Sin asombro, el bloqueo actual a todo debate consagra de nuevo a las figuras que colaboran con  el liberalismo modernizador, primero, y con lo militar en seguida.  Se pretende que su proyecto liberador anticipe la actividad cultural de la izquierda letrada del siglo XXI.  No hay otro modelo actual que imitar —crítica sin crisis— salvo al declarar la orfandad y la falta de arraigo en el pasado remoto.  Por una distorsión interpretativa y de archivo, los antecedentes pretéritos de la Ciudad Letrada presente los ofrece la colaboración cultural con la extinción de los ejidos y con los gobiernos militares.

En síntesis, el freudianismo estricto dicta que la búsqueda de un pasado difunto defienda el quehacer de lo familiar en fundamento totémico del presente.  Juan Preciado se llama quien —por cumplirle una promesa a la Matria— regresa al pretérito a rescatar “lo nuestro…alrededor de la esperanza”.  De lo contrario, “los sueños” le atormentarían las noches.  Por esta misma Ley de la Poética, existe un desfase significativo entre “los recuerdos…entre retazos de suspiros…por el retorno” y las experiencias abolidas.  Como el día y la noche, no hay memoria histórica sin la supresión de los archivos nacionales incómodos.

La “Revista del Ministerio de Instrucción Pública” (1943-4) demuestra una paradoja.  Su apertura editorial señala una neta distinción entre la dictadura martinista y la democracia actual.  A un año de la caída de Maximiliano Hernández Martínez (1944), todos sus presuntos oponentes intelectuales publican sin restricción en la editorial oficial.  Por ello, la verdadera lectura crítica citaría cuáles revistas estatales e independientes les permiten a sus contrincantes políticos desarrollar un protagonismo similar sin censura. Si no me lo creen, pregúnteselo a Gnarda y otros personajes, cuyo género y etnia sólo los expresa la ficción, complemento nocturno de la historia.  Ellas le exigen al Sol de la razón que reconozca la presencia de la Luna.  La apertura democrática debe admitir —demanda Gnarda— la presencia histórica que la censura de 1932 calca en su fantasía: mujer afro-descendiente y mujeres indígenas en el silencio.

II.  Crítica

El desafuero intelectual califica a quien la memoria histórica acusa de rescatar archivos suprimidos.  Por eso le repite “¿para qué vienes a verme si estás muerto?” (JR)…

Antes de revisar las historias de la literatura latinoamericana (capítulo V) —antesala de la salvadoreña— Velis Tobar discute el problema de la periodización.  El dictamen se complica ya que todo catálogo del pasado lo efectúa la presencia inmediata de manera retrospectiva.  En remedo del imperio borgeano de Tlön, la escritura de la historia “llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido” (véanse los recortes anteriores tachados en nombre de la memoria histórica).

El pretérito abolido siempre se recupera desde esa actualidad que declara la ausencia y la Muerte.  Este mismo presente imagina un futuro promisorio a imagen de su deseo.  Este rubro —“el estar-ahí (Dasein) de la Muerte” y el de la Ilusión— distingue la poética de la historia, en su deseo de objetividad.  La gesta de Juan Preciado no se confunde con la de un objeto sin vivencia, ni sin el penar en réquiem ante lo difunto.  A menudo, el requisito de objetividad científica elude exigir la vivencia, mientras la poética convoca la experiencia testimonial.  “Estar” y “conocer” imponen un ritmo disonante al “ser” y al “saber”.

Por ello, la simple cronología denota una arbitrariedad positivista que presume un movimiento progresivo del tiempo hacia el agente actual.  Yo-Hablante escribo la historia.  La sucesión ordenada identificaría “la escritura que produce un dios subalterno” —llamado ser humano— quien necesita redimir a los muertos “para entenderse con un demonio”, el partido político de su filiación, o bien la academia y el entorno social que lo glorifique.  Más difícil resulta evaluar cada obra y su recepción inmediata en el instante mismo de su producción.

Este enfoque resaltaría la dinámica entre el autor y sus contemporáneos —a menudo conflictiva— antes de toda canonización a posteriori.  Post-mortem.  Tal vez eso le sucede a Roque Dalton, quizás.  Ambos procedimientos destacan el enlace inmediato entre la historia socio-política y la poética dizque neutral.  Sirva de ejemplo el silencio actual sobre el primer intelectual que denuncia los eventos de 1932 —Gilberto González y Contreras (1904-1954)— mientras se busca vindicar a quienes los acallan y, tardíamente, condenan la dictadura al momento de su descalabro.  Su ausencia editorial demuestra el menosprecio del nuevo Juan Preciado por la obra de quien no fuera su familiar.

A la memoria de Agustín F. Martí, Ama, el cacique, los hermanos Cuenca, a los muertos anónimos…canto a los veintitrés mil,/a su muerte cruelísima…en mi interior las voces de los indio/sesgadas por la metralla… (“Trinchera”, 1938-1940.  Nótese que hasta la fecha el martinato sólo reconoce a un ex–colaborador, miembro de la censura de prensa, como enemigo intelectual, mientras la “Revista El Salvador” (1935-1940) de la Junta Nacional de Turismo distribuye la obra de los clásicos en versión bilingüe).   Las colaboración artística —la consagración oficial— precede toda crítica y denuncia de la dictadura.  El silencio historiográfico sobre Prudencia Ayala (Toruño, Gallegos Valdés, etc.) —recién canonizada— verifica esta discrepancia entre la visión pretérita y la actual.  La “Revista del Ministerio de Instrucción Pública” (1942-1944) testimonio la difusión constante de la oposición artística.  Nadie más que Alfredo Espino (1936)  demuestra cómo la acción conjunta del Estado y la Ciudad Letrada consagra  a un poeta, cuya muerta trágica la opaca su pastoral idílica.  Siempre en el silencio masculino de esas “pobres mesnadas sin fortuna, mujeres de alma virgen y de carne sensual” (“Suburbio”, Espino, 1936: 143).

Más complejo resulta establecer períodos por épocas culturales y estilos, ya que en una misma etapa se practican diversos métodos literarios, musicales y plásticos.  Además, un solo autor puede ejercer maneras divergentes —del realismo a la abstracción— al referir lo Real, sea en el sentido socio-cultural o natural.  Más concreto, parecería abordar la historia literaria por generaciones y grupos.  Empero, de nuevo, la pluralidad de miembros, estilos, enfoques políticos, etc. complejiza la tendencia a uniformizar la diferencia artística de una época.  La dedicatoria inicial —Gnarda, la bella mujer desnuda en impulso de lo espiritual— testimonia cómo la fantasía exige que el realismo de la historia no silencie la etnicidad ni el género.  Pide que el alma no acalle la existencia del cuerpo y de lo carnal —la experiencia de lo subjetivo— en nombre de la ciencia objetiva.

Ante la amplia gama de opciones, no debería proponerse un enfoque único según el trillado axioma “lo determinante en última instancia”.  Por este estribillo, a menudo, se justifica ocultar la variedad de aristas de un fenómeno.  Lo múltiple se reduce a lo único, mientras que la verdadera opción consistiría en periodizar fundándose en varias coordenadas, a manera de un poliedro.  Si jamás visualizan la integridad infinita del fenómeno histórico, al menos perciben varios factores condicionantes.  De lo contrario, la historiografía literaria declararía su ciudadanía en el imperio de Tlön.  En este mundo vivido, “un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos”.  Por ortodoxia política, se diría al económico y los demás rubros se derivan por ley directa de causa a efecto.  Acaso el derecho de pernada y su reverso —“la honra”— derivan del sistema patronal de hacienda, mientras el concepto de “acoso sexual” anhela transformar la revancha en justicia de género.

Esta idea de lo multifacético guía el capítulo VI, el cual discute la noción misma de literatura nacional salvadoreña.  También a este ámbito se le aplica la variedad de facetas que definen todo hecho social.  Velis Tobar recalca los factores de la violencia social, la dependencia económica, los conflictos políticos, así como la cuestión cultural y la lingüística.  Sólo la intervención simultánea de varios de estos componentes podría ofrecer una explicación satisfactoria del asunto.  Como se insinuó, la ficción da pauta a indagar la cuestión de género, en relación a la etnia y a la sexualidad.  La fantasía define el tabú de la historia.

En un país a literatura monolingüe —más hispano-céntrico que la España multi-cultural— otro ejemplo prototípico lo ofrece el legado náhuat, así como el lenca y el chortí.  Sólo en el siglo XXI, se comienza a pensar la lengua y su mito-poética en segmentos esenciales de la identidad nacional.  De revisar la historiografía literaria del siglo XIX y XX, se concluiría que esta faceta cardinal desempeña un papel secundario.  Por tradición nacionalista, habría literatura indigenista sin Logos indígena, sin palabra ni idioma.  El rescate de esta herencia denegada apenas la inicia Eugenio Valencia Hernández en “Conozco dos mundos/Nikmati ume taltikpak” (2019), al restituir un despegue de la literatura náhuat.  Aún falta el tercer mundo de lo lenca y, en occidente, el chortí.

Este desdén —menosprecio inmanente de lo nacional— no sólo caracteriza el ámbito literario, sino la antropología misma como ciencia social.  Desde la fundación de la república, hasta finales del siglo XX, las lenguas indígenas quedan marginadas de la literatura y de la investigación sociológica.  Por ello, sólo María de Baratta consagra su trabajo de campo a la recolección de la tradición oral en lenguas indígenas.  Casi todos los demás autores nacionales desbaratan ese legado idiomático y mito-poético en el desdén.

Así lo demuestra la ausencia de salas en el Museo Nacional de Antropología, las cuales se dediquen a comentar la herencia cultural —mito-poética— y la lingüística, categorías gramaticales distintas de las lenguas indo-europeas.  También lo confirman las múltiples antologías —enlistadas en los libros que reseña Velis Tobar— siempre monolingües.  En breve, antes del siglo XXI —incluso en los estudios culturales extranjeros— El Salvador se imagina un país hispanohablante exclusivo, sin un Logos ancestral que tiña lo Real de conceptos patrimoniales distintos.

Al plantear esa diversidad de enfoques, la propuesta del autor adquiere un valor inusitado.  En primer lugar, no existe crítica si no se señala como punto de partida la existencia de una crisis en el ámbito a juzgar.  Para la literatura salvadoreña, la recolección selectiva de archivos legitima el presente por un pasado genealógico.  En segundo lugar, Velis Tobar urge al análisis multisectorial del legado literario y a su difusión escolar.  En tercer lugar, plantea la compleja correlación que vincula la historia de los historiadores a la poética —en el sentido aristotélico y en el problema de la representación de lo Real.  En cuarto lugar, discute la dificultad de establecer periodizaciones uniformes, ya que todo pasado resulta de una reinvención escritural en un presente, siempre continuo.  Por último, el autor reflexiona sobre la manera selectiva de elegir obras en la esfera de la literatura nacional.  Un razonamiento conclusivo servirá de desenlace a la problemática general que esboza el libro.

“El mundo mágico de los mayas” (1964), Leonora Carrington

Su obra surrealista demuestra la oposición al realismo muralista de Diego Rivera y de Alfredo Siqueiros.  Por esta divergencia de estilo, ella y Remedios Varo sufren la censura.  Su obra demuestra varios parámetros discutidos en Velis Tobar, a saber: conflicto de estilo en una misma época, censura a toda visión que contradiga la historia plástica oficial del realismo y, al cabo, pugna de género, varones canonizados que excluyen a la mujer.

III.  Memoria sin archivo

Allá me oirás mejor…  J. Rulfo

Actualmente, el término de memoria histórica se convierte en noción clave para hablar del pasado, según varias ciencias sociales.  Por este concepto, el sentido estricto de lo literario recobra una dimensión sin precedente.  La letra no sería simplemente una representación de caracteres latinos, que no siempre calcan los sonidos de una lengua, a significación múltiple.  Antes que esa copia confusa, la letra exhibe la marca objetiva de la memoria pretérita, distinta de la actual.  Ofrece una presencia revocada que la historiografía anhela a veces olvidar y pasar bajo el tachón.  La letra cuestiona el fin utilitario del pasado para los proyectos políticos en boga.  Más que simples hechos, relata vivencias deshechas y perspectivas a tinte disímil de lo Real.

Juan Preciado siempre vindica la herencia paterna y bloquea a quienes la interpretan en disonancia.  Se recuerdan los tópicos más notables del boicot al diálogo actual: indigenismo sin ejidos ni lenguas indígenas; sistema patriarcal y derecho de pernada previo al concepto legal de acoso sexual; la fantasía como tabú vigente y la representación de la violencia; la fantasía como violencia viril; la violencia, constitutiva de lo político; la colaboración Ciudad Letrada-Estado al inventar una nación o, en cambio, la apertura editorial del gobierno al permitir y difundir la obra de sus críticos, otorgarles puestos diplomáticos y administrativos; la democracia sin voto femenino, el anti-imperialismo de Martínez como apogeo político y antecedente de izquierda (Vicente Sáenz, “Rompiendo cadenas: las del imperialismo norteamericano en Centro América”, 1933, cuyas ediciones posteriores (1951 y 1962) tachan el apoyo intelectual previo al martinato), etc.

Por decreto oficial, la falta de debate actual presupone la inexistencia de una generación comprometida.  Durante todo el siglo XX, los gobiernos mismos fomentaron el firme compromiso de sus colaboradores.  En esos próceres la nueva Ciudad Letrada vislumbra sus antecedentes más cercanos, en olvido de toda afinidad revolucionaria (1970-1992).  Quizás esa ilusión exprese el temor de una orfandad genealógica, sin una larga dimensión histórica.  Para Juan Preciado, ya no habría Comala a la cual regresar, salvo deambular sin arraigo.

En alternativa, luego de asumir la revolución fallida como principio relevante, rescataría los legados mito-poéticos indígenas, denegados por una tradición castellano-céntrica (véase: “Conozco dos mundos/Nikmati ume taltikpak” (2019)).  Se trataría de una verdadera re-Volución no sólo en los idiomas.  Ante todo, la Re-volución social implicaría la restitución de las tierras ancestrales.  Reconocidas durante la colonia española, las expropian los países independientes en nombre de la modernización, durante el auge del modernismo, regionalismo e indigenismo.  Contra el olvido de la Ciudad Letrada, se levanta la memoria indígena de Eugenio Valencia Hernández al declarar “cuando yo me crié en el año de 1926…entraron los mulatos, empezaron a vender la tarea…y cuando se sentaron los presidentes quitaron las tierras del pueblo de Cuisnahuat…los indios cuisna(hua)tecos tenían sus títulos de sus tierras y sus mojones”  (“Conozco”, 2019: 88 y 89).  Tal es la doble deuda pendiente que de la lengua conduce a lo social.

Por ello, una verdadera crítica historiográfica debería concluir en la restitución de los archivos nacionales, borrados por razones políticas partidistas.  Por la memoria arbitraria, sin archivo que la sustente.  Ausentes en las Bibliotecas Nacionales, sin exhaustividad dos ejemplos resultan suficientes para ilustrar el vaivén continuo entre la crisis y la crítica.  La restitución de los “mundos” lingüísticos y mito-poéticos indígenas añadiría otros rubros inéditos a este reintegro documental.

1)  Crear una Biblioteca Especializada que resguarde los Archivos de los autores nacionales y las revistas literarias.  Se recuerda que ni siquiera existe una edición completa de la obra narrativa cumbre —“Cuentos de barro” (1933) de Salarrué— con textos e ilustraciones originales, esto es anteriores y posteriores a la edición príncipe.  En verdad, la edición príncipe apenas recoge un tercio del total y relega el diálogo inicial entre la palabra propia del autor y la imagen ajena de sus contemporáneos.  Al indagar sus publicaciones oficiales, en plena censura editorial (1932) —su incidencia en el “Boletín de la Biblioteca Nacional”— la crisis y el encuentro crítico que menciona Velis Tobar alcanzaría una verdadera cima dialógica, inexistente en la nueva historia oficial, ahora en boga.  Habría pauta al debate por la manera en que un régimen dictatorial permite y alienta la publicación de sus presuntos oponentes —en plena inquisición— mientras las democracias actuales aún se mueven en el rédito partidista editorial.  Igualmente ocurre con los antiguos nombramientos diplomáticos que se suceden durante las dictaduras militares, como si existiese un enlace inmediato entre ambos rubros: la edad de oro de los poetas —la nación letrada, espiritual— y la administración estatal.  El decreto actual de la memoria histórica somete la objetividad a su objetivo. Por esta razón, como las ilustraciones anteriores, no extraña que múltiples revistas pasen bajo la censura de la historia científica (véase: “Remotando el 32”, para algunas revistas excluidas, https://www.academia.edu/27467994/Remotando_el_32._La_memoria_histórica_contra_el_archivo).  Su difusión revelaría cómo la Ciudad Letrada colabora con el Estado, en un proyecto de nación único.  O, en discrepancia, anuncia la apertura estatal a sus críticos comprometidos, antes que toda generación de ese nombre (nótese la confusión entre náhuatl y náhuat en la ilustración siguiente, característica de la Ciudad Letrada durante casi todo el siglo XX y el apoyo estatal a la disidencia).  Además, pese al tabú de las ciencias sociales, la fantasía expresa la censura aún vigente: la existencia de la mujer afro-descendiente y otras.  Gnarda, et. al. confirman el cuerpo sexuado que arraiga el espíritu en su evasión astral.

2)  El mayor archivo bibliográfico de Roque Dalton se halla arrumbado en el desdén del desierto.  Sus antiguos camaradas de partido clausuran con broche de oro su asesinato corporal, al re-matarlo con el silencio editorial.  Resulta más fácil que una universidad estadounidense clasifique a un foráneo —como Gabriel García Márquez en Austin, Texas— que El Salvador a sus propios escritores consagrados.  Lo mismo podría declararse de autoras como Claudia Lars, Matilde Elena López, María de Baratta, etc., así como del archivo lingüístico indígena.  En cuanto a la representación femenina, sólo el miedo masculino —reitera Gnarda— bloquea toda discusión razonada sobre el “Eros” que desde Vicente Acosta permea la Ciudad Letrada.   De revelar esta evasión obligada —la de una perspectiva viril— la historiografía descubriría el momento “Cuando los hombres lloran” (1976), según lo dictamina Carmen Delia de Suárez.

Bastan estos dos ejemplos para sondear la doble crisis de la historiografía literaria en El Salvador.  No sólo una memoria subjetiva única se encarga de eliminar todo archivo molesto a su proyecto político en boga.  También se arroga como visión histórica exclusiva, sin entablar un diálogo con toda disidencia actual.  La intelectualidad salvadoreña —quien debería ofrecerle el ejemplo a la política en este período electoral (2018)— se encierra en el monólogo autoritario.  Sólo existe la Verdad única y posible.  La mía —“Yo, el Dictador”— siempre.  No habrá un verdadero debate cultural hasta el momento en el cual la intelectualidad ya no se sitúe a la zaga del partidismo político.  En ese instante utópico, asumirá un liderazgo, al pensar el desacuerdo como hecho constitutivo y fundacional de toda democracia.  Ojalá este debate lo inaugure nuestro próximo renacer en el siglo XXII.

Mientras este ideal no se realice, la obra de Velis Tobar propone un llamado a la investigación documental de la literatura salvadoreña desde sus inicios remotos.  No sólo exige establecer una colección especializada que archive los datos primarios.  También requiere que —luego de su sistematización— se expliquen según teorías diversas y, por supuesto, en conflicto razonado de interpretaciones.  Velis Tobar anota la necesidad de entablar discusiones que trasciendan la tendencia monolítica editorial del presente.  Su proyecto estimularía a no petrificar la historia literaria en verdades perennes —según la historia oficial en turno— para sustituirla por varios acercamientos disímiles en su enfoque.  En este sentido, se trata de un serio llamado al diálogo entre la documentación histórica, la literatura y las teorías filosóficas más divergentes.

Ya se sabe.  Las propuestas de “los muertos” no “retoñan”…  (JR), según la historia.  No obstante, desde una perspectiva poética, la historia es el relato de “un alma” cuyo archivo “vaga por la tierra como tantos otras; buscando que los vivos” escriban por ella” (JR).

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