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Crónica de un viaje no realizado y de uno permanente

Perla Rivera Núñez

Poeta hondureña

 

Cuando era pequeña, mi madre me contaba muchas historias, pero sobresalía una entre todas, y era sobre cómo le fue truncado un viaje a México, viaje que ella siempre consideró un sueño.

Mis abuelos maternos tuvieron 9 hijos, mi madre era la menor de todos ellos.  En mi pueblo eran pocas las personas que salían a otros departamentos a estudiar una carrera, mi madre y mis primas eran de esos espíritus rebeldes y dispuestos a torcer el destino. Se fueron a estudiar a un internado para señoritas a muchos kilómetros de casa, a un lugar llamado Villahumada, en la ciudad de Danlí, El Paraíso. Al oriente del país.

Al regresar con su título de maestra, obtuvo de inmediato un empleo en la escuela de la localidad y al obtener sus primeros salarios reunió 800 lempiras para viajar a México, sus planes eran viajar con un sacerdote mexicano, amigo de la familia, el padre Pedro. A pesar del llanto de mi madre, mi abuela le dijo que ese dinero en ningún momento sería para eso, que comprara la casa que estaba al lado de la suya y que serviría hasta hoy como la casa de nuestra familia.

La recuerdo como una casa llena de música, visitas, amigos, comensales, sobre todo esto último,  ella poseía un imán para atraer a mucha gente, debido a su dulzura o seguramente a su sazón insuperable. Muchas veces encontré a sus compañeras de trabajo junto a la hornilla  de la cocina  tomando algún plato de sopa o  café. Mi casa en Ajuterique,  ahora deteriorada por el tiempo, a la espera de un proyecto nuestro, es el resultado de un boleto a México que nunca llegó a comprarse y que nos acogió durante nuestra infancia.

Su sueño de viajar no paró y cada vez que podía se iba a cualquier sitio que le llenara el alma de cosas bonitas –como yo intento hacer ahora-. Aún puedo escuchar el rumor del río cuando nos llevaba en las tardes a caminar y a recoger ramas secas para avivar el fuego de nuestra humilde cocina.

Aseguraba que viajar era elevar el espíritu a otro nivel porque estabas en contacto con el entorno y podías ver desde otra ventana, diferentes costumbres y hacerlo con otros ojos. Y de donde no regresas igual, nunca, decía.

En estos momentos preparo mi pequeña maletita que me llevará a un sitio donde pueda reinventarme. No es necesario subirse a un avión, aunque la experiencia sería increíble, creo que basta con cambiar de entorno para que obtengas una nueva perspectiva del rumbo que está tomando tu vida.

Cuando he enfrentado situaciones difíciles, alguna pérdida o estrés laboral, mi mejor aliado es viajar. He tenido la fortuna de tener cerca siempre a un alma cómplice con quien compartir ese amor por la aventura y la simplicidad.

La aventura comienza desde que eliges el sitio, asumes y calculas los costos y te vas como quien se desliza por un universo de kilómetros y risas. Haces estaciones, conversas, respiras, vives.

Es ese el ritual que elijo esta vez para dejar atrás las cosas que ya no tienen un objetivo en mi vida, las que se anulan o se escapan por no tener el coraje de mantener el inventario de sus  promesas, las que nos hacen añicos para formarnos de nuevo.

Miro mi maleta tendida en la cama, y voy juntado poco a poco los días que se vivirán con aquella ropa, las cosas que dejaré atrás y las que llenarán de nuevo este sitio tan grande que llevo dentro y donde caben –como en una maleta -muchas vivencias. Aún hay un cómplice dispuesto, esa alma que a pesar de todo, aprueba cada locura que se trama en esta necesidad que llevamos de sobrevivir a tanto espanto.

 

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