Edgard Alfaro Chaverri
Eran las 11 con treinta y cinco minutos de la mañana. «¡Está temblando!», dijo Maritza Zepeda, jefa de Diagramación y Computación. Recuerdo que todos salieron apresuradamente, menos yo, pues era el último y ya no tuve tiempo, así que decidí quedarme debajo del escritorio de Chabelita Anaya, la amable recepcionista. 45 interminables segundos en los que me encomendé a la luz eterna. Escuché cómo caían los disquetes, las papeleras, los archivos. Algunos muebles con rodos danzaban sin ton ni son. El edificio entero crujía adolorido. Todo a oscuras y algunas voces, altisonantes, se alcanzaban a filtrar clamando a Dios.
De pronto, el silencio.
Pasados algunos minutos, se abrió la puerta de vidrio del departamento, era Fran Portillo, el web master: «¡Edgar, Edgar! ¡Salí ahorita porque el edificio puede caer!».
Cuando salí a la calle, vi a todos los compañeros del Co Latino, y más arriba, hacia el norte, un montón de camillas del hospital 1° de Mayo en la calle, con las perchas de los sueros junto a cada una de ellas.
Entonces, como en un lento teletipo, cruzó por mi mente la palabra: Te-rre-mo-to.
Hasta entonces caí en la cuenta de lo que realmente había ocurrido, estaba ido, como en estado de shock.
Mi madre, mis hijas, la angustia se apoderó de mí. Y lo mejor que pude hacer fue resumir, toda aquélla enorme incertidumbre, mezclada con la más terrible impotencia, en una sola expresión: ¡Dios mío!
Todo el cuerpo me temblaba.
Luego de escuchar las indicaciones de nuestro director, don Chico Valencia, quedamos despachados.
Al día siguiente, sólo iríamos a trabajar los directamente involucrados en publicar una Extra del renombrado vespertino, en la cual, la amplia cobertura de la tragedia en Las Colinas de Santa Tecla, nos dejaría a todos sin aliento.
Don Víctor Mejía, el montajista, se acercó y dijo: «Vos vas para Soyapango, vámonos, yo voy para San Bartolo y pagaré un taxi. En fin, caminando llegamos hasta Soyapango, él logró por fin colgarse en un autobús que como todos los demás vehículos, iban llenos hasta decir ya no.
Cuando llegué a mi casa, allí estaban sanos y salvos mis tesoros, mi madre y mis hijas, gracias Dios.
Meses después, mi querido y recordado molino de palabras, el edificio de cinco pisos que aún alberga al diario Co Latino, quedó reducido a dos.
A veinticinco años, esto es, más o menos, lo que recuerdo del día que se llamó, sábado 13 de enero de 2001.
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