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La comunidad San Carlos Lempa ubicada en el municipio de Tecoluca, San Vicente, se abastece de un pozo de agua que los productores de caña de azúcar de la zona han contaminado con madurantes y pesticidas que afectan la salud de los habitantes de la zona. Foto Diario Co Latino/Cortesía CRIPDES.

Comunidades de San Carlos Lempa demandan medio ambiente seguro

Gloria Silvia Orellana
@SilviaCoLatino

La capa de polvo se eleva a unos tres metros de altura como una ola provocada por la rodada de las rastras cañeras de 20 toneladas de peso, que transitan y se abren paso entre caminos vecinales de la comunidad de San Carlos Lempa, en el municipio de Tecoluca, departamento de San Vicente.

Ana Marina Ponce, de 43 años de edad, y con más de treinta años de residir en el lugar, llegó exhausta a su casa, luego de salir temprano a vender pescado seco y verduras. Los pies polvosos por las constantes oleadas de polvo es un “mal menor, frente a las fumigaciones aéreas o la quema de rastrojos, que impactan directamente en la salud de su familia y de la comunidad.

“Tenemos el agua del pozo contaminada, pero la bebemos porque la necesitamos. Mi hijo de 27 años ya padece de insuficiencia renal que lo tiene malo y está el humo de los incendios, que nos cae todo el tile en la ropa y a nosotros. Y como ve, las calles están horrendas y dañan la salud de mis nietos”, afirmó.

Unos cuantos kilómetros atrás, en el sector conocido como El Tambor, en San Carlos Lempa, un canal natural que da paso al río Lempa luce anegado. Por ahora sus aguas están estancadas, han creado lana y terminado con las pocas especies de peces. La razón, un dique improvisado por los cañeros de la zona, cuyas aguas las utilizan para el regadío de la caña de azúcar.

Juan Luis Avilés Moreno, del Movimiento Agricultura Orgánica (MOPAO), habitante de la comunidad Taura, del cantón San Carlos Lempa, explicó que ese dreno natural se está utilizando sin ningún control o permiso.

“Las correntías están contaminadas, además, por los agrotóxicos que riegan sobre la caña de azúcar, y esa contaminación no solo queda en las aguas superficiales sino también en las subterráneas, y que utilizan las comunidades para tomar o realizar sus quehaceres y preparar alimentos. Pero la comunidad no va poder enfrentarse nunca, frente a las bombas de químicos que les lanzan a los cultivos y la invasión del cultivo”, dijo Avilés.

En cuanto al tema de los incendios de rastrojos, Avilés señaló que las pérdidas pueden ser materiales cuando los cultivos de los pequeños agricultores son alcanzados por las quemas del monocultivo y que nadie atiende las demandas ante los cañeros.

“Ahí se pierden los cultivos, se queman animales silvestres o domésticos, se pasan llevando las áreas protegidas de la zona. Y no hay nadie que les diga o señalen los graves actos contra el medio ambiente. Y aunque hubo pláticas con gobiernos locales y la prohibición, pero no se cuenta con un reglamento que la operativice. Los cañeros hablan de quemas controladas, pero no son.

Y con los ingenios no se ha tenido una verdadera plática formal, porque los empresarios cañeros mandan al personal de campo y con ellos no podemos resolver los problemas”, sentenció.

Los pies descalzos de Matilde de los Ángeles González se mojan constantemente con la extracción del agua en el pozo de su patio. Sabe que no es potable, pero igual la utiliza para lavar ropa, trastos y el aseo personal de su familia.

“Son alrededor de doce años que vivo acá, las cosas han cambiado, ahora sabemos que el agua no está limpia, así que la compramos a un dólar para tomar, por qué de esta (agua del pozo) sentimos a veces malos olores”, narró. Similar lectura realizó Ana Rosa Zepeda, quien señaló el ardor en los ojos cuando hay fumigación área, comezón en la piel y enfermedades respiratorias.

“Cuando hacen los incendios esto es terrible, vuela todo el tile a nuestra ropa, a la piel y nuestras casas dejándonos mal. Y también las enfermedades del riñón”, indicó.

Luz Esmeralda Villalta, coordinadora de CRIPDES, se pronunció junto a miembros del MOPAO y las comunidades de San Carlos Lempa, exigiendo “una Navidad donde no haya quemas o fumigaciones aéreas, para tener una Navidad sin tristeza, con armonía y en paz con el medio ambiente”.

“Nosotros como movimiento no estamos en contra del cultivo de la caña de azúcar, porque sabemos que es la principal fuente de ingreso económico en el Bajo Lempa, y las familias se alegran cuando llegan estas fiestas que son de compartir, pero también queremos que los diferentes ingenios y productores de la caña de azúcar regulen su trabajo y así evitar el uso de agua desmedido, la práctica de los incendios y el minimizar el uso de agrotóxicos que enferman a la población”, puntualizó.

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