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“Colombia: la paz no puede esperar”

Iosu Perales

Los actores que firmaron la paz en Colombia jamás imaginaron que podían perder en las urnas lo que habían ganado en La Habana. Tanto es así que no tenían pensado un plan B, ni ellos ni siquiera los partidarios del No que nunca pensaron realmente en la posibilidad de ganar. Ha ocurrido lo que no estaba previsto y ahora la confusión e incertidumbre se ha apoderado de Colombia. Tal vez sea momento de reflexionar sobre el por qué del plebiscito. Visto el resultado, hoy puede pensarse que los firmantes de la paz han podido caer en una generosidad democrática sumamente arriesgada. Políticamente el plebiscito era correcto convocarlo, pero en un asunto tan sensible y complejo no sólo era cosa de votar, sino de hacerlo con suma responsabilidad, en plena libertad de influencias intoxicadoras y con toda la información necesaria en poder del electorado. ¿Qué pensaríamos si un país organiza un referéndum sobre pena de muerte Si o pena de muerte No? Diríamos que algo así sería una irresponsabilidad. ¿Y votar sobre guerra Si o guerra No, es sensato? Del mismo modo que no se puede organizar una votación sobre la pertinencia o no del racismo, o de la violencia de género, y de tantas otros asuntos que afectan a valores básicos de convivencia, ha podido ser poco responsable el plebiscito de Colombia. Además, hay que recordar que Juan Manuel Santos ganó la presidencia en unas elecciones en las que su promesa estrella era negociar y alcanzar la paz. No era necesario el plebiscito pues estaba incluido en su elección, y desde luego no es una condición constitucional.

Los resultados, favorables al No por una diferencia del 0,5%, han puesto de relieve algunos hechos: en primer lugar las poblaciones rurales afectadas directamente por la guerra han votado mayoritariamente Si a la paz (Hablo del Cauca, de Nariño, Chocó, San Vicente de Caguán, Bojayá); en tanto que en los territorios del interior que han visto –no vivido- la guerra en la televisión han votado mayoritariamente No a la paz firmada en La Habana. De las grandes ciudades sólo Bogotá, Cali y Barranquilla apoyaron el Sí, mientras Medellín, Bucaramanga, Pereira y Cúcuta lo rechazaban. La pregunta que cabe hacer es: los firmantes de la paz ¿han sido lo suficientemente vehementes en la defensa pública del acuerdo? ¿Han sabido explicar pedagógicamente los beneficios de una nación pacificada? ¿O más bien creyeron que el voto favorable vendría dado de manera natural? La concusión, en todo caso, es que ni el Gobierno ni las FARC conocían bien la realidad de la calle, el pensamiento de los votantes. De ser esto cierto se trata de un error grave de exceso de confianza basado en el desconocimiento de la realidad.

De hecho un detalle quedó significado al momento de ser presentado el acuerdo de paz ya firmado, el 26 de agosto: no hubo salidas a las calles y plazas, a festejarlo. Nadie se movió de sus casas en Colombia. En cambio, en el exterior, la paz fue celebrada con entusiasmo. ¿Qué estaba pasando?

En las urnas Colombia ha quedado dividida en dos, en el peor de los escenarios, con una abstención del 63% que puede indicar indiferencia, desafección al proceso de paz, como si el país estuviera habituado desde tiempos antiguos a vivir en guerra. Lo cierto es que la ultraderecha ha hecho grandes negocios con la guerra. Quienes forman el poder económico tradicional: terratenientes, grandes ganaderos y narcotraficantes se han opuesto con todas sus fuerzas al acuerdo, con la connivencia de algunos medios de comunicación que no se han cansando de manipular a la opinión pública advirtiendo que el acuerdo abría el camino a una nueva Venezuela. El imaginario enemigo interno regresaba una vez más y el sueño de paz se ha convertido en perplejidad y pesadilla. El enemigo interno ha sido presentado por Álvaro Uribe con el apoyo de iglesias evangélicas como la llegada de un nuevo Chávez. En las redes sociales y medios afines los uribistas movieron una y otra vez mentiras, mensajes manipulados que decían que con las FARC vendría la ruptura de la tradición, la familia y la propiedad, y con ello la expropiación de tierras y de empresas familiares.  Yendo más lejos la propaganda del No ha presentado al comandante Timoshenko ya investido con la banda presidencial presto a imponer una dictadura. El colmo de la manipulación mediática.

La otra parte, el Gobierno principalmente y las FARC no tomaron en serio esta campaña y apenas respondieron a semejantes ataques. De esta manera. Día a día, la ultraderecha fue socavando la voluntad de paz de cientos de miles de colombianos que en muchos casos no acudieron ni a votar. Lo ha dicho la ex senadora Piedad Córdoba: el triunfo del No en plebiscito revela que hay una sector de la ciudadanía invadida por el miedo”. Confirmo el diagnóstico de Piedad pero, a pesar de la división electoral y de los noes estoy persuadido que el pueblo colombiano votará por la paz si se le explican mejor sus bondades y se le convence que el camino de la paz es lo mejor para las nuevas generaciones.

Pero si hubiera que resumir el por qué de la campaña de la ultraderecha cabe afirmar lo siguiente: con su voto ha querido evitar que el país tenga una gran izquierda capaz de fiscalizar al gobierno neoliberal y de obligar a que el Estado de derecho sea haga presente en todo el país, ya que está acostumbrada a imponer en muchas regiones sus propias leyes clasistas y su dominio político. Para Uribe la paz es el final de sus negocios sucios y por eso ha optado por reventarla. Su preferencia es mantener un arcaico sistema político, corroído, hecho a la medida de las grandes fortunas.

Si pensamos en qué hacer lo primero que se me ocurre es que hay que trabajar un nueva fórmula para la misma paz. Y, en este sentido me parecen muy oportunas las palabras de los líderes de las FARC que insisten en usar sólo la palabra como arma, y los primero movimientos del presidente Santos al convocar a todas las fuerzas políticas, incluidas las valedoras del No para negociar una salida a la paz. También las organizaciones sociales, las iglesias, los medios de comunicación, las universidades, los sindicatos, etc, deben implicarse al máximo.

Las negociaciones para seguir haciendo la paz serán difíciles. La ultraderecha de Uribe querrá que los máximos dirigentes guerrilleros paguen con la cárcel sus actividades. Punto éste en que ha centrado buena parte de su campaña. Pero si insiste en esta línea puede encontrarse con la reciprocidad de sus propias responsabilidades de terrorismo de estado cuando él era presidente. Por ello confío en que no haya un bloqueo alrededor de este asunto.

Entre tanto se pone en marcha la mesa de La Habana es importante que: 1. Se mantenga el cese bilateral del fuego y de las hostilidades, para salvar el punto más sensible del conflicto; 2.  Se multipliquen los diálogos con la sociedad civil y sus organizaciones con el fin de ensanchar las bases de apoyo a nuevas conversaciones; 3. Extraer lecciones en el plano de la comunicación con el pueblo y de evitar euforias; 4. Que se aproveche la nueva oportunidad para mejorar el capítulo de mejoras sociales sustantivas, justamente como corrección al neoliberalismo de Santos que ha podido concitar rechazos y por extensión al propio a cuerdo de paz.

Finalmente habrá que escuchar el argumentario de los partidarios del No, justamente para tratar de cerrar un acuerdo de país que no puede ser sino un buen acuerdo de paz.

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