Por: Leonel Herrera*
La agresión contra Venezuela, perpetrada la semana pasada por el ejército de Estados Unidos, es más grave de lo que plantean analistas críticos; y el secuestro exprés de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores tiene implicaciones terribles que deberían preocupar, indignar y provocar la acción de la humanidad entera.
Esto, incluso, al margen de si la operación fue una auténtica hazaña militar estadounidense o si contó con algún apoyo interno de actores chavistas, si el gobernante venezolano fue traicionado por sus comparsas, si Maduro “se entregó voluntariamente” para “evitar un baño de sangre” o cualquier otra eventualidad sugerida por la aparente “desprevención”, la “falta de respuesta efectiva” y la facilidad con que se realizó la “extracción”.
La primera interpretación es que el ataque estadounidense contra la nación sudamericana podría representar el fin del derecho internacional y de la institucionalidad multilateral representada principalmente por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y sus organismos más importantes (Consejo de Seguridad, Asamblea General, etc.).
Estas instancias, que no hicieron nada para evitar el ataque ilegal contra Venezuela, también fueron incapaces de detener el genocidio israelí contra el pueblo palestino, la invasión rusa de Ucrania, guerras civiles en Africa y otros conflictos actuales alrededor del mundo. Donald Trump se burla de la legalidad y de la institucionalidad internacional para violar de manera flagrante e impune la soberanía y la autodeterminación venezolana.
Esta anulación del derecho internacional deja ahora al mundo a expensas de la “ley del más fuerte”. Siguiendo “el ejemplo” del autócrata estadounidense, Putín podría ir a por Volodimir Selensky y Xi Jinping estaría habilitado para tomar Taiwán. El mismo Trump ha amenazado al presidente colombiano Gustavo Petro y a la mandataria mexicana Claudia Sheinbaum.
La segunda interpretación tiene que ver con los motivos reales de la agresión bélica. Trump acusó sin pruebas al gobierno venezolano de enviar drogas a Estados Unidos y presentó a Maduro como jefe de un cártel narcotraficante de dudosa existencia, mientras indultaba a Juan Orlando Hérnández y apoyaba al candidato presidencial de su “narcopartido-político”.
Trump también prometió “liberar a Venezuela” y cambiar su régimen político. Sin embargo, descartó instalar a la opositora Corina Machado en el gobierno y ha legitimado al oficialismo ahora encabezado por la “presidenta encargada” Delcy Rodríguez, quien es respaldada por Diosdado Cabello (ministro del Interior), Vladimir Padrino (jefe de las fuerzas armadas) y Jorge Rodríguez (presidente de la Asamblea Nacional), los principales hombres fuertes del chavismo.
Entonces, el verdadero objetivo de la agresión sería apropiarse del petróleo venezolano para entregarlo a las corporaciones estadounidenses. Con una arrogancia nunca antes vista en un presidente gringo y con la más febril visión imperialista, Trump declara sin rodeos que los recursos energéticos del país bolivariano pertenecen a la potencia norteamericana.
La tercera interpretación se refiere al espejismo de la “decadencia estadounidense” y la nueva “multipolaridad” pregonada por círculos progresistas. El exitosamente “impecable” ataque contra Venezuela confirma a Estados Unidos como la mayor potencia militar del planeta poseedora de tecnología electrónica capaz de neutralizar radares de sistemas de defensa rusos, chinos e iraníes instalados en territorio venezolano.
La superioridad militar, tecnológica y económica (el dominio del dólar como moneda global) todavía permiten a Estados Unidos imponerse, aun con el ascenso de China, la fuerza de Rusia o la configuración de nuevos bloques de poder como el BRICS. “Somos una superpotencia y con Donald Trump nos comportamos como tal”, dijo ayer a la cadena CNN uno de los principales asesores del presidente norteamericano.
Trump y sus cómplices no son unos locos o improvisados, sino fieles restauradores de la hegemonía estadounidense que actúan de forma descarada y obscena, sin diplomacia y saltándose todas las formalidades que hipócritamente mostraban sus predecesores. Lo más perturbador es que la secta de ultra derechistas trumpistas no disimula su propósito de desmontar la democracia estadounidense e instalar un régimen fascista para someter a todo el mundo.
La cuarta interpretación es que “todos (los gobernantes) podrían ser Maduro”. Es perturbador que la mayoría de gobernantes (presidentes, dictadores, monarcas, etc.) guarda silencio frente a la agresión gringa contra Venezuela, no sólo porque es un acto violatorio del derecho internacional y un ataque a la soberanía de un Estado que debe ser condenado, sino porque lo que pasó con Maduro podría sucederle a cualquier otro gobernante que no se someta a designios estadounidenses.
En América Latina, aparte de Cuba y Nicaragua (aliados de Venezuela que también podrían estar en la mira de Trump), sólo los presidentes de Colombia, Chile, Brasil, México y Uruguay rechazaron la intervención bélica de Estados Unidos. El único presidente europeo que se sumó al reclamo de los países latinoamericanos fue el español Pedro Sánchez.
Muchos celebraron la “caída del dictador chavista” y la “libertad del pueblo venezolano”, entre éstos el argentino Javier Miley y el salvadoreño Nayib Bukele. Este último a pesar de haber sido beneficiado por Alba Petróleos, empresa vinculada al petróleo venezolano y a los gobiernos chavistas. De hecho, Bukele ya tuvo la insinuación de un congresista demócrata de que él podría ser el siguiente presidente llevado preso a Estados Unidos.
Los presidentes alegres por la desgracia actual de Maduro creen falsamente que el respaldo actual de Trump les garantiza impunidad para siempre, pasando por alto que en cualquier momento tal situación puede cambiar, no sólo con el eventual retorno de los adversarios de Trump al poder, sino por la misma actitud cambiante del autócrata.
Y la quinta interpretación refiere que éste es el peor momento para las fuerzas políticas progresistas latinoamericanas. Hace 20, 15 o 10 años Estados Unidos no habría tenido condiciones para dar un zarpazo como el perpetrado contra Venezuela, no solo porque no gobernaba Trump, sino por la mayor presencia de gobiernos de izquierda en Latinoamérica.
Hoy América Latina sufre un giro hacia la extrema derecha. El pasado 14 de diciembre ganó la presidencia en Chile Antonio Kast, un neofascista hijo de ex miembro del partido Nazi alemán y admirador de Augusto Pinochet; mientras que en Honduras ganó (con denuncias de fraude y apoyado por Trump) Nasry Asfura, socio de Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico y recientemente indultado por el actual presidente gringo.
Tan dramática situación representa un desafío crucial para los partidos de izquierda, los movimientos populares y las fuerzas revolucionarias, progresistas y democráticas. Es urgente replantear narrativas, estrategias y formas de conectar con la realidad, los imaginarios y las emociones de la población. Sin esto, el brutal neoimperialismo de la pacotilla de derechistas fascistoides que controlan el gobierno de Estados Unidos arrazará con todos los pueblos y naciones de la Patria Grande.
*Periodista y activista social.
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