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Chéster

Róger Lindo,

Escritor

Chéster, el muchacho que vino al mundo con un cutuquito de cerebro, apareció una mañana de domingo en casa de la niña Mila Cañas, en San Francisco Gotera, departamento de Morazán. Iniciaba la estación lluviosa y las primeras tormentas del año azotaban las azules montañas de la zona. La niña Mila era hermana de la madre de Chéster, es decir, su tía, y aunque no había visto antes al muchacho (los periódicos habían dejado de publicar fotos de Chéster desde hacía ratos) la niña Mila entendió que la criatura que acababa de presentarse en su casa era él. Cómo llegó hasta allí no hay manera de saberlo, probablemente nunca se sabrá. Se cree que alguien lo condujo hasta la entrada de la casa de la niña Mila, y que ese extraño aporreó la puerta para esfumarse enseguida. Esta familia, los Cañas, pasa grandes apuros para llegar a fin de mes, y encima sobrelleva enredos y tragedias familiares. Sin embargo, acogieron al recién llegado con resignación. Colocaron una maltrecha tijera en un recoveco del corredor, y ahí dormía el chico apuñando la bolsita inseparable en la que atesoraba pequeños objetos que recogía del suelo, la mayoría cosas que le gustaba chupar. Fue así como, entre el fogón y la pila, prácticamente a la intemperie, Chéster Alexander encontró un espacio propio quizá por primera vez. Parecía encantado. Se hacía un ovillo en su catre y ahí pasaba la noche como un cuyo gigante y silencioso. Ocasionalmente, dejaba escapar un aullido lastimero salido de las profundidades de su existencia descerebrada, y que Carlos, el hijo mayor de doña Mila y, por lo tanto, primo hermano de Chéster, silenciaba mediante el procedimiento expedito de arrojarle agua de la pila con ayuda de un huacal. Algunas noches se levantó tres veces a bañarlo, hasta hacerlo callar. Carlos asegura que nunca infligió castigos físicos a su supuesto primo, aunque admite que en una ocasión le propinó un par de leñazos, «pero no muy duro». Es que la criatura supuestamente se afanaba en masticar un cabo de candela, y no respondía a las órdenes de soltarlo.

Chéster contribuía con las actividades de la casa, principalmente operando el molino manual (el aprendizaje tomó una semana entera), recogiendo leña o trasladando cargas que Carlos o Marvin, los hijos de la niña Mila, le echaban sobre la espalda. Chéster era corto de estatura y, sin embargo, dicen sus familiares, poseía una admirable fuerza muscular. En una ocasión lo hicieron cargar un quintal de maíz, es decir, cien libras desde la tienda a la casa, un trayecto de casi tres cuadras. El muchacho resistió admirablemente.

La niña Mila es la hermana menor de Josefina («Josfin» para la prensa), la madre de Chéster, que en paz descanse. La familia está compuesta de once hermanos, más el padre y la madre que aún viven en Gotera. Salvo un hermano que guarda prisión en el penal de Ciudad Barrios, el resto se marchó a los Estados Unidos al inicio de la guerra. Los miembros de la familia tienen comunicación y, cuando es posible, se auxilian. Como se sabe, Josefina murió en el momento del parto, dejando en el desamparo a Chéster Alexander. Se desconoce quién es el padre, nunca salió a relucir su nombre en las notas de prensa. El chico pasó sus primeros años en el Hogar del Infante, el único albergue del país dedicado a acoger huérfanos.

Una mañana, Chéster desapareció. Fue durante una excursión al Zoológico organizada por el Hogar del Infante. Según versión de uno de los inspectores que acompañaron a los niños, Chéster se asustó al escuchar los rugidos de Jimmy, la pantera negra, que se alborotó al paso de una sirena que se desfogaba por la calle Modelo, de seguro una ambulancia, y entonces pegó carrera imparable vadeando la pileta del hipopótamo y la sección de aves, cuyos graznidos contribuyeron a espolear su fuga. Por más que se movilizaron en su búsqueda, en la que participaron las autoridades del Zoológico y agentes de la Policía Nacional Civil, no lo encontraron. Aquello fue un escándalo. La dirección del Hogar del Infante convocó a una rueda de prensa para responder a los interrogantes en torno a la fuga de Chéster y otras revelaciones, entre ellas que el niño, según testimonios recogidos por una periodista, sufría tratos abusivos a manos de sus compañeritos. Al concluir la rueda de prensa, los responsables de la institución condujeron a los reporteros hasta el camarote de Chéster. Encima de este se podía admirar una foto del interno, vestido camisa blanca y corbatín, rodeada de una fauna de animalitos de peluche que caritativas damas cristianas (las mismas damas cristianas que pelearon ferozmente para que la madre de Chéster diera luz a la criatura pese a su condición).

Aquí empieza uno de los capítulos menos conocidos en la vida del muchacho, que estaba por cumplir los 12. Poco a poco, juntando fragmentos dispersos de información, ha sido posible rastrear medianamente sus andanzas. Agradezco a Marjorie Callejas, estudiante de último año del programa de Antropología que dirijo en la Universidad de El Salvador, por los datos que me han permitido reconstruir esta fase de su vida. Se colige de estos datos que, después de su huida del Zoológico, Chéster fue a parar a Cosigüina, departamento nicaragüense de Chinandega. En el puerto de Potosí, donde se le sitúa en esa época, Chéster se alimentaba de desechos de comida que recogía en los basureros (cuentan que el espam le fascinaba) y cosas que la gente arroja. Chéster también se volvió ducho en cazar zorrillos, que rastreaba hasta sus propias madrigueras. Incapaz de hacer fuego, devoraba sus alimentos crudos. Iba detrás de cualquier animal salvaje que pudiera atrapar, y también aprendió a coger peces con las manos. Además, se habituó a ramonear las hojas de cierta variedad de espino que crece en la región, en parte para alimentarse, en parte, se sospecha, por razones medicinales. Valga decir que los vecinos de Cosigüina y El Viejo terminaron aceptando su pacífica e indolente presencia. La mayoría de ellos, descontando el infaltable sádico, lo dejaban en paz.

Uno de los aspectos más fascinantes de esa época se relaciona con su encuentro con un misterioso marino salvadoreño, Misael Luna. Este operaba bajo contrato de la Iniciativa de Carey del Pacífico Oriental (ICAPO), proyecto multinacional que hace unos años desveló la reaparición de la tortuga carey (Eretmochely simbricata) en aguas del golfo de Fonseca. Luna tenía a su cuidado, entre otras funciones, la instalación de equipos GPS en los caparazones de los quelonios, recurso invaluable para rastrear sus desplazamientos y coordinar su protección sostenible. Valga hacer notar que, por muchas décadas, se dio por extinta la tortuga carey en el golfo de Fonseca.

Aparentemente, Luna y Chéster se conocieron por casualidad en el derruido muelle de Cosigüina. En la década de los setenta del siglo pasado, la instalación cobró relevancia ya que en ese punto atracaba el ferry que comunicaba El Salvador con Nicaragua, y por ende, con el resto de Centroamérica (como se sabe, la comunicación terrestre entre El Salvador y Honduras quedó interrumpida por varios años a raíz de la guerra de cien días entre los dos países hermanos de 1969). Chéster estaba sentado en una piedra afuera del comedero de Cosigüina dedicado a chupar un caracol que había recogido esa mañana en la playa. Un hermoso ficus daba sombra a la escena. Luna se acercó a él y, sin mayor preámbulo, se puso a relatarle el encuentro que había tenido esa mañana con una concentración de dos mil tijerillas cerca de una de las islas del golfo. Por profesión, o por afición, el marino estaba bien entrenado para reconocer la avifauna de la zona. Después de identificar la especie por su nombre científico (Fregata magnificens), a pesar de no ser científico, Luna describió los juegos de las tijerillas jóvenes, y la forma en que se recogían al atardecer en sus dormideros en una de las islas. El marino se acomodó en una mesa cercana al chico. Una de las hijas de la tendera le trajo una cerveza. Chéster lo observaba atentamente, pero en ningún momento dejó de chupar el caracol. Por momentos se lo sacaba de la boca, examinándolo como si tratara de identificar las partes más suculentas, y enseguida volvía a chuparlo. Al volver con la segunda cerveza, la muchacha le explicó discretamente al marino que Chéster era incapaz de comprender. «Es como un animalito», susurró. Igual que si no la hubiera escuchado, una vez que la chica se retiró Luna continuó relatándole a Chéster las maravillas del golfo y el trabajo que hacía en sus aguas.

Al mediodía siguiente volvieron a encontrarse. Chéster estaba sentado en la misma piedra, chupando el mismo caracol como si nunca se hubiera movido de ahí. El marino ordenó una cerveza y se acomodó junto a él. Esta vez se puso a relatarle un incidente ocurrido una oscura mañana de invierno antes de que estallara la guerra, cuando Luna aún no estaba metido en lo de las tortugas sino que se dedicaba a hacer levantamientos batimétricos para el Gobierno. Sucedió que se había detenido en unos de los puntos más profundos del golfo, 29 metros de profundidad. La temperatura rondaba los 33 grados Celsius. El equipo de navegación marcaba las coordenadas precisas que se requerían en ese momento. El mar refulgía con ese brillo de las mañanas de marzo, que le confiere la textura de un celentéreo gigante y metálico. La inmensidad de su presente desfiló ante él, silenciosa, como un convoy de recuerdos.

—En ese momento supe que había alcanzado un punto del cual ya no se regresa —dijo Luna con su tostada voz de fumador—, la mirada hundida en un punto lejano, probablemente aquella misma isla en que las tijerillas se recogían al anochecer—. Las islas desaparecieron. El cielo desapareció. Solo quedó el mar. O quizás tampoco era el mar.

Así habló el marino, pero luego se interrumpió para ordenar dos platos de punches, uno para Chéster, otro para él, y una segunda cerveza. El muchacho se mantuvo imperturbable, sus ojos enormes y negros que nunca parpadeaban, fijos en el hombre que lo había escogido como oyente. Luna se empinó el resto de la cerveza y tomó a Chéster de la mano. Suavemente lo condujo lejos de la sombra del ficus y ambos quedaron expuestos al sol, que en Cosigüina es despiadado. Chéster se dejó llevar dócilmente. El marino se enfrentó al sol y abrió la boca. Permaneció así unos segundos, como si tuviera un panel solar en la garganta. Luego tomó al niño por los hombros, e inclinándole la cabeza, le hizo repetir la postura. Tuvo que abrirle la boca –sin esfuerzo, pues Chéster se amoldaba fácilmente a los caprichos de los seres humanos– y por unos instantes la luz solar le entibió el paladar. Días después los vieron juntos, a bordo de la lancha de Luna. Como siempre, el marino hablaba y Chéster escuchaba o parecía escuchar. Ahora tenía zapatos y una cachucha. Pero ni el calzado ni la cachucha duraron. Unos días después, cuando pescaba en la playa, desaparecieron. El chico penas reparó en esa pérdida, como si nunca hubiera tenido zapatos ni cachucha, como si no le importara.

En este momento Chéster Alexander se nos pierde, y no volvemos a saber de él sino hasta un año y medio después, cuando aparece en la casa de la niña Mila, en San Francisco Gotera. Cualesquiera que fueran las circunstancias que lo llevaron a la vivienda de su tía, lo cierto es que se presentó, por así decirlo, con el aroma marino impregnado en la piel. La vida en Morazán transcurría sin mayores sobresaltos. Si se deja de lado su casi perruna existencia, podría decirse que aquellos días, al lado de su familia política, fueron para Chéster lo más parecido a la felicidad hogareña. Sin embargo, un incidente inesperado, del que existen apenas referencias, puso fin a esa etapa. Parece que el muchacho volvía a casa una tarde, cuando un borrachín descamisado salió abruptamente de un expendio de licor y se dedicó a acosarlo. Aparentemente molesto porque Chéster lo ignoraba, lo empujó y lo pateó. El chico escapó trastrabillando a la esquina. Ahí se topó con el autobús departamental, que en ese momento se había detenido a recoger pasajeros con destino a San Salvador. El cobrador lo tomó del brazo y prácticamente lo empujo dentro de la unidad. Así se produjo su regreso a la capital. Durante el trayecto, una muchacha que se dirigía a la ciudad a buscar colocación como doméstica en una colonia de San Salvador, lo escogió para contarle la historia de su vida y las razones que la empujaban a probar suerte lejos de Gotera. El cobrador eventualmente reparó en la peculiar condición de Chéster, y al llegar a la Terminal de Autobuses de Oriente, lo echó del autobús.

A unos pasos de la terminal se encuentra el mercado de mayoreo La Tiendona, el mayor depósito de frutas y verduras de la capital, y ahí se dirigió Chéster siguiendo los pasos de la muchacha que le había confiado la historia de su vida. Siendo un lugar idóneo para procurarse alimentos, nuestro héroe se instaló con toda naturalidad en el mercado. Pasaron los días. Las locatarias lo toleraban. Recibía un tomate aquí, un mango, un guineo o una hoja de plátano con arroz allá, y en la noche se echaba a dormir en un rincón, sobre un rimero de cartones, que para todo el mundo era la cama del muchacho. A diferencia de la casa de sus tíos en Morazán, en el mercado Chéster no estaba obligado a trabajar ni cargar nada, y si alguno lo fastidiaba las locatarias salían en su defensa. Por jugarle una broma, se supone, un día le ataron un cordel a la cintura, lo que no parecía molestarle. Las hijas casi adolescentes de la niña Dolo, que tenía un puesto de botica naturista en La Tiendona, jugaban a veces con él tirando del cordel, y él lo toleraba sin ofenderse nunca. Esta misma cuerda fue la causa de que Chéster desapareciera un día del mercado. Pasó durante la visita de un personaje cuyos negocios lo llevaban con frecuencia al mercado. «Cliffhanger» le llamaban, era bilingüe, alegre y bien parecido, y se desempeñaba como una especie de supervisor de cobranzas. Entre sus competencias estaba garantizar el cumplimiento de las cuotas por servicios de protección que las locatarias, igual que todo el mundo en este país, tienen que abonar. Pero Cliffhanger no era únicamente cobrador. Está función recaía más bien en rapaces que actuaban bajo su mando, que él se había encargado de reclutar y capacitar, y que lo adoraban. El joven (no pasaría de los 30 años) supervisaba varias tiendas del centro de la ciudad, y en ocasiones hacía de mediador para resolver los conflictos que a veces se suscitan entre las locatarias. Lo habían deportado de los Estados Unidos después de purgar una condena por portación ilegal de arma de fuego, pero su pinta no era feroz. La jefatura de la mara El Trencito, que él consideraba su verdadera familia, lo apreciaba mucho.

Esa tarde, Cliffhanger descubrió a Chéster en una de las entradas al mercado (Cliffhanger usaba siempre puertas distintas para ingresar y salir, y rompía patrones en lo relativo a los días de visita). Le cayó bien. El chico estaba absorto en chupar un pequeño aislante de cerámica, de esos que se utilizan en las cercas electrificadas, y sus ojos negros reflejaban los cuerpos sudorosos que poblaban el mundo a esa hora. Cliffhanger se abrió paso hasta él.

—Ey, bato, todavía no es la hora del almuerzo, le dijo sonriendo.

Chéster lo miró en silencio.

—I see, you’re one of those quiet guys… I like that —se dirigió nuevamente a él Cliffhanger.

Después de pensarlo unos segundos, Cliffhanger lo tomó de la punta de la soga y se lo llevó. Aparentemente a Chéster le agradó la sensación de ser arrastrado, pues no opuso resistencia. Se dejó llevar, como por una corriente suave. La existencia para él era así.

Cliffhanger lo condujo hasta un cuchitril húmedo en un hormiguero llamado Cuscatancingo. Lo hizo sentar en una mesa y le sirvió una cerveza. Era americana. Chéster la tomó con ambas manos y se la empinó como si fuera agua. Y luego otra. «Batooooo», exclamó Cliffhanger, «sos un ladrillo seco». Esa noche lo llevó a presentar al resto del grupo. «Mi hermano Jack», les dijo a los seis personajes que estaban congregados en una salita-comedor bebiendo cerveza y fumando mota. Dos adolescentes, una de ellas con un bebé regordete en brazos, se acercaron curiosas a contemplarlo. Ambas eran bien parecidas. Los de la mara El Trencito recibieron a Chéster como a un hermano más. Uno que era un alambre, de nombre «Vicious», le retorció los dedos de la mano para enseñarle la forma correcta de saludar. Al rato todos estaban dándole un apretón. Pero Chéster no esperaba lo que vino a continuación. El grupo entero empezó a patearlo y golpearlo. El castigo duró varios segundos, y no es necesario informar que el muchacho no protestó ni se quejó. Soportó la paliza estoicamente, como un superhéroe de caucho, suscitando la admiración del grupo, cuyos miembros ahora se lanzaron a abrazarlo y felicitarlo por salir airoso de la ceremonia de iniciación. Uno de los jóvenes le ofreció una cerveza y otro un enorme puro de marihuana. Chéster se sentó a disfrutar el alcohol y el humo. Además, una de las chicas, la que no tenía bebé, le sirvió una chuleta.

—¿De veras es tu hermano?, preguntó un joven que parecía de buena familia al que llamaban «Ricochet».

—Es mi bro de La Tiendona —respondió Cliffhanger, y eso bastaba.

—Habrá que llevarlo a cuetear —dijo Ricochet.

—Ha de ser bueno con el cuete… se le ve en lo achinadito —dijo Vicious, que estaba impresionado con la nueva adquisición del grupo, y quien también era algo achinadito.

La muchachita que había traído la chuleta se acomodó en las piernas de Cliffhanger.

—Bueno, ¿y qué, para nosotros no hay? —preguntó abarcando con sus manotas las deliciosas nalguitas de la chiquilla.

Una soleada mañana de domingo llevaron a Chéster a probarse en el campo de tiro. El lugar escogido fue el predio de una antigua fábrica de pantalones de mezclilla incinerada a inicios de la guerra. El terreno estaba destinado a la construcción de un nuevo centro comercial gringo, pero las obras no arrancaban aún. Cliffhanger sacó una Beretta 9 milímetros. Vicious quiso disparar primero, pero el líder le entregó el cuete a Chéster, explicando al chico alambre que pronto tendría la oportunidad de usarla, y con un blanco de verdad. Fascinado aparentemente con la refrescante sensación del acero, Chéster se llevó inmediatamente el cañón a la boca y empezó a chuparlo para horror de sus compañeros.

—Hey, men, ¿what are you doing? ¿Are you mad? —dijo Cliffhanger sin enojo, más bien divertido con la ocurrencia.

Enseguida le tomó la mano y se la acomodó correctamente en la empuñadura. El muchacho pareció embelesado con el peso, la combinación de metales y madera, y la equilibrada, morbosa finura de aquel prodigio. En eso estaba cuando descubrió el gatillo, que aumentó la sensación de placer que en apariencia ya experimentaba. De seguro le encantaron las delicadas muescas de esa curvada pieza. El blanco era un cartón de huevos con una gran x dibujada con pintura de aerosol y que estaba clavado a un árbol de morro. Chéster descargó la tolva entera, sin pestañear. «Guauu», dijeron al unísono sus nuevos compañeros. En ese momento lo rebautizaron «Silent Killer». En la noche celebraron con abundante ron y cerveza y chuletas, el plato favorito del líder del grupo. Una chica nueva apareció en escena. Summer. Se teñía el pelo hasta lograr un efecto parecido al de un atardecer en la costa salvadoreña, y Cliffhanger se la tenía reservada a Chéster. La muchacha era pequeña y bien construida y, horas más tarde, relató que la única manera de describir la experiencia orgásmica que acababa de tener con Chéster sería compararla con una lancha rápida cargada de cocaína que se hubiera lanzado a toda velocidad por sus arterias. Chéster seguía sin tener una habitación propia (dormía en la sala-comedor-cocina-centro de convenciones), pero Cliffhanger le entregó una colchoneta más mullida que su litera del Hogar del Infante. También le regaló un par de zapatos deportivos de suelas amarillas, con puntitos fosforescentes y brochazos púrpura en las paletas. No se parecían a nada que hubiera tenido antes. Eran tiempos dichosos. Chéster y Summer se clavaban horas enteras frente al televisor a disfrutar viejas series de Bugs Bunny o jugaban con un aparatito de video que sus padres, residentes en Estados Unidos, le habían mandado a Summer. Para colmo de felicidad, el grupo había descubierto accidentalmente la pasión de Chéster por el spam, y no faltó ya este producto en la despensa.

Una mañana, Cliffhanger salió temprano acompañado de Vicious y otro compinche, «Yankee Doodle». Regresaron a casa a la hora del almuerzo a bordo de un viejo panel de entregas cargado de cuatro bicicletas relucientes, cómo recién salidas de la tienda. Esa tarde Cliffhanger decidió que iban a salir a estrenar. Chéster no sabía de bicicletas, pero Cliffhanger le tenía un afecto especial y lo llevo consigo en el portaequipajes. Chéster disfrutaba la caricia del viento en el rostro, sus amigos lo notaron a pesar de su perenne inexpresividad. A eso de las cinco de la tarde las cuatro bicicletas, cuatro vórtices de polvo, se detuvieron frente a la entrada de una comunidad cercana. Las pupilas de los integrantes de la mara El Trencito se dilataron aprensivamente, menos la de Cliffhanger, que guardó una especie de silencio respetuoso, clavado en la basura desparramada frente a la entrada del polvoriento caserío, como si meditara. Sin decir palabra, extrajo la Beretta de la bolsa traser del pantalón, puso tiro en recámara (imitado por Yankee Doodle, que llevaba una Star .38), y se la acomodó en la cintura. Entraron a toda velocidad a la miserable ratonera lanzando gritos de guerra, como apaches de las películas del Oeste. Muy pronto, como era de esperarse, sus encarnizados enemigos de la mara «Pepeto Crazy Dudes» salieron de sus residencias con abundante cohetería y abrieron fuego graneado, en lo que se destacaron los más jovencitos. Cliffhanger y sus amigos enfilaron hacia el final del pasaje, que acababa en un barranco que era el basurero principal de esa comunidad. Pero no todos alcanzaron a llegar. Ricochet quedó tendido entre dos tubos de cemento empotrados al final del pasaje. Ni siquiera alcanzó a llegar al basurero. El resto se deslizó en una cascada de latas, frascos, botellas, cajas de cereal, papel mascado, llantas usadas, muñecas destazadas, toallas sanitarias, insertos publicitarios y otros desperdicios y podredumbres de la vida moderna, esperanzados en salvar la vida. A media ruta de la nauseabunda quebrada, la bicicleta de Cliffhanger volcó. Rodaron. Había sangre en uno de sus codos. La Beretta se le deslizó de las manos. Chéster se apoderó del arma y apuntó hacía el origen de los estampidos con tal acierto y cadencia que dos de sus perseguidores se desplomaron inmediatamente, mezclándose con la basura. El resto se parapetó como pudo. Cuando ya no quedaban tiros en la tolva, Chéster se perdió. De sus amigos sólo quedaban rastros de sangre y aullidos. No volvió a verlos. Sus piernas lo llevaron a lo largo de la quebrada hasta que eventualmente saltó a una carretera que bordeaba el volcán. Siguió andando. Ese día cumplía 15 años. Anocheció, pero los detalles fosforescentes de sus zapatos lo protegieron de la neurosis rencorosa y revanchista de los automovilistas. Pasó por debajo de un túnel y se internó por un vasto enrejado de calles donde nadie le prestaba atención. Los ruidos de la tarde le jugaban todo tipo de pasadas y el olor de las fritangas, que a esa hora crepitaban en las aceras, enloquecían sus mucosas. En cierto momento se detuvo a humedecerse los labios en una alcantarilla, sólo un minuto, como si su vocación fuera el movimiento perpetuo. Enfrente del estacionamiento de un supermercado al que afluían apresurados compradores, se detuvo a ver a un hombre que le llamó poderosamente la atención. Era un demonio descamisado, recio, mugroso con una piedra enorme en la mano. Gritaba cosas incoherentes, como si hablara en lengua. El vigilante del supermercado, un tipo con una escopeta, se desentendió del escándalo, entretenido con su móvil, y tampoco puso atención cuando el joven perturbado le desbarató el parabrisas a un lindo Audi deportivo de una certera pedrada. Enseguida, se perdió por la avenida. Chéster Alexander se agachó a recoger una de las esferitas del parabrisas hecho añicos y se la metió en la boca. Empezaba a cogerle el gusto al vidrio cuando apareció el dueño del Audi hecho un energúmeno. Sólo había dos carros de ese tipo en el país, el otro era propiedad del hijo del Presidente. El dueño dejó caer la bolsa de los comprados y desenfundó una Walther PK380 que ocultaba a la altura del ruedo del pantalón y le dejó ir tres tiros a Chéster. Chéster se desplomó o, más bien, se sentó en la cuneta, como si de repente se le hubiera bajado la presión. No soltó la esferita de vidrio.

El caso llegó a los periódicos. La joven periodista de un medio digital descubrió que el supuesto delincuente al que se acusaba de romperle el vidrio al Audi era nada menos que Chéster Alexander, el hijo de Josfín, el niño desaparecido del Hogar del Infante, quien resistió magníficamente todas las presiones de la policía para hacerle admitir su culpabilidad. El vigilante del supermercado lo había señalado como el autor del vandalismo. El caso tomó un giro inesperado al desvelarse que el propietario del Audi era el nieto de aquella dama de alcurnia que en sus columnas de opinión había abogado por salvar la vida del feto que se convertiría en Chéster. El propietario del carro atravesó sin magulladuras los pasillos de la Justicia gracias a los buenos oficios de su abogado, el doctor Lombardo Pérez Macal, exmagistrado de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, quien armó exitosamente su defensa a partir de un genial argumento: el propietario del Audi había herido a Chéster en un momento de «miedo supremo». Al final todo se arregló, con entera satisfacción de las partes, como suele decirse. Aparecieron testigos que desmintieron la versión del vigilante. Hubo conciliación. La familia del joven de alcurnia convino en resarcir a Chéster con una cuota única de quince mil dólares. Dada la condición especial del muchacho, se designó como tutora universal de sus bienes a la niña Mila Cañas, que lo llevó consigo a San Francisco Gotera. El vigilante del supermercado fue despedido.

Y aquí acabaría la historia, de no ser porque Chéster vuelve a desaparecer. O se largó, sepa Dios. Según una indagación de la misma Marjorie Callejas, mi alumna en el programa de Antropología de la universidad, Chéster volvió a Cosigüina. Pero aparentemente no volvió a tener trato con humanos (salvo, cuentan, contactos esporádicos con el marino Misael Luna). Un muchacho de la zona que se gana la vida guiando turistas gringos al cráter del volcán le confió a Marjorie que Chéster vive refundido en lo espeso de la montaña, donde se ha integrado plenamente a la vida silvestre, a la par de los monos congo o aulladores (Alouatta palliata) que la habitan. En esa existencia, según el guía, Chéster aprendió a imitar los aullidos con que se comunican esos primates, y en ocasiones, con suerte, se pueden escuchar sus gritos desde los filos del cráter, poco antes del anochecer.

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