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Carta pública al Dr. Rafael Aguirre

Por Erick Zelaya*

Estimado doctor, compañero y amigo:

Te escribo con respeto y con la convicción de que los momentos más difíciles de un país exigen también los debates más sinceros. Reconozco tu trayectoria, tu compromiso con El Salvador y entiendo que quienes hoy buscamos salidas a la profunda crisis nacional lo hacemos movidos por el deseo legítimo de abrir una esperanza para nuestro pueblo.

Precisamente por ese respeto considero necesario compartir una diferencia que no es personal, sino profundamente política y estratégica. No cuestiono tus intenciones; cuestiono el camino.

El problema de fondo: organización popular, no candidaturas

Desde mi experiencia como luchador social, sindicalista y hombre de izquierdas, considero que el principal desafío que enfrenta hoy nuestro país ya no consiste en encontrar una candidatura capaz de derrotar al oficialismo en las urnas. Ese momento histórico quedó atrás hace tiempo.

Hoy enfrentamos, desde mi perspectiva, un proceso de concentración del poder que ha reducido de manera significativa los contrapesos institucionales y los espacios para una competencia política en condiciones de igualdad. En esas circunstancias, el desafío deja de ser eminentemente electoral y pasa a ser profundamente organizativo.

La tarea central consiste en reconstruir la fuerza organizada de un pueblo cuyos espacios de participación, organización y protesta han sido severamente restringidos. Cuando las instituciones llamadas a garantizar una competencia libre e imparcial dejan de ofrecer las condiciones necesarias para ello, las elecciones dejan de ser una vía táctica válida para impulsar la transformación social para la clase trabajadora y los pueblos.

Por eso creo que el debate principal no debería concentrarse en quién será candidato ni en cuáles deberían ser sus cualidades, sino en cómo fortalecer la capacidad de organización de la clase trabajadora y del conjunto del pueblo salvadoreño.

El riesgo de desviar las energías del movimiento popular

Mi preocupación es que una nueva apuesta electoral termine desviando las energías del movimiento popular hacia un terreno donde las posibilidades de incidir aparecen fuertemente limitadas por las condiciones existentes.

Los sindicatos, las organizaciones comunitarias, los movimientos sociales y los sectores democráticos disponen hoy de recursos humanos y organizativos muy escasos. Cada dirigente, cada militante, cada organización y cada esfuerzo cuentan, y son altamente valiosos. Si una parte importante de esa capacidad se concentra en una campaña electoral, inevitablemente dejará de invertirse en las tareas que hoy considero estratégicas.

Existe además otro riesgo que me preocupa profundamente. Las campañas electorales generan esperanza. Y la esperanza es indispensable para cualquier pueblo. Pero cuando esa esperanza se deposita en una estrategia que enfrenta límites estructurales tan profundos, el resultado (que ya todas y todos conocemos) puede ser una frustración igualmente profunda. No solo se debilita una candidatura; también puede debilitarse la confianza de miles de personas en la fuerza de su propia organización. Y eso termina favoreciendo a quienes desean una sociedad resignada, desmovilizada y políticamente fragmentada. Eso solo fortalece a la dictadura.

No estamos ante una democracia en condiciones normales

Hay además una realidad que, a mi juicio, no puede ignorarse al definir una estrategia. Un país que se enorgullece del encarcelamiento masivo de personas bajo el régimen de excepción; donde organismos nacionales e internacionales han documentado numerosas muertes de personas bajo custodia estatal; donde dirigentes sindicales, defensores de derechos humanos, periodistas, líderes comunitarios y voces críticas denuncian persecución, criminalización o nos hemos visto obligados al exilio para proteger nuestra libertad e integridad, difícilmente puede analizarse como si se tratara de una democracia burguesa que funciona con normalidad.

La democracia burguesa exige condiciones reales de competencia, libertades democráticas, independencia institucional y garantías para la oposición. Cuando esas condiciones desaparecen, la discusión deja de ser únicamente electoral y estamos ante una dictadura con todas sus letras.

Por ello pienso que la prioridad estratégica no debería ser construir una candidatura, sino reconstruir la organización popular, sindical y comunitaria. Ninguna candidatura puede sustituir la fuerza organizada de un pueblo.

La tarea histórica de la clase trabajadora, el sindicalismo y del movimiento popular

Como luchador social y sindicalista estoy convencido de que ninguna dictadura a caído como resultado de una elección. La historia demuestra que los derechos laborales, las libertades públicas y las grandes conquistas democráticas fueron posibles cuando la organización popular logró modificar la correlación de fuerzas mediante años de organización paciente, formación política, solidaridad, resistencia y movilización social.

Por eso considero que la prioridad de este momento histórico debe ser otra.

Necesitamos reconstruir sindicatos; fortalecer organizaciones territoriales y comunitarias; formar una nueva generación de dirigentes; proteger a quienes sufren persecución; crear redes de solidaridad entre los distintos sectores populares; documentar las violaciones a los derechos humanos y laborales; defender las libertades democráticas; fortalecer la conciencia política de la clase trabajadora y recuperar la confianza colectiva en la organización como herramienta de transformación. Esa es la base sobre la cual podrá edificarse una verdadera alternativa política independiente de la clase trabajadora y de los sectores populares.

No creo que el mayor problema de El Salvador sea la ausencia de una candidatura. Creo que el desafío fundamental es la debilidad organizativa del movimiento popular después de años de persecución, miedo y desarticulación.

Por esa razón pienso que los liderazgos democráticos podrían hacer una contribución mucho más trascendente si pusieran su prestigio, su capacidad de convocatoria y su autoridad moral al servicio de la reconstrucción de una amplia fuerza social organizada, antes que concentrar las expectativas en una disputa electoral que, desde mi perspectiva, se desarrolla en condiciones profundamente desiguales y cuyo principal efecto puede ser proyectar una imagen de normalidad política que no corresponde con la realidad que vive el país.

Una responsabilidad con la historia

También creo que existe una responsabilidad política frente a la sociedad. Cuando un proceso electoral no reúne las condiciones necesarias para garantizar una competencia auténticamente libre, participar en él puede contribuir, aun sin proponérselo, a fortalecer la percepción de que el sistema mantiene mecanismos suficientes de alternancia democrática.

En cambio, denunciar esas condiciones, evidenciar las restricciones existentes y dedicar los mayores esfuerzos a fortalecer la organización popular ayuda a visibilizar la profundidad de la crisis democrática y evita trasladar a la ciudadanía expectativas que difícilmente podrán materializarse mientras esas condiciones permanezcan intactas.

No escribo estas líneas para descalificarte ni para alimentar divisiones entre quienes anhelamos un país distinto. Las escribo porque considero que el debate sobre la estrategia es demasiado importante para el futuro del movimiento popular como para evitarlo.

No es tiempo de dispersar nuestras limitadas fuerzas. Es tiempo de reconstruir pacientemente el movimiento sindical, reorganizar a los trabajadores en sus centros de trabajo, fortalecer las organizaciones comunitarias, formar nuevos cuadros, proteger a quienes resisten, recuperar la solidaridad entre los sectores populares y volver a sembrar la convicción de que solo un pueblo organizado puede conquistar su libertad.

La historia demuestra que ningún régimen autoritario es eterno. Pero también demuestra que ninguno cae por el simple desgaste del poder ni por la aparición de una candidatura. Los cambios verdaderos llegan cuando la organización popular logra convertirse en una fuerza social capaz de abrir un nuevo horizonte democrático.

Esa es, a mi juicio, la responsabilidad que nos corresponde asumir en esta hora difícil de nuestra patria. Y será la historia la que juzgue si estuvimos a la altura del momento, si contribuimos a fortalecer la organización del pueblo o si, por el contrario, terminamos desviando sus energías hacia caminos que no modificaban la realidad.

Con respeto y con la esperanza de que este intercambio contribuya al debate que nuestro pueblo necesita.

*Luchador social, Sindicalista en El Exilio y Columnista

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