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¿Cambio de Época o Época de cambios? (2)

René Martínez Pineda
Escuela de Ciencias Sociales, UES

Si hablamos de un cambio de Época debemos hablar de la relación entre cambios en los contenidos de los problemas que las políticas sociales quieren resolver y la necesidad de cambio en la forma política de gestionar la situación (participación social) y en las formas en que han de operar esas políticas (pos-burocracia) para enfrentar la desigualdad, más que la pobreza. Y es que el concepto “pobreza” (pero no su lapidaria realidad) va siendo reemplazado por el de “exclusión social” que va más allá de aquella. La exclusión social, como hecho deliberado, no es nueva ni casual. Sus antecedentes se remontan a las necesidades colectivas que se plantearon desde el inicio de la industrialización y urbanización masiva en los siglos XIX y XX. En la actualidad, se ha montado una nueva alineación de las desigualdades –propiciada por la plusvalía- en el contexto de transición hacia lo que se ha dado en llamar “sociedad del conocimiento” que es, más bien, una “sociedad de los datos” en las sociedades tecnológicas avanzadas. Esa exclusión implica fracturas en el tejido social y, en consecuencia, la aparición de una artificial frontera social: dentro y fuera mediados por el riesgo social.

Ese riesgo social es multilateral, pues puede significar: ruptura familiar en un contexto de cambio en las relaciones hombre-mujer; quedar obsoleto en un mundo tecnológico acelerado; precariedad e infrasalarios en un contexto de cambio del lazo laboral, etc. En ese sentido, el riesgo social puede trasladar hacia zonas de vulnerabilidad a todo tipo de personas y grupos y, con ello, la exclusión se “democratiza”. Así, la exclusión social deliberada pasa a ser un problema propio para la acción del poder público, independientemente de que la población tenga conciencia de ella (como en el apogeo de la revolución industrial a finales del siglo XIX) o no la tenga, como sucede en la actualidad.

En todo caso, es necesario formular una agenda pública contra la exclusión que contemple, al menos, estos aspectos: fortalecimiento del sistema de servicios públicos y rentas mínimas, o sea la universalización de los servicios y el avance hacia un modelo de rentas básicas garantizadas y dignas; la potenciación de las políticas contra la exclusión laboral y por la calidad del empleo y el salario decente; la regeneración integral de las comunidades degradadas de las grandes ciudades. En otras palabras de lo que se trata es de resaltar la importancia del protagonismo público y social en la lucha por la inclusión, en tanto que las políticas sociales, los programas y los servicios impulsados desde múltiples niveles territoriales de gobierno se convierten en las piezas esenciales del proyecto de sociedad nueva que busca una mejor distribución de la riqueza y el ingreso. Ahora bien, las políticas sociales contra la exclusión deben olvidar cualquier pretensión ideologizada y centralizada, pues su papel, como palancas hacia el desarrollo social inclusivo, es directamente proporcional a su capacidad de tejer fuertes redes de interacción con todo tipo de agentes comunitarios en el marco de sólidos procesos de debate sobre modelos sociales bien apegados y pegados al territorio por los intereses de clase.

En ese sentido, se requiere buscar las respuestas en lógicas de trabajo colectivo estrictamente “civiles” que dependan de lo público sólo en los primeros pasos, debido a que lo que se necesita es construir opciones de perfil comunitario cuya piedra angular sea la autonomía y una participación que sea capaz de recomponer las relaciones sociales y recrear a los individuos en tanto ciudadanos con identidad y memoria histórica, ya que eso sería el signo de que hemos entrado en un cambio de Época. El factor esencial de la lucha contra la exclusión pasa hoy por la reconquista de los propios destinos vitales por parte de las personas o colectivos afectados por esas dinámicas o procesos de exclusión social, lo cual precisa armar un proceso colectivo que faculte el acceso a todo el mundo a formar parte del tejido de actores sociales y, por tanto, no se trata sólo de un camino en solitario de cada uno hacia una difusa utopía; no se trata sólo de estar con los otros, se trata de estar entre el aroma de los otros. Devolver a las personas el control de su propia vida significa devolverles sus responsabilidades, y ya que entendemos las relaciones vitales como relaciones sociales, tanto de cooperación como de conflicto, esa nueva asunción de responsabilidades no se plantea sólo como un sentirse responsable de uno mismo, sino como un sentirse responsable con y entre los otros para constituirse en un “nosotros”.

Una de las formas habituales de encarar la exclusión es focalizar las posibles salidas en la búsqueda de empleo, pues se ha convertido en un elemento clave, y diríamos que inexorable, en la lucha contra la exclusión. Pero, sin negar que ése sea y seguirá siendo un factor estratégico en el camino para reconstruir una situación de ciudadano integral, hay que recordar que, si la exclusión tiene una dimensión multidimensional, las formas de inserción han de ser variadas. Esto responde a que muchas veces se entiende a la inserción profesional como la forma más completa o definitiva de inserción y se la compara con formas sociales de inserción que serían menos satisfactorias o más propias de aquellos con los que ya no se sabe qué hacer porque carecen de todo.

Todas las políticas puestas en el territorio (salud, educación, inversión social, seguridad, desarrollo económico, transporte, cultura, deporte, etc.) presentan una lógica de intervención excesivamente sectorizada, cuando son precisamente las interacciones entre esas políticas y sus efectos las que construyen las lógicas sociales y económicas en cuyo seno se dan los procesos de exclusión e inserción, afectando a personas y colectivos.

Por otro lado, si hablamos de flexibilidad, integralidad, compromiso colectivo y de comunidad como un todo, debemos acudir al ámbito local para encontrar el grado de proximidad necesario para que todo ello sea factible. Y es precisamente en el ámbito local en el que es más posible impulsar dinámicas de colaboración público-sociedad civil que permitan aprovechar los distintos recursos de unos y otros, y generar o potenciar los lazos comunitarios, el llamado sujeto social tan decisivo a la hora de asegurar dinámicas de inclusión sostenibles en el tiempo y con garantías de generar autonomía -no dependencia-, aunque ello no tenga porqué implicar la difuminación de responsabilidades de los poderes públicos. Ello exige activar la colaboración, generar incentivos y construir el consenso para un cambio de Época.

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2 Comentarios

  1. Los Motivos del Lobo

    El varón que tiene corazón de lis,
    alma de querube, lengua celestial,
    el mínimo y dulce Francisco de Asís,
    está con un rudo y torvo animal,
    bestia temerosa, de sangre y de robo,
    las fauces de furia, los ojos de mal:
    ¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
    Rabioso, ha asolado los alrededores;
    cruel, ha deshecho todos los rebaños;
    devoró corderos, devoró pastores,
    y son incontables sus muertos y daños.

    Fuertes cazadores armados de hierros
    fueron destrozados. Los duros colmillos
    dieron cuenta de los más bravos perros,
    como de cabritos y de corderillos.

    Francisco salió:
    al lobo buscó
    en su madriguera.
    Cerca de la cueva encontró a la fiera
    enorme, que al verle se lanzó feroz
    contra él. Francisco, con su dulce voz,
    alzando la mano,
    al lobo furioso dijo: «¡Paz, hermano
    lobo!» El animal
    contempló al varón de tosco sayal;
    dejó su aire arisco,
    cerró las abiertas fauces agresivas,
    y dijo: «!Está bien, hermano Francisco!»
    «¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
    de horror y de muerte?
    ¿La sangre que vierte
    tu hocico diabólico, el duelo y espanto
    que esparces, el llanto
    de los campesinos, el grito, el dolor
    de tanta criatura de Nuestro Señor,
    no han de contener tu encono infernal?
    ¿Vienes del infierno?
    ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
    Luzbel o Belial?»

    Y el gran lobo, humilde: «¡Es duro el invierno,
    y es horrible el hambre! En el bosque helado
    no hallé qué comer; y busqué el ganado,
    y en veces comí ganado y pastor.
    ¿La sangre? Yo vi más de un cazador
    sobre su caballo, llevando el azor
    al puño; o correr tras el jabalí,
    el oso o el ciervo; y a más de uno vi
    mancharse de sangre, herir, torturar,
    de las roncas trompas al sordo clamor,
    a los animales de Nuestro Señor.
    ¡Y no era por hambre, que iban a cazar!»

    Francisco responde: «En el hombre existe
    mala levadura.
    Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
    Mas el alma simple de la bestia es pura.
    Tú vas a tener
    desde hoy qué comer.
    Dejarás en paz
    rebaños y gente en este país.
    ¡Que Dios melifique tu ser montaraz!»

    «Esta bien, hermano Francisco de Asís.»
    «Ante el Señor, que todo ata y desata,
    en fe de promesa tiéndeme la pata.»
    El lobo tendió la pata al hermano
    de Asís, que a su vez le alargó la mano.

    Fueron a la aldea. La gente veía
    y lo que miraba casi no creía.
    Tras el religioso iba el lobo fiero,
    y, baja la testa, quieto le seguía
    como un can de casa, o como un cordero.

    Francisco llamó la gente a la plaza
    y allí predicó.
    Y dijo: «He aquí una amable caza.
    El hermano lobo se viene conmigo;
    me juró no ser ya vuestro enemigo,
    y no repetir su ataque sangriento.
    Vosotros, en cambio, daréis su alimento
    a la pobre bestia de Dios.» «¡Así sea!»,
    Contestó la gente toda de la aldea.
    Y luego, en señal
    de contentamiento,
    movió testa y cola el buen animal,
    y entró con Francisco de Asís al convento.

    Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
    en el santo asilo.
    Sus bastas orejas los salmos oían
    y los claros ojos se le humedecían.
    Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
    cuando a la cocina iba con los legos.
    Y cuando Francisco su oración hacía,
    el lobo las pobres sandalias lamía.
    Salía a la calle,
    iba por el monte, descendía al valle,
    entraba a las casas y le daban algo
    de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

    Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
    dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
    desapareció, tornó a la montaña,
    y recomenzaron su aullido y su saña.

    Otra vez sintióse el temor, la alarma,
    entre los vecinos y entre los pastores;
    colmaba el espanto en los alrededores,
    de nada servían el valor y el arma,
    pues la bestia fiera
    no dio treguas a su furor jamás,
    como si tuviera
    fuegos de Moloch y de Satanás.

    Cuando volvió al pueblo el divino santo,
    todos lo buscaron con quejas y llanto,
    y con mil querellas dieron testimonio
    de los que sufrían y perdían tanto
    por aquel infame lobo del demonio.

    Francisco de Asís se puso severo.
    Se fue a la montaña
    a buscar al falso lobo carnicero.
    Y junto a su cueva halló a la alimaña.

    «En nombre del Padre del sacro universo,
    conjúrote -dijo-, ¡oh lobo perverso!,
    a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
    Contesta. Te escucho.»

    Como en sorda lucha, habló el animal,
    la boca espumosa y el ojo fatal:

    «Hermano Francisco, no te acerques mucho…
    Yo estaba tranquilo allá en el convento;
    al pueblo salía,
    y si algo me daban estaba contento
    y manso comía.
    Mas empecé a ver que en todas las casas
    estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
    y en todos los rostros ardían las brasas
    de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
    Hermanos a hermanos hacían la guerra,
    perdían los débiles, ganaban los malos,
    hembra y macho eran como perro y perra,
    y un buen día todos me dieron de palos.

    Me vieron humilde, lamía las manos
    y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
    todas las criaturas eran mis hermanos:
    los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
    hermanas estrellas y hermanos gusanos.
    Y así, me apalearon y me echaron fuera.
    Y su risa fue como un agua hirviente,
    y entre mis entrañas revivió la fiera,
    y me sentí lobo malo de repente;
    mas siempre mejor que esa mala gente.
    Y recomencé a luchar aquí,
    a me defender y a me alimentar.
    Como el oso hace, como el jabalí,
    que para vivir tienen que matar.
    Déjame en el monte, déjame en el risco,
    déjame existir en mi libertad,
    vete a tu convento, hermano Francisco,
    sigue tu camino y tu santidad.»

    El santo de Asís no le dijo nada.
    Le miró con una profunda mirada,
    y partió con lágrimas y con desconsuelos,
    y habló al Dios eterno con su corazón.
    El viento del bosque llevó su oración,
    que era: «Padre nuestro, que estás en los cielos…»

    De Rubén Darío

  2. Los motivos del lobo

    El varón que tiene corazón de lis,
    alma de querube, lengua celestial,
    el mínimo y dulce Francisco de Asís,
    está con un rudo y torvo animal,
    bestia temerosa, de sangre y de robo,
    las fauces de furia, los ojos de mal:
    el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
    rabioso, ha asolado los alrededores;
    cruel ha deshecho todos los rebaños;
    devoró corderos, devoró pastores,
    y son incontables sus muertes y daños.

    Fuertes cazadores armados de hierros
    fueron destrozados. Los duros colmillos
    dieron cuenta de los más bravos perros,
    como de cabritos y de corderillos.

    Francisco salió:
    al lobo buscó
    en su madriguera.
    Cerca de la cueva encontró a la fiera
    enorme, que al verle se lanzó feroz
    contra él. Francisco, con su dulce voz,
    alzando la mano,
    al lobo furioso dijo: ?¡Paz, hermano
    lobo! El animal
    contempló al varón de tosco sayal;
    dejó su aire arisco,
    cerró las abiertas fauces agresivas,
    y dijo: ?¡Está bien, hermano Francisco!
    ¡Cómo! ?exclamó el santo?. ¿Es ley que tú vivas
    de horror y de muerte?
    ¿La sangre que vierte
    tu hocico diabólico, el duelo y espanto
    que esparces, el llanto
    de los campesinos, el grito, el dolor
    de tanta criatura de Nuestro Señor,
    no han de contener tu encono infernal?
    ¿Vienes del infierno?
    ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
    Luzbel o Belial?
    Y el gran lobo, humilde: ?¡Es duro el invierno,
    y es horrible el hambre! En el bosque helado
    no hallé qué comer; y busqué el ganado,
    y en veces comí ganado y pastor.
    ¿La sangre? Yo vi más de un cazador
    sobre su caballo, llevando el azor
    al puño; o correr tras el jabalí,
    el oso o el ciervo; y a más de uno vi
    mancharse de sangre, herir, torturar,
    de las roncas trompas al sordo clamor,
    a los animales de Nuestro Señor.
    Y no era por hambre, que iban a cazar.
    Francisco responde: ?En el hombre existe
    mala levadura.
    Cuando nace viene con pecado. Es triste.
    Mas el alma simple de la bestia es pura.
    Tú vas a tener
    desde hoy qué comer.
    Dejarás en paz
    rebaños y gente en este país.
    ¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
    ?Está bien, hermano Francisco de Asís.
    ?Ante el Señor, que todo ata y desata,
    en fe de promesa tiéndeme la pata.
    El lobo tendió la pata al hermano
    de Asís, que a su vez le alargó la mano.
    Fueron a la aldea. La gente veía
    y lo que miraba casi no creía.
    Tras el religioso iba el lobo fiero,
    y, baja la testa, quieto le seguía
    como un can de casa, o como un cordero.

    Francisco llamó la gente a la plaza
    y allí predicó.
    Y dijo: ?He aquí una amable caza.
    El hermano lobo se viene conmigo;
    me juró no ser ya vuestro enemigo,
    y no repetir su ataque sangriento.
    Vosotros, en cambio, daréis su alimento
    a la pobre bestia de Dios. ?¡Así sea!,
    contestó la gente toda de la aldea.
    Y luego, en señal
    de contentamiento,
    movió testa y cola el buen animal,
    y entró con Francisco de Asís al convento.

    *

    Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
    en el santo asilo.
    Sus bastas orejas los salmos oían
    y los claros ojos se le humedecían.
    Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
    cuando a la cocina iba con los legos.
    Y cuando Francisco su oración hacía,
    el lobo las pobres sandalias lamía.
    Salía a la calle,
    iba por el monte, descendía al valle,
    entraba en las casas y le daban algo
    de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
    Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
    dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
    desapareció, tornó a la montaña,
    y recomenzaron su aullido y su saña.
    Otra vez sintióse el temor, la alarma,
    entre los vecinos y entre los pastores;
    colmaba el espanto los alrededores,
    de nada servían el valor y el arma,
    pues la bestia fiera
    no dio treguas a su furor jamás,
    como si tuviera
    fuegos de Moloch y de Satanás.

    Cuando volvió al pueblo el divino santo,
    todos lo buscaron con quejas y llanto,
    y con mil querellas dieron testimonio
    de lo que sufrían y perdían tanto
    por aquel infame lobo del demonio.

    Francisco de Asís se puso severo.
    Se fue a la montaña
    a buscar al falso lobo carnicero.
    Y junto a su cueva halló a la alimaña.
    ?En nombre del Padre del sacro universo,
    conjúrote ?dijo?, ¡oh lobo perverso!,
    a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
    Contesta. Te escucho.
    Como en sorda lucha, habló el animal,
    la boca espumosa y el ojo fatal:
    ?Hermano Francisco, no te acerques mucho…
    Yo estaba tranquilo allá en el convento;
    al pueblo salía,
    y si algo me daban estaba contento
    y manso comía.
    Mas empecé a ver que en todas las casas
    estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
    y en todos los rostros ardían las brasas
    de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
    Hermanos a hermanos hacían la guerra,
    perdían los débiles, ganaban los malos,
    hembra y macho eran como perro y perra,
    y un buen día todos me dieron de palos.
    Me vieron humilde, lamía las manos
    y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
    todas las criaturas eran mis hermanos:
    los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
    hermanas estrellas y hermanos gusanos.
    Y así, me apalearon y me echaron fuera.
    Y su risa fue como un agua hirviente,
    y entre mis entrañas revivió la fiera,
    y me sentí lobo malo de repente;
    mas siempre mejor que esa mala gente.
    y recomencé a luchar aquí,
    a me defender y a me alimentar.
    Como el oso hace, como el jabalí,
    que para vivir tienen que matar.
    Déjame en el monte, déjame en el risco,
    déjame existir en mi libertad,
    vete a tu convento, hermano Francisco,
    sigue tu camino y tu santidad.

    El santo de Asís no le dijo nada.
    Le miró con una profunda mirada,
    y partió con lágrimas y con desconsuelos,
    y habló al Dios eterno con su corazón.
    El viento del bosque llevó su oración,
    que era: Padre nuestro, que estás en los cielos…

    Rubén Darío

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