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Los jugadores Walace, Gabriel Jesus, Neymar y Gabriel Barbosa festejan tras ganar la medalla de oro del fútbol olímpico. Foto Diario Co Latino/Xinhua/Cheng Min

Brasil, fin de la maldición del Maracaná y euforia por un canoísta

Río de Janeiro/dpa

La barrera mágica no se superó, pero Brasil podrá ver con orgullo el brillante desempeño del histórico pelotón de atletas que lo representó en “sus” Juegos Olímpicos en Río de Janeiro.

La potencia deportiva sudamericana cosechó durante las últimas dos semanas más medallas de oro que nunca en su historia: siete en total, entre ellos el añorado primer campeonato olímpico de fútbol, ganado en el mítico estadio Maracaná, así como el título en voleibol masculino con el que cerraron con broche de oro el torneo.

Y pese a que el país no llegó a meterse entre los primeros diez puestos del medallero, objetivo declarado del Comité Olímpico Brasileño, estrellas consagradas y nuevos astros hicieron brillar en Río el cielo deportivo de Brasil.

El saltador Thiago Braz da Silva, el canoísta Isaquias Queiroz o la judoca Rafaela Silva, entre otros, sumaron en Río 2016 sus nombres a la lista de héroes deportivos brasileños en la que ya estaba el futbolista Neymar, que no defraudó en su gran final.

“Brasil tuvo en Río de Janeiro su mejor participación en todos los Juegos Olímpicos”, celebró satisfecho el ministro de Deporte, Leonardo Picciani.

El gigante sudamericano estuvo representando en Río por una delegación récord de atletas, en total 465. El “Time Brasil” más numeroso había sido antes el del Pekín 2008, con 277 deportistas. El desempeño se traducía en el puesto 13 del medallero, nueve por encima que en Londres 2012.

El triunfo más simbólico fue el del Maracaná en la lluviosa noche carioca del sábado, una victoria sobre los fantasmas. El “país del fútbol” consiguió ahí frente a Alemania el último gran título que faltaba en sus vitrinas, el campeonato olímpico, e hizo quizá la mejor terapia para intentar borrar el peor trauma deportivo de su historia: la derrota en la final del Mundial de 1950 en el que es posiblemente el estadio más famoso del mundo.

Alemania era además el país que le había infligido la derrota más humillante de su historia, el 7-1 de hace dos años en la semifinal del Mundial disputado en casa. Las lágrimas de Neymar tras marcar el penal para el 5-4 definitivo expresaban un poco no sólo su satisfacción personal tras haber tenido que soportar muchas críticas, sino también quizá el alivio colectivo de un país loco por el fútbol.

Y Brasil también encontró nuevos héroes. Pocos desataron tanta euforia como el canoísta Isaquias Queiroz, que hizo historia como el primer brasileño en ganar tres medallas en un solo torneo olímpico. “¡Isaquias, Isaquias!”, lo celebraban a gritos a secas sus compatriotas no sólo en la Laguna Rodrigo Freitas, donde compitió a los pies del Cristo Redentor de Río, sino en todo el país.

Isaquías es el “gran fenómeno”, elogiaba también Picciani al fornido muchacho de orígenes humildes y peinado estrafalario. “Isaquiasmanía”, titulaba un diario local para explicar la pasión que desata el joven de 22 años natural de la región de Bahía, en el noreste de Brasil.

Su historia de ascenso social a través del deporte, como la de Rafaela Silva, oro olímpico en judo y criada en la célebre favela de Río “Ciudad de Dios”, implica en un país de clases como Brasil siempre un toque de reivindicación para los marginados. Silva rememoró sus luchas contra el racismo y la discriminación tras su gran triunfo. Thiago Braz da Silva fue otro de los nuevos héroes brasileños tras su oro en salto con pértiga (garrocha) con récord olímpico incluido. Su salto a la gloria, que enloqueció el 15 de agosto al estadio Engenhao, hizo olvidar derrotas dolorosas como la de las “chicas de oro” del voleibol, que no pudieron ganar su tercer oro consecutivo tras caer en cuartos de final del torneo con China.

Thiago Braz, como muchos otros atletas, se benefició de los programas de subvenciones del Gobierno, reivindicó hoy el ministro de Deporte.

El Gobierno de la suspendida presidenta Dilma Rouseff había creado ya en 2012 el ambicioso programa “Plano Brasil Medalhas”, dotado de 1.000 millones de reales (unos 300 millones de dólares), para intentar dar el salto al “top ten” del medallero en Río, alo que al final no se logró.

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