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BÍTÁCORA ESCOLAR

 

Myrna de Escobar

Es fácil criticar desde fuera la compleja crisis educativa en nuestro país donde irresponsablemente el primer señalado es el docente, quien, según la gente, no se prepara para las nuevas realidades. Aunque hay excepciones, no todos llegan a aprender ni todos llegan a enseñar.

Basta ver cómo muchas familias se desligan de su responsabilidad en casa y nos mandan el caos a la escuela. La impuntualidad, la rebeldía, el irrespeto, la violencia apuntan a su procedencia. Desafortunadamente en casa, la primera escuela, los padres no solo no corrigen ni disciplinan a sus hijos, sino que están ausentes y el trabajo del maestro se multiplica para tener la atención y el interés de los estudiantes. Impartir contenidos y formar a las nuevas generaciones no es tarea de cualquiera. El maestro es el formador de todas las profesiones que existen, lastimosamente, su trabajo no es el mejor remunerado ni el más reconocido.

A manera de ejemplo, citaré 4 experiencias como docente de escuela pública. Algunas tuvieron un final feliz y otras quedaron grabadas en mi memoria. Quisiera resaltar buenas memorias, pero son escasas, a pesar de mis 28 años en las aulas.

Carlos (nombre ficticio) llegó un día como todos, tarde, con la goma de mascar en la boca. Se acomodó en el asiento de atrás y empezó a manchar el pupitre con un plumón. Cuando le pedí que dejará de hacerlo, botará el chicle y se sentará correctamente, reaccionó de una manera violenta e inesperada, para mí. Arrojo un horrendo escupitajo en el pupitre con gran estruendo. Le pedí limpiar el pupitre, pero lo que hizo fue más asqueroso. Regó toda su secreción en la mesa mientras me retaba con la mirada. Quise salir del aula, reportar el incidente, sin embargo, una mano fría me detuvo.

__ Ni se le ocurra__ Advirtió.

___ Este maje es capaz de quebrársela. Dijo la más bonita de la clase.

En otra ocasión explicaba una tarea a la clase cuando un alumno interrumpió la clase son su comentario.

__ La veré en el infierno, ticher.

Mi primera reacción fue única. Tratar de procesar las palabras me hizo olvidar la tarea requerida. Cuando al fin tomé aire respondí: __ ¡Y el cielo nos pertenece!

Todos en el salón observaban atónitos. El alumno repitió las mismas palabras y añadió otra frase más.

___ Solo eso le digo. Nos vemos en el mismísimo infierno.

Su dedo me apuntaba mientras una risa macabra escapaba de su boca. Fue algo escalofriante, lo más impactante en mi trayectoria docente.

Esa tarde no bajé a tomar mi café. Su comentario me dejó perpleja.

Otra experiencia que paralizaría mi aliento sucedió durante uno de los recesos. Me dirigía hacia la zona de cuido cuando me abordó un alumno. Su mirada irritó la mí. Había un brillo extraño en sus ojos. Pensé que se había drogado antes de llegar a la escuela. Eso explicaba sus gafas oscuras cuando llegó a la escuela.

___ ¿qué pasó, ticher? En un instante sus manos toscas estaban sobre mis hombros.

Sostuve su mirada y me persigné en el pensamiento. Fue el más largo minuto de toda mi vida.

Me retaba y yo respondí con la misma pregunta: ___ ¿qué es lo que te pasa?

Quitó sus manos y se alejó. Se abrió un expediente de la situación y el alumno desapareció de la escuela por mucho tiempo.

En una clase de noveno los alumnos escucharían una canción para completar la letra. Llevé mi grabadora porque la de la escuela se había arruinado y no tendría equipo para el resto del año. Había adquirido una de marca Sony. A punto estaba de ponerla sobre el pupitre cuando el ruido de las uñas sobre la disquetera me hizo fruncir el ceño.

___ ¡Quité esa babosada! No puede ponerla en este pupitre. Es sitio sagrado.

¿por qué debía ser sagrado el pupitre si estábamos en la escuela? __cuestioné. A eso le agregué mi reclamo.

___ ¡Mira como dejaste mi grabadora! Está nueva.

El alumno hizo como si quisiera tumbar el pupitre y me mostró unos símbolos.  Perdí todo interés en la clase, suspiré profundo y me dirigí a otro salón a dar la misma clase al otro noveno. Esa tarde sentí como si estaba tratando de educar lo ineducable. A personas como ese alumno lo secundaban otros y no iba a cambiar nada.

¿Finalmente quien pierde al no prepararse para enfrentar los retos de la vida con actitud y valor?

Señalar al maestro sin responsabilizarse de las cosas que pasan por la cabeza de tantos jóvenes descuidados por sus padres, abandonados a su suerte en las calles sin la dirección adecuada es lo más ligero de hacer. Muchos padres ya tiraron la toalla y le dicen al maestro: “Vea usted que hace, yo ya no le digo nada, él anda en la calle todo el tiempo” A mí, no me respeta, ni me obedece. Es un macho sin rienda. Si usted puede hacer algo, hágalo. Yo no lo puedo castigar porque la Lepina me lo prohíbe. ___dicen y cuando se les notifica del mal comportamiento de sus representados, bien campantes responden: “No perdamos tiempo, maestra” ¿dónde le firmo? Añaden, otros.

 

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