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¿Armarse o desarmarse?

José M. Tojeira

Cuando hay una agresión violenta y armada, o el peligro de la misma, los estados tienden a armarse. En clima de violencia un buen número de políticos o creadores de opinión tienden también a promover el flujo de armas hacia manos particulares. En países como el nuestro, con bajo o escaso control de armas de fuego ligeras, negociar con ellas es una tentación para muchos. Sin embargo hay una relación bastante directa entre tenencia de armas en manos particulares y homicidios. La diferencia de abusos y crímenes entre Estados Unidos y otros países con un desarrollo económico fuerte pero que prohíben tenencia privada de armas, está íntimamente relacionada con la facilidad con que los particulares pueden adquirir armas en Norteamérica. La relación “a más armas en manos privadas, más homicidios en las calles” es una realidad prácticamente sin excepciones en el mundo en que vivimos. La abundancia de armas ligeras está además vinculada con frecuencia al crimen transnacional. Basta leer el “Protocolo contra la fabricación y el tráfico ilícitos de armas de fuego” de las Naciones Unidas para darse cuenta de ello. Pero entre nosotros, dada la facilidad que mantenemos para conseguir armas, no parece que nos hayamos dado cuenta de ello. Al final, tener una buena colección de armas en la casa no revela más que la baja categoría moral de su propietario. Porque coleccionar instrumentos de muerte y hondura ética son siempre dos realidades profundamente disímiles.

En El Salvador tenemos un número de homicidios exageradamente alta. En palabras de la Organización Panamericana de la Salud una verdadera epidemia de homicidios, que dura sin interrupción, aunque con algunos altibajos, desde hace más de medio siglo. Y según otros autores desde muchos años antes, aunque la medición de los homicidios anteriores a los años sesenta del siglo pasado no eran muy confiables ni continuados. Y al mismo tiempo nunca hemos intentado controlar adecuadamente ni disminuir la posesión de armas en manos privadas. Decimos que la PNC y el ejército tienen el monopolio de la fuerza, pero permitimos un flujo tan abundante de armas hacia manos privadas que contribuimos a que los homicidios se multipliquen a pesar de los esfuerzos policiales. Un arma, como una pistola o, mucho más, un fusil de asalto, solo ofrecen a su dueño una posibilidad: la de matar. Y como la posibilidad de matar es tan relativamente cercana, las armas se multiplican, se venden, se trafican y se convierten también en objeto de contrabando. Y acaban matando.

Aproximadamente entre el 75 y el 80% de los homicidios que se dan en El Salvador se producen con armas de fuego. Y mientras eso ocurre en la calle, incluso hay políticos que se dedican a regalar armas a los ciudadanos, supuestamente con el fin de defenderse y, por supuesto, sabiendo, porque es de cajón, que esa defensa causará también más muertos.

Ante esta realidad de abundancia de armas ligeras en manos privadas es bueno conocer el pensamiento de las Iglesias, que en general han sido las que han mantenido una línea pacifista más constante en nuestro país. La frase de Jesús en el Evangelio de Mateo, “vuelve la espada a su lugar, porque quienes matan con espada con espada morirán” es un punto de partida básico para los cristianos. Pero además, y en la actualidad, los católicos en particular tenemos una abundante doctrina en torno al tema de las armas en general y sus controles tanto internacionales como particulares, pidiendo siempre un “desarme general, equilibrado y controlado”. Sobre las armas ligeras el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia dice en su número 511 que “es necesario que se adopten las medidas apropiadas para el control de la producción, la venta, la importación y la exportación de armas ligeras e individuales que favorecen muchas manifestaciones de violencia”. Y da su razón: “La venta y el tráfico de estas armas constituyen una seria amenaza para la paz: son las que matan un mayor número de personas y las más usadas en los conflictos no internacionales”. Y para que quede más claro el asunto el Compendio añade: “Es indispensable y urgente que los Gobiernos adopten medidas apropiadas para controlar la producción, acumulación, venta y tráfico de estas armas con el fin de contrarrestar su creciente difusión”. En realidad todos sabemos que el mejor uso que se puede dar a un arma de fuego es no tener que usarla. Pero ello requiere una educación acompañada de un control de armas que lamentablemente no tenemos. Hasta los diputados pueden entrar armados en la Asamblea Legislativa, dando un ejemplo de matonería machista digno de toda condena.

El cultivo de la violencia, como el cultivo de las armas o de su tenencia, no lleva a nada bueno. Fortalecer la PNC, educarla para que respeten siempre y en todo momento los DDHH, sin olvidarlos nunca, dar mejores salarios a los agentes y policías de base es necesario y legítimo. Y da mucho mejor resultado que privatizar en la práctica la seguridad repartiendo armas a civiles. Pero las armas deben retirarse de las calles. Porque de lo contrario el famoso monopolio de la fuerza que debe estar en manos del Estado, no será monopolio sino una especie de mercadería sangrienta que continuará creando dolor y muerte en nuestro país. Con frecuencia se ha calculado el costo de la violencia, que es muy alto.

Reducir las armas drásticamente en la calle contribuirá al Producto Interno Bruto salvadoreño mucho más que lo que hacen las empresas de venta de armas ligeras.

Y por supuesto sería un paso mucho más firme hacia la paz social, hoy golpeada, entre otros, por los traficantes de armas y por su excesiva presencia en las calles.

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