Por: Concepción Burgos|Colaborador
Las elecciones regionales golpean al gobierno de Friedrich Merz y muestran una Alemania políticamente fragmentada. Mientras Die Linke consigue una victoria histórica en Berlín, AfD consolida una poderosa base electoral en el este del país.
Alemania cerró el domingo 20 de septiembre una jornada electoral que deja señales importantes no solamente para el futuro del país, sino para el conjunto de Europa.
Las elecciones en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental produjeron resultados aparentemente contradictorios. En la capital, Die Linke (La Izquierda) obtuvo el 25,7 % y se convirtió por primera vez en la fuerza más votada. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, AfD —Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania)— alcanzó el 38,2 % y ocupó el primer lugar.
Pero detrás de resultados tan diferentes aparece un fenómeno común: la erosión de los partidos que durante décadas estructuraron el centro político alemán y una creciente disputa por representar el descontento social.
DOS ELECCIONES, DOS EXPRESIONES DEL DESCONTENTO
Berlín produjo uno de los resultados más importantes para la izquierda alemana de los últimos años.
Die Linke pasó del 12,2 % obtenido en 2023 al 25,7 %, más que duplicando su votación. La CDU —Christlich Demokratische Union Deutschlands (Unión Demócrata Cristiana de Alemania)— cayó al 18,8 %, mientras AfD alcanzó el 16,3 %, Bündnis 90/Die Grünen (Alianza 90/Los Verdes) obtuvo el 14,3 % y el SPD —Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido Socialdemócrata de Alemania)— quedó reducido al 12,1 %.
El resultado tiene un significado histórico: por primera vez Die Linke gana una elección al parlamento berlinés y consigue su mejor resultado en la capital.
En Mecklemburgo-Pomerania Occidental ocurrió algo muy diferente. AfD obtuvo 38,2 % y 32 escaños, frente al 35,5 % y 29 diputados del SPD. Die Linke consiguió 6,5 % y Los Verdes 5,7 %. El dato probablemente más traumático para el establishment conservador fue el resultado de la CDU: 4,9 %, quedando fuera del parlamento regional al no superar el umbral electoral del 5 %. La CDU, uno de los pilares históricos de la República Federal Alemana, queda así por primera vez fuera de un parlamento regional.
BERLÍN: CUANDO EL CONFLICTO SOCIAL SE CONVIERTE EN POLÍTICA
La victoria de Die Linke tiene especial interés para la izquierda europea porque su campaña colocó en el centro un problema material concreto: la vivienda. Su candidata, Elif Eralp, convirtió el incremento de los alquileres, la especulación inmobiliaria y el acceso a una vivienda asequible en uno de los ejes fundamentales de la campaña.
Die Linke retomó además una discusión que Berlín arrastra desde hace años: la posibilidad de transferir a propiedad pública grandes paquetes de viviendas actualmente controlados por grandes empresas inmobiliarias. La propuesta tiene como antecedente el referéndum berlinés de 2021, cuando aproximadamente el 58 % votó a favor de una iniciativa para socializar las propiedades de grandes compañías inmobiliarias. Eralp ha anunciado que pretende avanzar en esa dirección, aunque su aplicación enfrenta obstáculos financieros, jurídicos y políticos.
La importancia política del resultado supera, por tanto, el porcentaje electoral. Berlín muestra que el descontento social no necesariamente tiene que desplazarse hacia la derecha. Cuando cuestiones como vivienda, alquileres, salarios o servicios públicos se convierten en conflictos políticos reconocibles, también pueden alimentar una alternativa electoral desde la izquierda.
EL OTRO ROSTRO DEL DESCONTENTO
Sin embargo, sería un error utilizar Berlín para minimizar lo ocurrido en el este alemán. AfD pasó en Mecklemburgo-Pomerania Occidental del 16,7 % en 2021 al 38,2 % en 2026. Más que duplicó su porcentaje electoral.
El resultado confirma que en partes importantes del este alemán AfD ha dejado de ser simplemente una fuerza de protesta para convertirse en un partido con una extensa base electoral. Su discurso articula diferentes fuentes de descontento: inmigración, inseguridad, rechazo a las élites políticas, oposición a determinadas políticas europeas y malestar económico y social.
La dimensión territorial también importa. Décadas después de la reunificación siguen existiendo diferencias económicas, demográficas y sociales entre partes del este y el oeste del país. AfD ha encontrado precisamente en numerosos territorios orientales uno de sus principales espacios de expansión.
Existe, sin embargo, una diferencia entre ganar elecciones y poder gobernar. Los demás partidos mantienen hasta ahora el llamado Brandmauer —literalmente “muro cortafuegos”— que excluye acuerdos de gobierno con AfD. Por ello, incluso obteniendo 38,2 %, no tiene asegurado el control del gobierno regional. El SPD podría conservarlo mediante una coalición con otras fuerzas.
La contradicción es evidente: el cordón político puede dificultar que AfD gobierne, pero hasta ahora no ha detenido su crecimiento electoral.
EL GRAN GOLPE LO RECIBE EL CENTRO TRADICIONAL
Los resultados también deben interpretarse en el contexto del gobierno federal encabezado por Friedrich Merz.
La CDU sufrió fuertes pérdidas en ambos territorios y su resultado en Mecklemburgo-Pomerania Occidental fue especialmente severo. El propio Merz reconoció que el resultado constituía un “desastre” para su partido.
El SPD tampoco puede sentirse cómodo. Aunque su 35,5 % en Mecklemburgo-Pomerania Occidental le permite conservar posibilidades de formar gobierno, en Berlín cayó hasta apenas 12,1 %.
Por eso existe un elemento que conecta ambos resultados: el debilitamiento de la antigua centralidad de la CDU y el SPD. Durante décadas estas dos grandes familias políticas —democristiana y socialdemócrata— organizaron buena parte de la estabilidad institucional alemana. Hoy tienen crecientes dificultades para contener electoralmente las contradicciones sociales.
¿QUÉ SIGNIFICA BERLÍN PARA LA IZQUIERDA?
La victoria de Die Linke abre posibilidades, pero también interrogantes. El partido nació en 2007 de la convergencia entre el PDS —Partei des Demokratischen Sozialismus (Partido del Socialismo Democrático), heredero de la izquierda de la antigua Alemania Oriental, y la WASG Arbeit & soziale Gerechtigkeit – Die Wahlalternative (Trabajo y Justicia Social – La Alternativa Electoral), surgida en buena medida como reacción a las reformas neoliberales impulsadas por gobiernos encabezados por el SPD.

Después de años de crisis, divisiones y pérdida de influencia, el resultado berlinés muestra una recuperación significativa. Pero Berlín posee características sociales y políticas particulares. El desafío consiste en comprobar si esa recuperación puede extenderse hacia sectores populares y trabajadores de otros territorios, especialmente allí donde AfD está convirtiendo el malestar social en una poderosa fuerza electoral.
Para una izquierda que aspire a disputar ese espacio, Berlín deja una cuestión relevante: la capacidad de transformar problemas cotidianos en conflictos políticos concretos. Vivienda, salarios, coste de vida, pensiones, servicios públicos y condiciones laborales pueden convertirse nuevamente en terreno de disputa política.
ALEMANIA COMO LABORATORIO EUROPEO
Los resultados tampoco deberían analizarse exclusivamente dentro de las fronteras alemanas. La principal economía de la Unión Europea enfrenta simultáneamente dificultades económicas, transformaciones industriales, presión sobre su Estado social, crisis habitacional, debates migratorios, incremento del gasto militar y profundas discusiones sobre el futuro del proyecto europeo.
Sobre esas contradicciones se reorganiza también su mapa político. Las elecciones del 20 de septiembre muestran dos formas diferentes de canalizar el descontento.
En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, AfD consiguió convertirlo en un resultado cercano al 40 %. En Berlín, Die Linke consiguió más que duplicar su apoyo colocando en primer plano la vivienda y el coste de vida. Mientras tanto, CDU y SPD pierden terreno.
Por eso quizá la principal conclusión de estas elecciones no sea simplemente que Alemania se mueve hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo que aparece es una Alemania más polarizada, donde el viejo centro político tiene crecientes dificultades para representar a amplios sectores de la sociedad.
Y detrás de esa crisis emerge una disputa que trasciende Alemania y atraviesa buena parte de Europa: ¿quién conseguirá transformar la inseguridad económica, el deterioro de las condiciones de vida y el desencanto con las instituciones en un proyecto político capaz de organizar a millones de personas?. Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental ofrecieron este domingo dos respuestas profundamente diferentes.
La disputa apenas comienza.
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