Por David Alfaro
06/01/2026
La imagen publicada hoy por el Departamento de Estado de EEUU, con Trump al centro y la frase “este es nuestro hemisferio”, no es inocente ni casual. Aparece justo después de una operación militar contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, y funciona más como advertencia que como mensaje diplomático. Es una declaración abierta de dominio.
La historia ya conoce ese lenguaje. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Hitler justificó la invasión de Polonia hablando de “espacio vital”, de territorios que le pertenecían por derecho histórico y por necesidad estratégica. No era solo retórica: era la antesala de la ocupación, la guerra y la devastación.
Hoy el discurso cambia de forma, pero no de fondo. Trump habla de seguridad nacional, de hemisferio propio, de amenazas externas. En esa lógica caben Venezuela, Groenlandia, el Ártico, y hasta el rebautizo simbólico del Golfo de México como Golfo de América. Nombrar es dominar. Señalar es reclamar. Militarizar es ocupar.
No se trata de democracia ni de libertad. Se trata de poder, de control de recursos, rutas y territorios. De definir qué espacio es “nuestro” y quién tiene derecho a decidir sobre él. Esa idea del hemisferio como propiedad recuerda demasiado a viejas doctrinas imperiales que siempre terminan igual: imponiéndose por la fuerza y sangre.
La imagen dice más de lo que parece. No es solo propaganda. Es una visión del mundo donde América Latina vuelve a ser patio, frontera o botín. Y cuando el poder habla en esos términos, la historia enseña que conviene escuchar con atención, porque después de las palabras suelen venir los hechos.
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