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𝗘𝗟 𝗥𝗘𝗡𝗗𝗘𝗥 𝗦𝗘 𝗩𝗘 𝗩𝗘𝗥𝗗𝗘. 𝗘𝗟 𝗗𝗘𝗖𝗥𝗘𝗧𝗢 𝗗𝗜𝗖𝗘 𝟭𝟲,𝟳𝟭𝟯 𝗠² 𝗗𝗘 𝗖𝗢𝗡𝗖𝗥𝗘𝗧𝗢

Luis Rivera

Hay algo interesante en toda la discusión sobre la construcción del nuevo CIFCO en la finca El Espino: el verdadero debate ya no está ocurriendo solamente sobre los árboles.

Está ocurriendo sobre el lenguaje.

Porque mientras los renders muestran un proyecto rodeado de vegetación y los discursos oficiales hablan de “desarrollo sostenible”, “70% de área verde” y “cooperación para el bienestar”, los decretos y las dimensiones reales del proyecto cuentan una historia mucho más compleja.

La Asamblea Legislativa aprobó en julio de 2025 la desafectación y transferencia de 55,711.13 metros cuadrados de terreno estatal a favor del nuevo CIFCO, dentro del marco del Convenio de Cooperación entre El Salvador y la República Popular China.

No se trata de un préstamo internacional.

Se trata de una transferencia territorial formalizada mediante decreto legislativo y publicada oficialmente en el Diario Oficial.

Y ahí aparece uno de los datos más importantes de toda esta discusión:

el famoso “solo 30%” del que habla la narrativa institucional equivale aproximadamente a 16,713.34 metros cuadrados de intervención directa.

Traducido a algo más fácil de visualizar: más de dos canchas profesionales de fútbol cubiertas por concreto, cimentación, accesos, drenajes, parqueos y urbanización.

Y quizá ahí comienza a entenderse por qué este tema ha provocado tanto debate.

Porque no estamos hablando de construir sobre un terreno vacío o desértico.

Estamos hablando de intervenir una zona históricamente vinculada a funciones ambientales y de recarga hídrica dentro del área metropolitana.

Por eso el debate no puede reducirse únicamente a: “quedará 70% verde”.

Porque jurídicamente y ambientalmente un área verde no equivale automáticamente a ecosistema preservado.

Una cosa es un bosque natural.

Otra muy distinta es vegetación ornamental integrada a infraestructura urbana.

Y quizás ahí es donde el lenguaje utilizado oficialmente merece analizarse con más cuidado.

La Embajada de China afirmó: “no se moverá ningún árbol más en la zona”.

Pero hay algo interesante en esa frase.

No dijeron: “no se talará ningún árbol”.

Dijeron: “no se moverá”.

Y además utilizaron la palabra: “más”.

Es decir, el propio lenguaje reconoce implícitamente que ya existió una intervención previa sobre el terreno.

Mientras tanto, las imágenes difundidas muestran maquinaria pesada, remoción vegetal y raíces expuestas dentro de la zona intervenida.

Porque en materia pública las palabras importan.

Y todavía más cuando acompañan actos estatales formalizados mediante decretos, transferencias patrimoniales y urbanización territorial.

Y quizá el elemento más simbólico de toda esta discusión sea recordar una antigua publicación del presidente Nayib Bukele, en la que escribió: “Solo cuando hayas talado el último árbol, envenenado el último río y pescado el último pez, te darás cuenta de que el dinero no se puede comer”.

Internet tiene memoria.

Y a veces las publicaciones del pasado terminan dialogando incómodamente con las decisiones del presente.

Porque al final los decretos pueden cambiar el uso del suelo.

Los renders pueden pintar el concreto de verde.

Y los discursos pueden suavizar las palabras.

Pero hay una pregunta que sigue ahí:

¿alguien ha calculado cuánta agua infiltran y cuánto oxígeno producen los 16,713.34 m² de territorio natural que serán reemplazados por concreto?

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