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Velorios de película

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

 

En este enero que finaliza, otra vez, don Marlon Chicas, el tecleño memorioso, hace gala de sus evocaciones, ahora con dos historias del más allá. Pongamos atención: “Como era costumbre en mi querido “Barrio El Calvario” de Santa Tecla el acontecimiento de la muerte era tomado con cierta naturalidad por sus habitantes. La noticia del deceso de un conocido corría como pólvora, y naturalmente, la ocasión era aprovechada por los que nunca faltaban: ebrios, desocupados y  gorrones.

Característico era que el fallecido fuera velado en la sala principal de su casa de habitación. En el caso de los mesones, se realizaba en el único cuarto, sacando al patio todas las desgracias (pertenencias) que se poseían. Al fondo del recinto, se extendía un velo morado, y un Cristo yacente, imponía respeto; unas cuantas flores blancas y dos cirios acompañaban el féretro del que ya había entregado el equipo.

Sillas plegables de madera, sostenían las amplias posaderas de las gordas vecinas, mientras afuera del cuarto, alegres invitados acompañaban a los dolientes, jugando cartas, bebiendo alcohol o café,  y entre cigarro y cigarro contando picantes chascarrillos. De esta manera, se ahuyentaba al terrible sueño.

En cierta ocasión, sucedieron dos hechos sacados de un cuento. El primero de los casos se suscitó en la vela de la madre de una vecina, quien al carecer de zapatos de vestir para la fallecida, decidió colocarle unos “tacos” viejos (zapatos para fútbol) que le habían regalado solidariamente. Dos ebrios consuetudinarios del sector, movidos por el bendito trago para la goma, incursionaron –sedientos- al velorio. De pronto uno de ellos, observando los zapatos del cadáver, entre falsos llantos, exclamó: “¡Tan bueno que era este mi chero, quien cómo él  para anotar los goles!”. Al escuchar esto,  la indignada doliente, le dijo: “¡Vayan al mie… hijos de p…, mi nana, nunca en su vida jugó fútbol! Acto seguido un par de fuertes escobazos terminaba con tan abusiva presencia.

En otro caso, una experiencia sobrenatural, ocurrió en el velatorio de un vecino que padecía de catalepsia. Transcurrido el tiempo prudencial del “algor mortis”, su familia decidió realizar las exequias, entre llantos y rezos. Sin embargo, a las diez de la noche, una niña comenzó a decirle a su progenitora: “¡Mamá el muerto se mueve!”, lo que causó curiosidad a este servidor. La madre reprendió a la niña diciéndole: “¡Callate que te van a oír los dolientes!”. Cuál no  sería la sorpresa de todos,  que minutos más tarde, el muerto se incorporó del féretro, provocando gritos de terror, y una estampida humana,  que se llevó de encuentro, perros, nicas y unas destartaladas sillas.

Lastimosamente la tradición de velar a nuestros seres queridos en casa, fue sustituida por la costumbre de hacerlo en funerarias, las cuales se han convertido en verdaderas minas de oro, cobrando hasta por el derecho de morirse o agendando el día en que uno deba de partir para ya no volver. ¡Cosas de la vida, queridos amigos!”.

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