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sábado , 21 abril 2018
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Un museo para Yara Maya
El doctor Ricardo Olmedo Baratta, influenciado por su “Pitita” —como le decía de cariño a la abuela—, está rescatando la danza “Moros y cristianos”.

Un museo para Yara Maya

Colaboración Secultura

En el corazón de la Ruta de Las Flores, donde los pipiles adoraban al lucero de la mañana y donde la historia de la serpiente emplumada —Quetzalcóatl— ronda aún la cordillera del Ilamatepec, allí, en Salcoatitán, se encuentra un espacio cultural en honor a Yara Maya, una salvadoreña que registró la música vernácula de El Salvador.

Yara Maya nació el 27 de febrero de 1890, en San Salvador, hija del doctor José Ángel Mendoza, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador, y de doña María García González de Mendoza, reconocida pianista.

Por mucho tiempo Yara ha estado en el olvido; sin embargo, las cinco letras que componen su verdadero nombre —María—, hacen que músicos, historiadores y profesionales de la investigación la admiren y “se quiten el sombrero”, como dice la expresión popular.

No es para menos, ella compuso 14 obras musicales y 25 estilizaciones folklóricas sobre temas autóctonos. Sus composiciones musicales han sido ejecutadas con éxito en América y Europa. Entre sus obras destacan: “Canto al Sol”, “Ofrenda de la elegida”, “Los tecomatillos”, “Nahualismo”, “El teocalli” (ballet), “La campana llora”, “Procesión hierática”, “Danza del incienso”, “El cancionero de la jarra verde” y “La yegüita”, así como su importante “Cuzcatlán típico”, ensayo sobre etnografía de El Salvador. Esta última, publicada recientemente en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, http://www.cervantesvirtual.com/.

Para conocer más sobre Yara Maya o María Mendoza de Baratta, hablamos con uno de sus nietos, el doctor Ricardo Olmedo Baratta, quien influenciado en su “Pitita” —como le decía de cariño a la abuela— está rescatando la danza “Moros y cristianos” y erigiendo un museo dedicado a esta gran mujer.

¿Qué significaba María para usted?

María fue una mujer entusiasta, amante de la música y de la espiritualidad de los pueblos indígenas. Desde muy pequeña comenzó el amor por la música, recibió clases de solfeo con el profesor Agustín Solórzano, hizo estudios en Guatemala, en el Colegio de Ursulinas, se inscribió en el Conservatorio Nacional de Música de El Salvador —era director el maestro Juan Aberle—, además fue alumna de la pianista María Zimmerman y del maestro Antonio Gianoli.

María Mendoza y Augusto César Baratta eran mis abuelos; María, nuestra “Pitita” como le decíamos de cariño, era una estudiosa del folcklor, de la música vernácula en especial, de las melodías en su aspecto rudimentario y del ingenio que sale de nuestras comunidades indígenas.

Ella siempre nos decía: “aprendamos a ver con ojos del espíritu, con nuestra belleza interna, para encontrar la belleza en las cosas humildes y desnudas, que por ingenuas son más bellas y por humildes conmueven”.

Mi abuela significó mucho para los Olmedo Baratta. Siempre la admiramos por ese trabajo extenuante y apasionado que hacía al recopilar, ordenar y escudriñar sobre la salvadoreñidad nuestra.

Era asombroso cómo convivía con las comunidades por semanas, disfrutar de ellos sin importar los insoportables viajes en carreta hacia el oriente y occidente del país, porque para esa época no había carreteras como las de ahora, en su mayoría eran calles polvorientas. Producto de ese amor a las comunidades indígenas se encuentra “Cuzcatlán típico, folklore, folkwisa y folkway”, un ensayo —de dos tomos— sobre la etnografía de El Salvador, producto de casi tres décadas en investigación.

Su abuelo era una figura importante, ¿cuál fue el gran aporte para el país y para María?

Mi abuelo, Augusto César Baratta del Vecchio, nació en 1887, en Carrara, Italia. Desde pequeño tuvo acercamiento a la producción de mármol, ya que su padre era administrador de una de las canteras.

Él estudió en la Academia de Bellas Artes y se formó en arquitectura, decoración y dibujo ornamental. Llega a El Salvador en 1913, por medio del presidente Manuel Enrique Araujo, quien le hiciera una oferta para construir proyectos escolares y restaurar la Escuela de Artes y Oficios —Escuela Normal de Maestros y antigua Casa Presidencial de San Jacinto—.

Para el 7 de junio de 1917 San Salvador sucumbió ante un fuerte terremoto. Lo sorprendente es que las construcciones que hizo no sufrieron daños y se ganó la fama de “buen constructor”; no era para menos, él construía con metal deployé, un material resistente, ligero y de vanguardia.

Algunas de las edificaciones de mi abuelo aún se encuentran esplendorosas y fuertes, como las iglesias El Calvario; Cristo Negro, de Juayúa; Fátima; San Juan Nonualco; San Antonio de Padua y la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

También, los centros escolares: Chinameca, Fabio Castillo, Vicente Acosta, Antonio Najarro, Doroteo Vasconcelos, Jorge Lardé, Juana López, Carlos Imendia, entre otros. Sin faltar los mausoleos, las capillas privadas y las residencias de familias prominentes. El gran aporte de mi abuelo a su amada María es que siempre dejó que ella hiciera lo que más le apasionaba, registrar la música de sus ancestros, aquellas melodías que nacen en el seno de las comunidades indígenas; también la acompañó a los lugares recónditos por más de 20 años y la apoyó con la obra “Cuzcatlán típico”, donde la mayoría de ilustraciones son de su autoría.

¿Por qué el amor a lo vernáculo?

Le gustaban las fiestas llenas de color, en especial cuando sonaba el tambor, el pito y el teponahuaste; se regocijaba en cada lugar que visitaba. Ella escuchaba, anotaba en su libreta con pentagramas y tomaba las fotografías.

Luego de la recolección de la información, la socializaba con los alcaldes y los líderes de las comunidades y hacía que le tocaran una vez más para validar la pieza y si faltaba algún detalle lo complementaba.

A ella no solo le interesaba la música, también todo lo que estaba envuelto en la pieza, como las costumbres, las leyendas y las historias.

Su amor por lo vernáculo nace en oriente, en la residencia de sus bisabuelos, quienes tenían como parte de la servidumbre a una lenca llama Yara Maya, quien se involucró sentimentalmente con uno de sus ascendientes. Producto de ese romance nació un varón, de donde procede su linaje indígena.

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