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Un maravilloso lugar: la biblioteca

Claraboya

UN MARAVILLOSO LUGAR: LA BIBLIOTECA

Por Álvaro Darío Lara

                         “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas”.

JORGE LUIS BORGES (La Biblioteca de Babel).

La biblioteca es casi tan antigua como la misma humanidad. No existe cultura en el planeta que no haya dejado registro de su paso por el tiempo. Desde los códigos grabados en piedra y tablas de arcilla; desde los papiros guardados celosamente, hasta los manuscritos medievales, la alquímica imprenta y luego, la era digital.

Bibliotecas en la Antigua Grecia, en Roma, en la Edad Media. Y con el aparecimiento industrial de la imprenta de Gutemberg, el libro se volvió más asequible, y las bibliotecas se nutrieron y diversificaron. Se potenciaron las ideas, voló el libre pensamiento.

En definitiva, el deseo de dejar constancia de nuestra visión del mundo, de nuestros conocimientos, experiencias, emociones y
sentimientos es antiquísimo. La biblioteca ha sido más que un espacio físico. Realmente ha cumplido un papel importantísimo en el resguardo de los saberes, en la investigación, en el progreso. Los tiempos actuales han modificado, y siguen modificando la biblioteca. No puede ser de otra manera. De los sistemas antiguos de fichaje y tarjetas, hemos transitado a la digitalización. Conocimiento
impreso cede en su difusión, al conocimiento por la vía electrónica. No importa ya el soporte, el acto de leer, de estudiar, de dejarse
sorprender por la realidad, a través de lo escrito, continúa siendo esencial e imprescindible para los seres humanos.

Sabemos que vivimos en una época, que nos aleja del libro físico, debido a la proliferación y sobreestima de la tecnología informática,
que no debe verse, como enemiga, sino como una herramienta más, en la ruta de acceso al conocimiento, pero que no invalida ni sustituye de forma absoluta al libro material, ni a la biblioteca convencional.

En todo este proceso la figura del bibliotecario es clave. Sobre sus hombros pesa la enorme responsabilidad de convertirse en el dinamizador de la lectura, no en un pasivo administrador del préstamo de libros.

La Biblioteca deberá ser un lugar no de aburrimiento, al cual nadie entra. Relegado, al final de un pasillo, donde apenas se sabe de su
existencia. Al contrario, ella deberá generar procesos que estimulen la lectura por placer, por investigación, por estudio. Deberá acompañar  al lector, orientarle, ayudarle a descubrir mundos inimaginables. Deberá también comprometerse con la extensión cultural, promoviendo conferencias, conversatorios, recitales, exposiciones, cine- fórums y todo lo posible.

Estamos conscientes de la escasa importancia, que nuestro medio salvadoreño, otorga a la función que la Biblioteca y los bibliotecarios desempeñan o desempeñarían, sobretodo, ahora, en la llamada “sociedad del conocimiento”. Muchos recursos materiales y reconocimientos laborales hacia la misión de la biblioteca y del bibliotecario, están en la larga lista de las esperas institucionales de todo tipo: gubernamentales y privadas.

En el caso de la institucionalidad educativa, municipal, cultural del país, existe una deuda en la formación, organización y    sistematización de las bibliotecas escolares y ciudadanas, con todo lo que ello implica. Sin embargo, frente a esto, sólo existen dos posiciones: la de sentarnos cómodamente a esperar que otros resuelvan por nosotros y la de empezar a actuar, con iniciativa y creatividad, en la transformación de esta realidad, a pesar de los obstáculos. Es más, tomándolos, no como impedimentos; sino, al contrario, como desafíos.

Hay que recordar el ensayo maravilloso de don Alberto Masferrer “La cultura por medio del libro” (Ensayos, Alberto Masferrer, Volumen 2, Biblioteca Básica Salvadoreña, CONCULTURA, El Salvador, 1996), quien hace una férrea incitativa a formar las bibliotecas
municipales en todo el territorio del país, proponiendo, además, los cien primeros títulos que debieran incorporarse,  privilegiadamente, en su acervo. Escuchemos a don Alberto: “¿Qué número de fieles quitaríamos al patio de gallos y al estanco, una
vez que en cada población del país hubiera una pequeña biblioteca, donde el pueblo encontrara lectura verdaderamente divertida? Un número muy grande, sin duda, pues el libro llega también a convertirse en vicio, y todo vicio es absorbente…”

Ojalá nuestras autoridades educativas, municipales y culturales, valoren con gran esperanza y entusiasmo, la función importantísima
que la biblioteca, como centro de irradiación cultural, puede generar en los centros escolares y municipios. Una biblioteca abierta a los
nuevos tiempos, dotada con la imprescindible informática, coexistiendo con nuestros estupendos amigos de prodigioso papel, deseosos de encontrar –siempre- la dorada semilla, del inquieto lector.

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