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Temporada de achichincles: una nueva velada electoral

Omar Salinas

Ingeniero en Energía y Analista en Política Pública

La política de El Salvador ha producido autócratas, caudillos, revolucionarios, demócratas, populistas y tecnócratas, pero ninguna de esas especies posee la extraordinaria capacidad de supervivencia del achichincle del poder. Gobiernos caen, partidos desaparecen, presidentes envejecen y antiguas revoluciones terminan convertidas en recuerdos; el achichincle, en cambio, permanece.

Ahora que El Salvador se acerca nuevamente a una contienda electoral en 2027, el telón empieza a levantarse y, como ocurre con ciertas plagas de temporada, los achichincles empiezan a aparecer por todas partes. Unos salen de largos silencios, otros desempolvan viejas amistades, algunos descubren repentinamente una irresistible vocación por la política nacional y no faltan quienes merodean alrededor de candidatos y posibles ganadores con ese extraordinario instinto para detectar dónde podría instalarse próximamente el poder. La adulación empieza a cotizar al alza.

Conviene reconocerles el mérito, porque sobrevivir políticamente durante décadas exige habilidades especiales. El achichincle sabe cuándo hablar, cuándo callar, cuándo indignarse y, sobre todo, cuándo cambiar de opinión sin que parezca que ha cambiado de opinión. Esta vieja especie incluso se ha modernizado, antes habitaba ministerios, pasillos gubernamentales y recepciones oficiales; ahora también tiene redes sociales, micrófono, cámara y programa de opinión. Algunos hasta colocan libros detrás de ellos para darle profundidad intelectual al escenario. El achichincle no desapareció: simplemente aprendió a usar algoritmos.

Pero no debemos confundirnos, el verdadero talento del achichincle no consiste en pensar, consiste en detectar hacia dónde sopla el poder antes que los demás. Si una candidatura crece, aparecerán personajes asegurando que siempre vieron en ella enormes cualidades; si pierde fuerza, desaparecerán discretamente de las fotografías, y si otro candidato despega, descubrirán, después de una profunda reflexión, enormes coincidencias con aquel proyecto.

Esa flexibilidad debería estudiarse. Mientras algunos pierden años construyendo convicciones, el achichincle ha comprendido que las convicciones demasiado rígidas dificultan considerablemente la movilidad política. Por eso nunca está completamente equivocado: si la economía mejora, fue gracias al gobierno; si empeora, existen factores externos; si aparece reconocimiento internacional, demuestra el extraordinario prestigio del gobernante, y si llegan críticas desde afuera, son ataques contra la soberanía nacional. El achichincle siempre encuentra una explicación; lo único que jamás encuentra es responsabilidad en el poder que acompaña.

Si alguien advierte un peligro, inmediatamente preguntarán quién financia al denunciante, porque ese es quizás el servicio más importante que presta el achichincle: transformar cualquier crítica al gobernante en una sospecha sobre quien critica. Basta con desacreditar al mensajero.

Por supuesto, todo gobierno necesita personas capaces de explicar seriamente sus decisiones, pero eso requiere conocimiento, independencia y, ocasionalmente, la incómoda obligación de decirle al poder que está equivocado. El achichincle resolvió ese problema hace mucho tiempo: el poder nunca está equivocado; solamente está siendo incomprendido.

Tampoco debemos cometer la injusticia de asociar al achichincle con una determinada ideología, sería científicamente incorrecto. El achichincle salvadoreño puede ser de izquierda por la mañana, centrista después del almuerzo y conservador antes de la cena si las circunstancias electorales así lo requieren. Su verdadera ideología no aparece en ningún manual de ciencia política: su ideología es la proximidad al poder.

Por eso posee un extraordinario sentido del tiempo, sabe cuándo un gobernante está ascendiendo y conviene acercarse, cuándo todavía resulta rentable defenderlo y posee un misterioso radar para descubrir el momento exacto en que el gobernante comienza a caer en desgracia y conviene tomar distancia. En tiempos electorales ese radar funciona todavía mejor: primero se acerca, después halaga, más tarde se fotografía y, si las encuestas cambian, misteriosamente también cambia el ángulo de la fotografía.

Entonces ocurre la metamorfosis. Quien ayer justificaba cada decisión empieza a recordar que siempre tuvo algunas diferencias, quien atacaba a los críticos descubre repentinamente el valor de la independencia y quien ocupaba orgullosamente la primera fila comienza a explicar que nunca perteneció al círculo cercano. Después llega otra elección y allí estará nuevamente, como si nada hubiera ocurrido, con nuevas palabras, nuevas fotografías, nuevas amistades, nuevos candidatos y, probablemente, nuevas convicciones.

Por eso quizá hemos sido demasiado severos con ellos. Los presidentes pasan, los partidos se desgastan y las candidaturas desaparecen, pero ahora que El Salvador camina hacia las urnas de 2027 podremos observar cómo esta extraordinaria especie vuelve a reproducirse alrededor del poder. Los achichincles, en cambio, son patrimonio permanente de nuestra cultura política.

A los innumerables achichincles de nuestra política, vaya este saludo: se abre el telón electoral y queda inaugurada, una vez más, su temporada.

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