Por: Luis Rafael Moreira Flores
El escenario político salvadoreño transita por uno de sus momentos más grises y complejos. Con las reglas democráticas debilitadas y un contexto institucional sumamente adverso, la oposición se debate entre el repliegue estratégico y la participación bajo condiciones profundamente desiguales. Es en este panorama donde las elecciones internas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), programadas para el próximo domingo 26 de julio, adquieren una relevancia que trasciende las fronteras del propio partido. El centro de las miradas se ha volcado hacia el Dr. Rafael Aguirre, quien este domingo 12 de julio expuso su visión ante la opinión pública y la militancia, marcando el inicio de un desafío político de grandes proporciones.
La postulación del Dr. Aguirre no es un hecho fortuito ni el resultado de un dedazo burocrático. Su legitimidad proviene de la sociedad civil organizada, un mérito labrado a lo largo de un año de movilización continua desde la Coordinación Nacional por la Defensa de la Salud del Pueblo Salvadoreño (CONADESA). Como referente del Sindicato de Médicos Trabajadores del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (SIMETRISSS) y del Colegio Médico, Aguirre encarna la resistencia sectorial. Ha denunciado con firmeza los abusos en el sistema de salud pública y el consecuente deterioro de los derechos laborales, un activismo que le ha costado enfrentar la persecución política del aparato estatal.
Sin embargo, el salto del activismo gremial a la arena electoral no está exento de contradicciones y debates profundos dentro del movimiento popular. CONADESA ha mantenido alianzas coyunturales con organizaciones aglutinadoras en las calles, como el Bloque de Resistencia y Rebeldía Popular (BRP) y el Movimiento para la Defensa de los Derechos de la Clase Trabajadora (MDCT). No obstante, ambas plataformas han fijado una postura tajante: distanciarse del proceso electoral por considerar que el Estado se encuentra secuestrado, que las reglas del juego son inexistentes y diseñadas exclusivamente para garantizar la continuidad del régimen, operando además bajo un marco de clara inconstitucionalidad.
Para estos movimientos de base, participar significa validar un terreno trampeado. Decidieron, legítimamente, asumir el rol de espectadores electorales y continuar su labor como activistas populares en las calles. En respuesta a este vacío táctico, la actual coyuntura propició el nacimiento de una nueva organización de respaldo: el Movimiento Poder Ciudadano (MPC). Este surgimiento ha levantado suspicacias. El uso de estas siglas específicas genera ruido y suspicacia debido a las coincidencias con líneas políticas internas. Es evidente que el MPC opera como una herramienta puramente electoral y coyuntural, pues carece de historial en las batallas sociales y en la lucha de calle de los últimos años.
A este complejo panorama de apoyos se suma la elección por la candidatura a la vicepresidencia. Recientemente, se anunció en conferencia de prensa el respaldo del partido a un miembro de la diáspora para ocupar este puesto. En contraposición, las organizaciones que han acompañado al Dr. Aguirre desde las bases defienden otra propuesta nacida genuinamente de las luchas sociales recientes. Aunque por prudencia y para evitar zozobras innecesarias conviene no ventilar nombres propios en este momento, este será un tema latente de los próximos días.
El propio Dr. Aguirre ha manejado la situación con madurez política, aclarando que cualquier aspirante a la vicepresidencia deberá someterse al escrutinio de la militancia en las internas del 26 de julio, donde pueden coexistir distintas opciones. Ante esta disyuntiva, el camino más sano y coherente sería la emergencia de una tercera vía: una mujer joven y ciudadana que no solo refresque la fórmula, sino que haga honor a los estatutos del partido en materia de igualdad de género, otorgando una potestad equitativa e indispensable a la mujer en la toma de decisiones.
Aceptar una candidatura presidencial bajo las condiciones actuales de El Salvador requiere una dosis inmensa de valentía. El Dr. Aguirre ha demostrado tenerla. Pero la valentía sin estrategia es insuficiente. El principal reto del candidato de cara a las internas y al futuro inmediato radica en su capacidad para unificar a los sectores que anhelan un cambio real o que, al menos, buscan mantener viva la esperanza de un movimiento alternativo que crezca de forma gradual.
Para lograrlo, Aguirre debe mantener una firmeza inquebrantable al caminar junto al pueblo y, sobre todo, aprender a escuchar el rumor de la calle por encima de las estructuras tradicionales que suelen hablar al oído de los candidatos para moldearlos a sus intereses particulares. En política, la matemática es simple: se necesita sumar hacia dentro y multiplicar hacia fuera. Esto implica poner límites claros a quienes restan debido a su desgaste histórico y enfrentar con decisión a aquellos que pretenden dividir el esfuerzo, tanto dentro como fuera de las fronteras partidarias.
Mientras las organizaciones aglutinadoras han optado por la resistencia social desde fuera de las urnas, el Dr. Aguirre ha tomado el testigo de la contienda electoral. Este reto lo obliga a mantener una “constancia de lucha” y una coherencia de las cuales los candidatos del pasado han carecido flagrantemente. Su éxito no se medirá únicamente en votos inmediatos, sino en su capacidad para sembrar la semilla de una oposición orgánica en el futuro y conectada con las necesidades de cada sector.
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