Por Julio Enrique Ávila
Estoy frente a la vida,
espectador silencioso
que mira correr el río
sin atreverse a hundir
las manos en el agua.
El viento que agita la onda
y hace flotar en ella
las hojas marchitas
como naves sin timón,
me ha matado un ensueño:
¡Yo creía que el agua quieta
era un cristal…..
y ahora veo que es un mar…!
Así pensé de la vida.
La vi fácil, humilde y leve
como una nube,
con cielo arriba y cielo abajo,
y en medio el tiempo
que pisaba despacio…
Pero le basta, como a la onda,
un halito de viento
para alzarse en tempestades;
porque la vida
-Ah, la vida!-
igual que el quieto río,
es un mar en potencia.
Un mar,
con su oleaje que destruye,
con su sal que amarga,
con su yodo que quema,
con su inquietud irremediable…..
Y comprendí que tan frágil
como la transparencia de la onda
es la dicha del hombre…..
¡que sobra un soplo de brisa
para convertirla en mar!
Y ahora,
estoy frente a la vida,
espectador silencioso
que mira correr el río
sin atreverse a hundir
las manos en el agua.
Ahora, que ya lo supe,
¿quién me traerá nuevamente
la alegría simple,
para gozarla – aun para destrozarla-
con el deleite ingenuo
del niño con su primer juguete?
¿Quién me traerá nuevamente
la alegría simple,
la alegría confiada,
ahora que ya lo sé?…..
Yo creí que el agua quieta
era un cristal…..
y ahora veo que es un mar!
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