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Resiliencia con raíces profundas

Por Zoraya Urbina*

Se dice que cuando la noche está más oscura es cuando más pronto está por amanecer, y esta metáfora es usada principalmente cuando las personas pasamos por momentos difíciles y no encontramos salida. Pareciera mentira, pero en muchas ocasiones es cierto que, cuando más ahogados estamos, es porque estamos más prontos a encontrar una respuesta; o cuando hemos tocado fondo, pensando que ya no podemos seguir bajando, es cuando tomamos impulso y vamos hacia arriba.

Últimamente en redes sociales se habla mucho de “la noche oscura del alma” para referirse a cuando llegamos a momentos en los que estamos casi al límite de nuestras fuerzas y creemos que no podemos salir. Este concepto no es tan nuevo en realidad, porque esta noche oscura del alma fue referida por primera vez por San Juan de la Cruz, un monje carmelita que hacía referencia a esas etapas en las que parece que Dios no está presente; es decir, momentos en los que no se encuentran respuestas sino solo dolor, desolación, tristeza, depresión, un sinsentido, falta de respuestas o un sinsabor de las cosas.

Tener que enfrentarnos con los dolores, con los desasosiegos y con la tristeza que la vida misma significa es algo que le corresponde, en algún momento, a cada ser humano. El problema ocurre cuando nos quedamos estacionados en esos estados que nos producen malestar y no buscamos evolucionar para encontrar el cambio que debería venir tras un estado de desdicha. El budismo lo expresa bien cuando habla del “camino medio”, que dice que lo que nos hace sufrir es el apego; es decir, la alegría es parte de la vida, pero cuando nos apegamos a ella sufrimos porque es impermanente.

Al igual que el dolor, que también es parte de la condición humana, pero llegamos al sufrimiento porque nos apegamos a él. Decía Anthony de Mello, sacerdote jesuita de origen indio, que la causa del sufrimiento era el corazón del hombre que estaba lleno de deseos y de miedos que venían desde la mente programada, y que la felicidad no podía depender de las circunstancias; enfatizaba que era nuestra reacción ante las cosas que nos ocurrían lo que nos hacía sufrir.

Posiblemente todos estos sinsentidos, lo que nos ata y lo que no nos deja avanzar, se deban a que creemos que somos víctimas de las circunstancias. Viktor Frankl, un psiquiatra y neurólogo de origen austríaco, que estuvo en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, decía que era inevitable el sufrimiento, pero que las personas tenemos la capacidad de elegir la actitud que vamos a tomar frente a las cosas que nos duelen y frente a la adversidad. Es aquí cuando el dolor encuentra un propósito y muestra la agencia que tienen las personas para poder superar las dificultades.

Es decir, no todo tiene que ser visto como algo que no puede ser resuelto. De hecho, hay una teoría que nos habla de la agencia que cada ser humano tiene y de las herramientas que puede utilizar frente a las adversidades: la teoría del Capital Psicológico, propuesta por el investigador Fred Luthans junto con otros colegas. Esta dice que el capital psicológico es el estado de desarrollo en que un individuo puede entrenarse, desarrollarse y gestionarse a través de estas herramientas para mejorar su bienestar y su desempeño. Esta teoría se compone de cuatro pilares, en inglés conocida por el acrónimo HERO, que básicamente son: Esperanza, Autoeficacia, Resiliencia y Optimismo. Lo que propone es que el capital psicológico es un recurso que nos da una especie de caja o mochila con herramientas para que podamos hacer frente a cualquier situación difícil, para poder sobrellevar el estrés, aumentar la motivación y hacer uso de la resiliencia ante estados o situaciones que no son favorables.

Abrir esa mochila no significa negar el dolor de la noche oscura, sino recordar que llevamos dentro el equipo necesario para transitarla. La esperanza nos recuerda hacia dónde vamos, la autoeficacia nos devuelve la confianza en nuestras capacidades, el optimismo nos ayuda a ver las oportunidades ocultas y la resiliencia nos permite sostenernos en pie mientras todo pasa. Al final, la desdicha solo nos secuestra si nos quedamos estacionados en ella. La próxima vez que sintamos que la oscuridad arrecia, revisemos nuestro capital interno: las herramientas están ahí, la agencia es nuestra y el amanecer, aunque no lo veamos aún, siempre llega.

Contar con este capital psicológico es comprender que no somos víctimas pasivas de la tempestad, sino navegantes con brújula propia. Cuando dejamos de apegarnos al sufrimiento y asumimos la responsabilidad de nuestra actitud, la noche empieza a perder su fuerza. No se trata de esperar a que la vida deje de ser difícil, sino de entrenar el espíritu para mantener la calma en medio de la tormenta. Porque la noche puede ser profunda y el desierto desolador, pero si echamos mano de la esperanza y la resiliencia que residen en nuestro interior, descubriremos que el amanecer no es algo que simplemente ocurre afuera, sino una luz que elegimos encender desde adentro.

*Puedes encontrar material de la autora sobre mujeres, resiliencia y bienestar en: https://www.youtube.com/@ZorayaUrbina

 

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