Para comprender la magnitud de la conmemoración es crucial remontarse a finales de 1989. La guerra civil salvadoreña había forzado a miles de campesinos a huir de las zonas de conflicto en Morazán. Su refugio se encontró en el campamento de Colomoncagua, Honduras, donde vivieron bajo condiciones de hacinamiento y riesgo, pero donde también desarrollaron un profundo sentido de organización comunitaria.
Luis Rafael Moreira Flores
Colaborador
En el corazón de Morazán, la Comunidad El Quebracho (uno de los cinco asentamientos que conforman la emblemática Ciudad Segundo Montes, en Meanguera) se vistió de historia y futuro para conmemorar la épica repoblación que transformó el destino de miles de salvadoreños hace 36 años.
Entre el 17 y el 18 de noviembre de 2025, tras una semana de actividades previas, la comunidad reafirmó que el recuerdo de su regreso desde los campamentos de refugiados en Honduras no es solo un acto de nostalgia, sino una herramienta viva para la conciencia y el empoderamiento.
La conmemoración, que congregó a diversas generaciones, demostró la fuerza inquebrantable de un proyecto nacido de la guerra, pero forjado en la solidaridad y la autogestión.
Arte, cultura y el desafío de la Memoria Histórica Colectiva
La vitalidad de la conmemoración se concentró en la Casa Cultural del Quebracho – YAKTA, escenario de la primera reunión de organizaciones y colectivos de artes y culturas. Bajo los ejes temáticos de “memoria histórica colectiva,” “cultura viva comunitaria” y “arte popular,” la jornada reunió a una constelación de talentos: cantantes, teatreros, poetas y gestores culturales del Quebracho, con el acompañamiento de representantes de Usulután, Sonsonate, Cuscatlán y San Salvador, miembros de la ASITAC (Asociación Sindical de Trabajadores de las Artes y las Culturas).
El debate fue profundo y autocrítico. Los participantes señalaron una debilidad crucial: la falta de una coordinación fluida y robusta entre los representantes de las artes y las culturas. Esta descoordinación, se concluyó, dificulta el desarrollo de actividades conjuntas esenciales para el rescate y el mantenimiento de la memoria del repoblamiento.

Sin embargo, el encuentro fue un motor de compromiso. Uno de los acuerdos más significativos fue la decisión de impulsar acciones directas en pro de la memoria histórica colectiva y el empoderamiento de las diferentes generaciones a través del arte. La presencia de gestores culturales de otras partes del país, unidos por la idea de construir métodos de coordinación alternativa, reforzó la trascendencia de su reunión.
De esta reflexión, y del anhelo de que su historia sea un faro nacional, surgió el eslogan que encapsula la visión de la comunidad: “La Segundo Montes no es geográfica, es una idea de comunidad”. Esta frase resuena como un manifiesto, indicando que el trabajo de preservación de la identidad y la construcción de un futuro justo requiere la participación no solo de las comunidades geográficamente establecidas en Meanguera, sino de toda la sociedad salvadoreña, adoptando la idea de la Ciudad Segundo Montes como una identidad nacional de resiliencia y esperanza.
La caminata de recordación de la Épica del Regreso
El punto culminante de las actividades fue la sentida caminata de recordación que emuló la llegada de los repobladores a El Quebracho. En esta emotiva actividad participaron alrededor de 50 personas, destacando especialmente la presencia de mujeres de la tercera edad que, hace 36 años, lideraron y sobrevivieron la odisea del retorno.
Ellas revivieron, paso a paso, las «estaciones» de su memoria: la firme decisión de dejar el refugio, la tensión en la frontera de Honduras, los temidos retenes de los soldados hondureños, la alegría del recibimiento musical que les dieron a su llegada, y el inicio de su nueva vida en las pequeñas «champas de lona» en un territorio desolado por el conflicto armado.
La caminata fue una obra de teatro al aire libre, un acto de pedagogía histórica que involucró a toda la comunidad. La recreación de cada punto fue retomada por grupos locales, con la música del grupo Los Torogoces y la dramatización vívida del Teatro JAQ, garantizando que la memoria no se lea en un libro, sino que se sienta en el cuerpo y el espíritu.
En cada paso se mantuvo presente la figura tutelar del Padre Segundo Montes S.J., cuya vinculación y apoyo inquebrantable fue fundamental en la decisión de repoblar. Con esta profunda actividad, El Quebracho cerró su jornada con el compromiso de mantener este legado vivo.
El fundamento histórico, la Ciudad Segundo Montes y el Jesuita Mártir
Para comprender la magnitud de la conmemoración, es crucial remontarse a finales de 1989. La guerra civil salvadoreña había forzado a miles de campesinos a huir de las zonas de conflicto en Morazán. Su refugio se encontró en el campamento de Colomoncagua, Honduras, donde vivieron bajo condiciones de hacinamiento y riesgo, pero donde también desarrollaron un profundo sentido de organización comunitaria.
El retorno no fue casual ni fácil. Fue un proceso organizado y decidido. En noviembre de 1989, mientras el grupo precursor del retorno a Meanguera preparaba el éxodo final, un crimen atroz sacudió a El Salvador y al mundo: el asesinato del Padre Segundo Montes y cinco de sus compañeros jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA). Montes, sociólogo y académico, había dedicado gran parte de su vida a estudiar la situación de los desplazados y refugiados, abogando incansablemente por su derecho a volver a su tierra.

El regreso masivo de los refugiados de Colomoncagua, que se concretó a principios de 1990, se convirtió en un acto de resistencia y un homenaje póstumo. La comunidad decidió nombrar su nuevo asentamiento como «Ciudad Segundo Montes» en honor al jesuita mártir, transformando el dolor de su pérdida en la semilla de un nuevo proyecto social.
Esta comunidad no nació de la asistencia pasiva; surgió del «desarrollo autogestivo.» Los repobladores, con gran visión, pasaron de ser una «población asistida» a una «Comunidad responsable de su propia subsistencia y organización». En los primeros años, pusieron en común sus pocos recursos y establecieron los pilares de su sociedad: organizando servicios de educación (dando vida al Instituto Tecnológico Padre Segundo Montes), salud (con el apoyo de organizaciones internacionales), producción y tenencia de la tierra. La Ciudad Segundo Montes, conformada por los asentamientos de Hatos I y II, San Luis, El Barrial y El Quebracho, se convirtió en un laboratorio social y un símbolo de resiliencia.
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