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MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA  (*)

CLARABOYA

Álvaro Darío Lara

Han pasado las vacaciones de Semana Santa, con sus días calurosos, soleados, con su modorra de tardes vacías, donde el sonido de las cigarras, la cohetería, y el sonar de las campanas de algunas iglesias me mantuvieron al tanto de las procesiones de vírgenes, santos y nazarenos, que recorrieron esta ciudad en donde habito felizmente.

Y fue en una de esas tardes, que volví a la relectura de la breve muestra antológica del poeta Otoniel Guevara (1967) titulada “Luzbéllica”, lanzada por el Proyecto Editorial “La Chifurnia” en 2014, en la colección Pohemas, y con una bella portada del artista salvadoreño Óscar Soles.

El libro lo constituye una apretada selección de poemas de su autor, escritos entre 1984 y 2019, a lo largo de ocho apartados o viñetas.

La primera vez que leí el texto, recién aparecido, me conmovió, profundamente, por los dolorosos hechos referidos; por la familiaridad que me une a los sujetos-poéticos, que Otoniel perenniza mediante el poder de la palabra; y, finalmente, por el sentido trascendental que tienen más allá del presente inmediato, las gestas de los pueblos en la legítima lucha por sus libertades.

Este breve libro está dedicado, especialmente, a la memoria del dirigente estudiantil Ricardo Ernesto Funes; y de los jóvenes poetas Amílcar Colocho (1965-1990), Arquímides Cruz (1964-1989) y Leyla Patricia Quintana (1970-1991), víctimas todos de la barbarie irracional propia de la guerra.

Leyendo los versos del poeta Guevara, he recordado la ocasión cuando nos conocimos y la primera impresión que guardo de aquel momento. Fue en noviembre de 1985, con motivo de la premiación de los Octavos Juegos Florales Salvadoreños, en  Zacatecoluca, departamento de La Paz.

Estos Juegos Florales eran de gran tradición y respeto en el medio literario nacional, los auspiciaba la Casa de la Cultura de  Zacatecoluca, cuyo gran motor era su Comité de Apoyo, y su director, el profesor y poeta Roberto Monterrosa (1945), quien a pesar, de la situación imperante por aquellos años, no cesó nunca de organizarlos y promoverlos.

En esa premiación, me encontré con Otoniel Guevara por primera vez. Ya antes había leído en el Suplemento Cinco Negritos del vespertino Diario El Mundo, uno de sus primeros poemas, titulado “Malos tiempos”, que me había interesado, por su evidente calidad a nivel del lenguaje poético, y por su particular autenticidad estilística.

A partir de ese encuentro, y con la invitación de Otoniel a las reuniones de jóvenes literatos que ya se habían iniciado en la Universidad de El Salvador, comencé a darme cita, en lo que se fue constituyendo como el futuro Taller Literario Xibalbá, que reunió a un conjunto significativo de muchachos inquietos por las letras a partir de la primera mitad de esa década convulsa de 1980.

Dentro de los numerosos premios que el poeta obtuvo en sus inicios, traigo a la memoria el que ganó con su libro “El solar”, en 1985, esto en el Certamen Juventud Literaria.

Cuando tiempo después se publicó, en una edición mimeografiada, con un dibujo de Camilo Fonseca en la portada, recuerdo que Otoniel, me solicitó un comentario, que apareció al dorso de la plaquette.

Escribí unas líneas, de las que cito un fragmento: “Hay un rasgo que no pone en duda la vocación poética del autor, y es su especial intuición. Todo poeta auténtico la posee, y Otoniel no es la excepción. Sin embargo, pensamos que a esta condición natural debe agregársele la disciplina y el estudio”.

Esto he evocado ahora, 41 años después, al acceder nuevamente a su poesía de aquellos años que nos fueron cercando con su gran luz de esperanza y con su inevitable pólvora.

Esa condición que reconocí desde el primero momento en Otoniel Guevara, su fortísima e indiscutible vocación poética. Un poeta nato, que debía, en mi opinión de aquel tiempo, leer mucho y cuidar mucho su palabra, pero que propendía de una manera tan genuina y maravillosa a la creación del lenguaje poético, sin tener abundantes lecturas ni formación, me sorprendió increíblemente. En él la poesía se daba, fluía pura, a borbotones.

“Luzbéllica” es un tomo de apenas un centenar de páginas; atiborrado por momentos, de notas explicativas, de largas dedicatorias, de citas, de marcos contextuales, de fotografías, como si el autor temiera que el desnudo poema no fuera capaz de “informarnos” plenamente del ambiente y razón de su gestación. Otoniel pretende que los datos no se escapen, que no se pierdan, que quede lo más consignado posible la historia de los 400 muchachos que una vez quisieron dar muerte a Zipacná. Es un libro sentido, dolido, por los hermanos y hermanas que derramaron su sangre en esa gesta.

El poeta se asume simbólicamente, y hay que revisar el título del volumen, como un Prometeo, que enarbola la luz libertadora, que se abre paso, en actitud de ofensiva, de combate contra la maldad de las tinieblas. El poeta como un ángel caído, como un desterrado, que busca ansiosamente restaurar, reconfigurar, el paraíso perdido, la sociedad primigenia, justa, igualitaria.

Pero este Prometeo, y el resto de Prometeos, que surcan las páginas del libro, nunca fueron guerreros de pura cepa, ni quisieron serlo, además; fueron obligados, por sus imperativos éticos, por su horizonte utópico, por su vocación poética, y contra eso no hubo nada que los detuviera.

Recuerdo con pesar, que mi análisis político de aquellos días, insistía que el triunfo militar de la llamada revolución era muy poco probable; y que, con seguridad, el conflicto se extendería más tiempo, destruyendo al país y cegando muchas vidas; y que, finalmente, la solución negociada era la salida posible. Esto venía vislumbrándose tempranamente, desde 1981, tras el fracaso de la llamada “ofensiva final”.

Y en lo que respecta a los poetas jóvenes, como milicianos guerrilleros, siempre creí, que nuestro aporte más decisivo iba en dirección a nuestra formación profesional y a nuestra obra; que guerrilleros eran muchos, pero poetas pocos. Creí que el sacrificio era demasiado alto, para quienes tenían un lugar en las letras y la cultura, y no en las anónimas montañas. Sin embargo, muchos pensaban, y sentían diferente. Y también era lógico y legítimo que así fuera.

“Luzbéllica” da cuenta de una particular visión de la historia, de la guerra vivida. La visión es indiscutiblemente poética. Son los poetas metidos a guerrilleros. Los poetas cuyo más auténtico espacio, no estuvo ni en la guerra, ni en la familia, ni en los trabajos remunerados, ni en ninguna parte, sólo en la palabra, en ese mundo intraducible, a no ser por el lenguaje poético, por la poesía.

Por ello, el poeta es capaz de decirnos: “Sin embargo/voy sereno/sobre el blues ultraterrestre de esta solitaria vereda/ acompañado/ por un díscolo coro de ángeles desterrados/ dibujando en la tarde versos que son consignas/ y sacudiendo el polen de las flores insomnes”. (Fragmento del poema: “Lo que haré para hallarte”).

En uno sus más hermosos poemas amorosos, eróticos, el poeta une la tradición universal del arte con el trópico literario de El Salvador, así canta en estas diáfanas imágenes: “La camiseta blanca y la cascada/ han develado los misterios de tu cuerpo/ Botticelli te peina con sus oros/ El Amate te adorna con sus hojas/Salarrué te observa desde unas cáscaras de cielo”. (Fragmento del poema: “Eva se baña”).

En realidad, como siempre, en este libro de Otoniel Guevara, el tema fundamental no es la guerra, sino la fuerza todopoderosa del amor, capaz de hacernos ver la guerra maldita, como un acto de amor donde tantos y tantos donaron su palpitante corazón a la infinita sed de la muerte.

Terminada una de las más famosas guerras floridas que libramos, nos ha quedado la memoria y la palabra. La memoria a la cual no podemos renunciar, ya que es guía para el presente y el futuro; y la palabra, en la cual nos resguardamos de los malos tiempos, mientras vamos apuntando nuevamente a la esperanza.

Por estas y otras razones, qué importante es la publicación y lectura de las obras de nuestros poetas, verdaderos bálsamos en las horas oscuras de la Patria. Antídotos contra la crueldad.

En conclusión, vale la pena repetir, a todo pulmón, estos últimos versos pop que ahora citamos, de “Luzbéllica” de Otoniel Guevara: “Adiós semáforos adiós cebollas adiós adiós adiós/ De la montaña baja una lágrima escarlata/ Debo montarla y navegar en dirección opuesta /Suelto tu cuerpo que era mi pentagrama/Adiós oscuridad adiós penumbra/ La luz enzacatada extiende sus briznas hacia mí”. (Fragmento del poema: “Hello/Goodbye”).

(*) Cancioncilla francesa del siglo XVIII que ilustra mediante un personaje, el soldado Mambrú, la aventura, la fantasía, el dolor, la ironía de la guerra.

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