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LOS PUENTES DE MADISON

CLARABOYA

Álvaro Darío Lara

“Tú eres las viejas mochilas y una camioneta llamada Harry y los aviones que vuelan a Asia. Y eso es lo que quiero que seas”.

Al igual que mi padre, desde niño he leído varios libros a la vez. Recuerdo perfectamente, cuando durante un almuerzo papá me preguntó, si estaba leyendo más de un libro, le respondí que sí, y él me confió que también hacía lo mismo. Eso formó parte de cierta complicidad en temas de lecturas con mi progenitor. De la misma manera, que su costumbre hasta mi adolescencia, de darme a leer un título, que también él leía, o terminarlo y luego recomendármelo. Eran no sólo temas culturales, sino, ante todo, de afecto. También me pedía que le leyera cuando estaba muy cansado. Junto a su cama, yo seguía leyendo, mientras se iba durmiendo. Luego le apagaba la lámpara y lo dejaba. Creo que esa era otra estrategia para entusiasmarme con algún autor o tema.

La mayoría de los clásicos salvadoreños los leí por primera vez de esta manera, le gustaban, muy especialmente: Arturo Ambrogi y José María Peralta Lagos, el incorregible T.P. Mechín.

Siguiendo entonces esta costumbre de leer varios libros al mismo tiempo, reparé a inicios de diciembre en una novela breve, que había adquirido años atrás, y que aún no había abierto. Así, inicié la lectura de “Los puentes de Madison” de Robert James Waller, un volumen que alcanzó un sensacional tiraje y venta desde su aparición en 1992.Fue llevada al cine con idéntico éxito comercial en 1995, siendo sus protagonistas estelares Meryl Streep y Clint Eastwood.

He sido extraordinariamente plural en mis lecturas desde que atravesé mi vertiginosa e intolerante juventud: muy libre de prejuicios y de esas severas valoraciones estéticas y artísticas, tan radicales, que abracé siendo un imberbe.

La vida se encargó de irme mostrando su policromía; comprendiendo que como expresa un sabia y genial cita, cuyo autor se extravía en los corredores de la historia: “la pureza sólo existe en el paraíso o en el infierno”. Raramente las obras pueden ser calificadas como “excelsas” o “miserables”, en esto hay un arco de matices que configuran un espectro más que interesante, fascinante diría.

Los puentes de Madison” describe y teje la historia de una dramática tensión amorosa entre una mujer italoamericana, Francesca Johnson, casada y madre de tres hijos, con un fotógrafo de una prestigiosa revista internacional, aventurero y maduro, Robert Kincaid, a quien conoce accidentalmente, cuando éste cubre un reportaje en el condado de Madison (Iowa, Estados Unidos), sobre unos antiguos y extraños puentes de madera, que fueron construidos con una cubierta para su protección y durabilidad.

La ausencia del esposo y de los hijos, por su asistencia a una Feria del Estado de Illinois, expone a Francesca a un contacto apasionante y tumultuoso, donde erotismo y honda necesidad afectiva la dirigen hacia Robert, quien, con un pasado de matrimonio fracasado, encuentra en ella, en pocos días, una razón existencial, más poderosa que todo lo que ha experimentado hasta el momento.

Pero como en toda narración romántica, la condición de Francesca, y su irrenunciable lealtad a su marido y familia, antes que a sí misma, ponen férreo cerrojo a sus ansias más hondas de libertad y plenitud. Se queda, en ese condado campestre y tradicional de los años sesenta, donde todo sigue su curso, mientras Robert termina yéndose físicamente, pero dejando una herida que nunca logrará cerrarse. El destino ha dictado su infame condena: ambos amantes jamás se recuperarán.

La novela está construida como una supuesta investigación que hace un escritor, ha pedido de los hijos de la protagonista, al fallecer ésta, y encontrar un diario y objetos que dan cuenta del amor oculto de su madre.

En mi apreciación, probablemente, la novela pudo obviar el recurso anteriormente mencionado, que la vuelve innecesariamente explicativa al inicio, robándole ese halo de completo misterio que debió prevalecer, y que, de alguna forma, se rescata al final, representando uno sus mejores apartados, esto es, la correspondencia que llega a Francesca de Robert, después de muchos años de silencio, y que termina de mitificar el recuerdo del amado.

Pese a todo, y sin esperar ni necesitar de una obra maestra, como anotábamos al inicio, “Los puentes de Madison” representa un hermoso homenaje al clásico arquetipo de los amores prohibidos, y como tal es capaz de impactarnos reflexivamente sobre la complejidad de los sentimientos y naturaleza humana.

Hay que leerla, y disfrutar su sencillez, atmósfera, y por momentos, recreación poética.

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