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Contra los poetas que leen mal a Dalton

Álvaro Rivera Larios,
Escritor salvadoreño

A menudo se opina de los malos versos que escribió Roque Dalton, aseveración que puede respaldarse con más de un ejemplo, pero, en cambio, rara vez se habla de lo malos lectores que han sido nuestros poetas enfrentados a la mejor lírica de Roque.
La mejor poesía del autor de “Taberna” reclama una inteligencia crítica que no puede confundirse con la pericia artesanal que se adquiere en los talleres literarios. No es lo mismo detectar un mal verso que juzgar una poética. Para juzgar una poética necesitamos manejar con cierta lucidez el lenguaje de la crítica literaria.
Pongamos un ejemplo. Vayamos a «Taberna» y abramos el texto para leer “La segura mano de dios”. La primera reacción de muchos lectores convencionales es confundir la primera persona que enuncia el poema con la propia voz de Dalton. La segunda reacción es la de ¡¡Dios mío, qué lenguaje más populachero y menos profundo¡¡ La tercera reacción es un juicio: ¡¡Qué descuidado es Dalton a veces, prefiero “Los extranjeros”¡¡
Como dice Eliot, una de las voces de la poesía es la del poeta que representa una dicción que no es la suya. En este caso el discurso de la lírica intersecta con el monologo teatral de un personaje. Pessoa diría que en tales ocasiones el poeta es un fingidor.
La voz de “La segura mano de dios” es la voz de “otro”, la posible voz del asesino del Gral. Martínez. Y Dalton elige para esa voz un lenguaje popular acorde con su condición. La elección de esa voz y ese tono desacraliza el relato de la muerte de un hombre que mandó a matar a miles de personas. La coloquialidad del poema es un acto de soberanía lírica por parte de un creador que, pudiendo exponer los hechos de una forma solemne, le echa sal literaria a la babosa de la solemnidad. El coloquialismo de Dalton, en este caso, es un acto de lucidez que los críticos banales no detectan.

Roque llegó al extremo de teatralizar su propia vida, tal como puede verse en esa sección de Taberna que tituló “Historia de un amor”. El poeta no solo parodiaba la historia, también se parodiaba a sí mismo.
La ironía del poeta era teatral. Un poeta con tal autoconciencia ya no permanece de modo ingenuo en los límites de su propia palabra y es así como lleva al juego literario la representación de otras voces.
Esa búsqueda de la otredad verbal – que se manifiesta en “Taberna”, en las “Historias prohibidas del pulgarcito”, en “Miguel Mármol”, en “Pobrecito poeta que era yo” y en “Poemas Clandestinos”– nos sitúa ante un autor capaz de manejar a voluntad varios “registros de estilo”.
Y si a esto sumamos el peculiar concepto que el Dalton maduro tenía del poema (como espacio de libertad formal donde el creador ya no solo jugaba con su voz y la de otros sino que también podía incrustar “textos” procedentes de ámbitos como la historia), vemos lo difícil que resulta juzgar sus descuidos a partir de la oposición abstracta entre lo sublime y lo coloquial, entre un estilo denso y otro falto de lujos retóricos. Una poética dialógica, retorizada y vanguardista, como la de Roque, transgrede estas distinciones y sus preceptivas.
Quienes leen a Dalton desde el horizonte de ese romanticismo que confina al poeta en su propia voz y considera que el único territorio del poema son las alturas o los abismos y las pirotecnias imaginativas y herméticas, se sentirán desconcertados ante un creador que puede llegar al cielo y bajar de él para representar el lenguaje popular de una figura humilde. Esa capacidad que Roque tenía de usar varios registros de estilo la utilizó en contra de aquellos poetas atrincherados en el castillo de un lenguaje agradable, exquisito y muy bello. El autor de «Taberna» repudiaba el bonitismo lírico. En general, la mayoría de lectores que Roque Dalton ha tenido entre los poetas salvadoreños de la posguerra han sido lectores convencionales que han juzgado a Roque desde perspectivas que Roque había recusado y rebasado. Por eso la gran herencia de su mejor lírica apenas ha dejado rastros en una comunidad literaria hechizada por un surrealismo light, por un romanticismo ingenuo, por un clasicismo sin luces.

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