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“Los pobre-dólares. Una bendición para la oligarquía criolla”

Por Óscar Miguel Marroquín y Héctor Sermeño

Las remesas familiares superan con creces la llegada de dinero al país, según la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES). Este año, el crecimiento de las remesas familiares está impulsando la economía salvadoreña como ningún otro factor. Pero depender de este impulso plantea un desafío estratégico: ¿cómo lograr que la inversión y la productividad sean el motor de la economía una vez que las remesas dejen de crecer?[1] El descaro es grande; decir que las remesas familiares son el motor que impulsa la economía del país es como decir que son los pobres quienes sostienen a los grupos de poder mayoritariamente ricos u oligarcas.

Durante el año 2025, los pobres enviaron a El Salvador en términos de remesas familiares 9.998.9 millones de dólares; según el propio Banco Central de Reserva (BCR), fue una cifra récord. Ahora vale la pena preguntarse cuál fue el esfuerzo realizado por la oligarquía en términos de generación de empleo o inversión extranjera, es decir, ¿cuál fue el aporte de los ricos en favor de los pobres?

A propósito de los pobres, un día estos decidieron levantarse en armas contra una oligarquía y una dictadura militar. La revuelta fue sangrienta; los militares juraron lealtad total, juraron defender los intereses del capitalismo sin importar el precio: el máximo jerarca de la Iglesia católica, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, fue asesinado y, además, decenas de sacerdotes, algunos perseguidos, otros asesinados, acompañaron la trágica muerte de Romero. La sed de sangre de la dictadura oligárquico-militar era insaciable; seis sacerdotes jesuitas, una empleada y su hija fueron masacrados dentro de una universidad la misma noche. El baño de sangre dejó, según la historia, unos setenta mil muertos en total.

Lo anterior fue tildado por los ricos como “la década perdida”; es decir, eso de la década perdida significaba, según ellos, no las pérdidas humanas, sino las ganancias económicas que dejaron de percibir durante la insurrección popular de los pobres contra la dictadura oligárquico-militar. Pero resulta que con guerra o sin guerra, los ricos no produjeron riqueza alguna; esto ahuyentó a los pobres hacia los Estados Unidos en la búsqueda de trabajo; millares decidieron abandonar El Salvador. La riqueza generada por los pobres comenzó a llegar al país; los ricos poco a poco fueron olvidando el estribillo de la década perdida. Decenas de centros comerciales fueron construidos; los banqueros no se quedaron atrás, a lo largo y ancho del país abrieron nuevas sucursales; las tiendas de productos alimenticios dominan la canasta básica a su antojo. A borbollones llegaba el dinero, entonces decidieron: dolarizar la economía, es decir, esto consistió en pegarle una patada en el trasero a la moneda nacional (el Colón) y bienvenido sea el DÓLAR; los puñeteros militares esta vez no vieron amenazada la soberanía nacional y guardaron un sepulcral silencio.

Retomando el tema de las remesas familiares y la situación económica actual del país, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) dio a conocer recientemente que El Salvador ocupa el segundo lugar en desempleo informal en Centroamérica. El informe añade que seis de cada diez salvadoreños no tienen un trabajo formal, lo que implica, entre otras cosas, que estos no tienen cobertura social. Aplicando el sentido crítico, se puede afirmar que la oligarquía se acomodó a la dinámica económica de las remesas familiares; estos que tanto hablaban de ser los generadores de empleo en el país se olvidaron del tema. Ahora su gran misión con muy poco esfuerzo es como captar el dinero de los pobres (remesas familiares) mediante un mecanismo de economía de consumo.

Los pobres siguen considerando la migración hacia los Estados Unidos como forma de abandonar la precaria situación económica, mientras que los oligarcas se ocupan de mantener invariable su estrategia de crecimiento económico. Por ejemplo, en poco tiempo han abierto más de un centenar de supermercados en todo el país; todos pertenecen a una misma firma comercial y, no bastando con esto, también han llevado millonarias inversiones a Colombia. Según el economista César Villalona, esto solo es posible gracias al permanente y enorme ingreso de remesas familiares.

Pero la danza de los pobres dólares podría estar llegando a una situación de caída libre, dado que la vigencia del Estatus de Protección Temporal (TPS) expira en septiembre de este año y existe cierta incertidumbre sobre una posible extensión por parte del gobierno de los Estados Unidos. Si el TPS llega a su final, causaría un doble problema para el país: en primer lugar, las remesas caerían considerablemente y, en segundo lugar, el índice de desempleo subiría de manera abrupta; esto a su vez daría pie al incremento del desempleo informal. El gobierno busca tapar el sol con un dedo, aduciendo tener un plan contingente para recibir a los salvadoreños que retornen al país debido a la finalización del TPS. En su mayoría, los que hasta hoy viven bajo el paraguas de este programa en los Estados Unidos tienen un grupo familiar y, al retornar al país, estos demandarían servicios básicos como vivienda, salud y educación, entre otros, ¿Está preparado el gobierno para enfrentar estas demandas? La respuesta cae por su propio peso: NO.

El gobierno continúa haciendo caso omiso a la precaria situación económica del país; el discurso utilizado como una muletilla sobre que El Salvador es uno de los países más seguros de América Latina ya ha comenzado a desvanecerse en la población. El alto índice de desempleo está calando hondo, tan hondo que ya no es posible esconderlo bajo el tapete. La deuda externa ya ronda los 28 mil millones de dólares[2] lo cual es extremadamente preocupante porque existen enormes deudas con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

En resumen, si los pobres dólares comienzan a disminuir, El Salvador podría entrar a una crisis económica de impredecibles consecuencias, una crisis en la que, como siempre, serán los pobres quienes terminen pagando los platos rotos.

 

[1] https://fusades.org/contenido/remesas-el-gran-motor-de-2025

[2] https://es.tradingeconomics.com/el-salvador/external-debt

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