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La ideología del mito sobre la Modernidad

Alirio Montoya

 Todos los movimientos sociales, partidos políticos, sistemas y modelos económicos, así como cualquier agrupamiento tienen y comparten una misma ideología, que es de por sí la que los inspira y cohesiona. Dicho lo anterior, resulta pertinente una definición aproximativa sobre lo que se debe entender por ideología. Así, para Goran Therborn, “La ideología es el medio a través del cual operan esta conciencia y esta significatividad. La conciencia de cada nuevo ser humano se forma a través de procesos psicodinámicos en su mayor parte inconscientes, y funciona mediante un orden simbólico de códigos de lenguaje”[1]. Partiendo de esa premisa y al concatenarla con las ideas que Bolívar Echeverría discurre sobre Max Weber, en lo que respecta a la obra de éste denominada La ética protestante y el espíritu del capitalismo, tenemos que, prácticamente la ideología que subyace en esa tesis fraguada por la categoría “espíritu”, es el núcleo ideológico del moderno sistema capitalista.

Ahora, si bien es cierto el capitalismo moderno alemán en ese momento se afincaba en el factor religioso, dicha combinación ideología-religión sirvió para forjar de manera especial el comportamiento humano como el eslabón fundamental en la cadena productiva de la riqueza social, causando una influencia psicológica en los trabajadores que llegaron a considerarse parte del designio divino en el engranaje de la producción del sistema capitalista, esto es, que dicho fenómeno socioeconómico estaba adscrito a la idea calvinista de la predeterminación divina. Lo anterior sentó las bases para la configuración de la denominada identidad humana.

Esta identidad humana prefigura el advenimiento de la blanquitud dentro del orden ético o civilizatorio como condición de la humanidad moderna[2]. Como consecuencia de lo anterior, ser parte de la cadena productiva del capital alemán era un ethos propio del moderno sistema capitalista; todo ello contribuyó a la configuración y posterior consolidación del racismo y la errática idea de la supremacía del hombre blanco. Llegados a este punto, ya se puede hablar del grado cero en lo que concierne a la identidad concreta del hombre moderno. En esta parte valoro que es pertinente citar como ejercicio comparativo al filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez cuando afirma que, “Observar la naturaleza humana desde el punto cero equivale a poner entre paréntesis cualquier consideración moral, religiosa o metafísica del hombre.[3]” Es pertienente también reseñar la opinión de Castro-Gómez sobre Kant, quien fue uno de los mayores propulsores de la Modernidad y de la Ilustración. Decía Castro-Gómez que cómo era posible que alguien que nunca salió de su provincia nos venga a imponer una ley universal, en cuanto que Kant, afirmaba que los pueblos que no se sumaran a la Modernidad y a la Ilustración iban a perecer en la miseria. En efecto, Kant nunca visitó ciudades importantes en su tiempo como París, Londres, Berlín, Viena, o Edimburgo. No visitó ninguna ciudad alemana ni rusa. ¡¿Qué se creía?!

Y es que, en efecto, los señalamientos precedentes configuran ciertas situaciones que peculiarizan ese racismo alemán. En primer lugar, dentro del pensamiento capitalista moderno, se presenta y asimila de “forma natural” que un enorme conglomerado de individuos sean oprimidos o reprimidos sistemáticamente en esa inhumana dinámica del mercado en todo el devenir de la historia, lo cual consecuentemente conlleva este mito del grado cero de la identidad humana moderna.

En segundo lugar, cuando se hace alusión a la blanquitud de la nacionalidad moderna, se estaba en presencia de una paradoja, porque el individuo podía ser de color, pero a su vez “blanco”, es decir, que el conglomerado de individuos no-blancos requerían de la blanquitud de sus miembros para ser aceptados en la sociedad industrializada. Se puede advertir que en estricto sentido no se consideraba el color sino el comportamiento frente a la identidad nacional.

Ciertamente, todo lo relativo a la “modernidad”, desde sus orígenes, estamos frente a un mito que era necesario desmontarlo, por ello es que aparecen movimientos de filósofos en contra de ese mito de la modernidad. Para el caso, podemos situar en un primer momento a los movimientos poscoloniales; seguido de estos movimientos es de reconocer el arduo trabajo de desenmascaramiento que emprenden los posmodernos.

Donde voy a atreverme a disentir con Echeverría es cuando hace el abordaje situado en el ascenso y consolidación del nazismo. Pienso que el marxismo también ha incidido grandemente para desmontar el mito de la modernidad. La modernidad no es más que una estructura milenaria que surge del saqueo de los pueblos originarios de lo que hoy se conoce como América. No fue un descubrimiento y posterior conquista, lo cierto es que fue una invasión sangrienta en contra de nuestros antepasados.

Que si el marxismo no da cuenta de la realidad de los pueblos latinoamericanos eso sí que puede dar lugar a la discusión. Por ello es que, el marxismo se ha matizado como “marxismo latinoamericano”, con la pretensión de adecuarlo a la realidad de nuestros pueblos. Por otro lado, la filosofía de la liberación también es un movimiento que ha aportado mucho para desmontar el mito de la modernidad. Finalmente, el movimiento decolonial le está siendo de mucha utilidad a nuestras sociedades para romper con esa ideología de la modernidad, con la pretensión de liberar a los pueblos latinoamericanos del saqueo y dominación de los países del Norte.

[1]  Goran Therborn, La ideología del poder y el poder de la ideología (Siglo XXI Editores S. A., España), 2.

[2] Bolívar Echeverría, Modernidad y blanquidad (Ediciones Era, S. A. de C.V., México), 58.

[3] Santiago Castro-Gómez, La hybris del punto cero: ciencia, raza e ilustración de la Nueva Granada (Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Colombia), 27.

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