Por: Luis Rafael Moreira Flores
Hay una paradoja histórica casi trágica en la forma en que los regímenes autoritarios apelan a las grandes figuras del pasado para legitimarse. La historia no es para ellos un libro de aprendizaje, sino un vestuario de utilería. En El Salvador, la narrativa oficialista intenta revestir de «misticismo patriótico» y de una supuesta «visión de libertad» la figura del general Francisco Morazán. Sin embargo, el contraste entre la ideología morazánica y la práctica política del actual gobierno salvadoreño pone en evidencia un intento deliberado de apropiación simbólica: la pantomima de un gobernante que se disfraza de libertador republicano desde el ejercicio absoluto de un régimen iliberal.
El traslado simbólico y la instrumentalización del mausoleo de Morazán hacia el corazón del Centro Histórico de San Salvador no constituye un hecho aislado ni una desinteresada puesta en valor del patrimonio. Cobra una dimensión estrictamente electoral de cara al horizonte de 2027, un año clave en el calendario político en el que se conmemoran 200 años de la Batalla de La Trinidad (1827). Fue en aquel episodio donde Morazán, al mando del Ejército Protector de la Ley, saltó a la fama en Centroamérica como el indiscutible defensor de las instituciones, la constitución y los derechos ciudadanos frente al absolutismo. Intentar adueñarse de ese bicentenario es una maniobra publicitaria orientada a proyectar la imagen de un «nuevo Morazán», utilizando la memoria del héroe liberal como plataforma de propaganda.
Pero la historia no se deja falsear tan fácilmente. Francisco Morazán no fue simplemente un militar victorioso; fue la encarnación del pensamiento de la Ilustración en Centroamérica. Su proyecto político se sostenía sobre cuatro pilares fundamentales: el Estado laico y republicano, la educación universal como motor de soberanía, el libre pensamiento frente a los dogmas, y la unidad regional para resistir los abusos oligárquicos y las presiones imperialistas. Frente a esta matriz ideológica, el proyecto que hoy se ejecuta en El Salvador se ubica exactamente en el polo opuesto.
La caricatura de la laicidad y la educación
En el siglo XIX, Morazán desafió a la clase eclesiástica para erradicar el control dogmático sobre la vida pública, promoviendo el matrimonio civil, el secularismo y la libertad de cultos. En El Salvador contemporáneo no existe la intención de consolidar un Estado laico y moderno. Por el contrario, se ha sustituido la antigua influencia eclesiástica por una alianza estratégica con sectas y cultos evangélicos neo-pentecostales con fines de control electoral. No se busca liberar las conciencias del dogma, sino instrumentalizar la fe como una herramienta de cohesión y sumisión política.
Esta sustitución del pensamiento crítico se refleja con nitidez en el ámbito educativo. Frente al modelo de Morazán, que promovía una educación pública, filosófica y ciudadana basada en el método lancasteriano y el razonamiento libre, el sistema actual promueve un modelo tecnocrático e ideologizado. La distribución de dispositivos y la retórica de la «digitalización» operan como un espejismo publicitario que carece de un proyecto pedagógico humanista. Se educa para el consumo de propaganda y la obediencia algorítmica, sofocando la capacidad crítica, el pensamiento independiente y la formación de ciudadanos libres.
La libertad ahogada y la falsa soberanía
Bajo el ideario morazánico, la República era inseparable de las libertades públicas: la libertad de imprenta, el derecho de asociación y la separación de poderes. En El Salvador actual, el periodismo independiente es perseguido, estigmatizado y forzado al exilio, las organizaciones de la sociedad civil son asfixiadas legalmente y la disidencia política es criminalizada bajo la sombra de regímenes de excepción permanentes. Hablar de «libertad» en un contexto de acoso a la prensa y anulación del debido proceso es una distorsión del lenguaje que el propio Morazán habría denunciado.
Del mismo modo, la llamada «segunda independencia» proclamada por la propaganda oficial palidece ante la realidad geoestratégica. Mientras Morazán concebía la unidad centroamericana como un bloque soberano capaz de negociar frente a las potencias de la época, la política exterior salvadoreña oscila entre la subordinación pragmática y la negociación con intereses de Estados Unidos y potencias emergentes, supeditando la soberanía nacional al cálculo de supervivencia política de una dinastía gobernante.
La economía del endeudamiento y la nueva hegemonía
El desarrollo económico morazánico buscaba diversificar la producción, fomentar el comercio local y distribuir la riqueza agrícola para debilitar el monopolio de las élites coloniales de la Ciudad de Guatemala. En El Salvador de hoy, el cuadro económico refleja un estancamiento severo: el aparato productivo carece de dinamismo exportador, la inversión extranjera directa es insignificante y la carga tributaria recae pesadamente sobre la ciudadanía a través de impuestos indirectos que encarecen el costo de la vida. El desempleo estructural y la dependencia crítica de las remesas continúan expulsando a miles de salvadoreños.
Lejos de desmontar el poder de las oligarquías históricas para democratizar la economía, el régimen no busca erradicar las estructuras de privilegio, sino erigirse como la nueva oligarquía dominante. Mediante la concentración del crédito estatal, la adjudicación de contratos públicos sin transparencia y la creación de redes de negocios al amparo del poder político, se está consolidando una élite económica que busca desplazar o subordinar a los antiguos poderes financieros para quedarse con el control absoluto del mercado y del Estado.
La seda no borra la naturaleza
El proyecto morazánico fracasó en el siglo XIX no por la invalidez de sus ideales, sino porque las fuerzas del oscurantismo, el provincialismo y el fanatismo se unieron para destruirlo. Morazán murió frente a un pelotón de fusilamiento en San José de Costa Rica en 1842, pero legó su pensamiento a las futuras generaciones como un mandato de razonamiento, justicia y dignidad.
Pretender que la acumulación del poder absoluto, el culto a la personalidad, la supresión de los controles constitucionales y la propaganda digital son la continuidad del pensamiento de Francisco Morazán es un insulto a la memoria histórica colectiva. Ningún despliegue escénico, ningún mausoleo reubicado en el Centro Histórico y ninguna conmemoración calculada para el bicentenario de La Trinidad en 2027 podrán transformar un régimen iliberal en una gesta libertadora.
Como bien sentencia el dicho popular: el mono, aunque se vista de seda, mono se queda. Podrán vestirse con las insignias del liberalismo histórico y esculpir frases de Morazán en los monumentos públicos, pero la naturaleza autoritaria de un gobierno que persigue la libertad no se puede ocultar tras el mármol ni tras la propaganda.
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