Del libro inédito “Un Alma frente al Espejo”
Por Julio Enrique Ávila
Oh, amigo mío! Qué plenitud cuando nuestras manos absortas en una amorosa sabiduría de crear, olviden la ciencia de destruir!
Como esos niños apasionados que se apresuran a destruir el juguete más amado, así son nuestras manos. Qué beatitud el día que hayamos sabido convertirlas.
Y si no, los que hemos ganado la desesperación, no merecemos el santo gozo de las lágrimas. ¡Es tan inefable derramar el bálsamo de nuestro llanto sobre las llagas ajenas!
¡Oh, la maravilla de una mano tendida, de una mano que ofrenda! Abierta al sol y a los vientos, con esa misma gracia con que el maíz ofrece sus grávidas mazorcas.
Si no conocieran sus instintos de presa, bajarían los pájaros a posarse en ellas!
Pero hay algo más maravilloso, infinitamente más maravilloso: Ver una mano que implora y que es colmada!
Estuve una vez ante una vieja cisterna en abandono. Junto al broquel yacía un balde inútil, comido por el oín, que fue como una mano pródiga para la sed. Te imaginas, oh amigo mío, la tortura de la cisterna estéril, la desolación de sus entrañas vacías, frente al jardín marchito por la sequía y la hortaliza calcinada por el sol?
Todos tenemos un tesoro para otorgar. El pordiosero encontrará siempre otro pobre a quien enriquecer. Por eso el último entre los últimos, el más pobre entre los pobres, es el que atesoró sólo para sí, el que nunca supo del excelso gozo de dar.
La riqueza, sea espiritual o material, es sólo capacidad de dar. Es más rico el que más da que el que más guarda.
Oh, amigo mío! ¿Qué preciosa cosa es la vida! Extrae tu alma de ti como de un pozo; y riégala con tus propias manos por los campos yertos, por los caminos tristes de la tierra…
Piensa, ¡Que preciosa cosa es la vida!
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