DE AZTLÁN A CUZCATLÁN
De la violencia inaugural
Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…
El 27 de noviembre de 1975, en la media hora que le quedaba libre entre las dos conferencias, F. T. decidió entrar al bar de la esquina. Hacía demasiado frío, esa tarde del mes de noviembre, para merodear por las calles bajo la llovizna menuda que le calaba hasta los huesos.
Se dirigió al mostrador y pidió lo de siempre, un cognac en una copa alta. Le encantaba que la fragancia le invadiera el olfato de la misma manera que el sabor el paladar. La sala se hallaba repleta y la mesa habitual ocupada por unos individuos que bebían cerveza, ese líquido ralo que tanto aborrecía aun si fuera un tipo de ale.
Apostó el codo contra el mostrador, sacó la agenda de la bolsa interior del saco y decidió quedarse en ese mismo sitio a disfrutar la bebida. Anotaba ideas sobre la existencia de mundos paralelos al que al instante lo acogía. Le disgustaba sobremanera el término inglés “the real world”, ya que sustituía lo natural por lo hechizo. El universo se identificaba al producto de la acción humana. Por tal razón pensaba emplear la idea de “simulacro”. En círculos concéntricos, el mundo natural era una maniobra que se reducía a medida que la civilización avanzaba.
Tal postulado lo desprendía de las lecturas de la Kabbalah. Entre más progresaba la creación más disminuía la presencia de lo divino que le cedía un lugar al universo, a los minerales, a las plantas, a los animales. Luego el universo se lo traspasaba al ser humano, rezaba la sentencia. Y el humano a quién se lo concedía, eso había que averiguarlo en esa media hora. Según la regla del juego, el último en aparecer era el primero en desaparecer.
El transcurso no ocurría sin producir un vacío que los anhelos religiosos de sus colegas anhelaban colmar. Su postura rallaba en el sacrilegio al separar la experiencia humana de los otros ámbitos. Tal blasfemia se la había increpado un asistente que, con timidez, solicitó permiso para leer un fragmento de su texto. El escrito lo consideraba pertinente, ya que recreaba un mundo paralelo al nuestro. Lo imaginaba aislado por las aguas, surgiendo de sus profundidades como de un útero materno.
A F. T. le sedujo la fonética que en tonos musicales establecían una melodía inusual. Para el mundo paralelo que propondría, su ritmo le sugería utilizar dos letras que evocaran lenguas fuera del circuito europeo. La “tl” señalaría hacia lo mexica y la “q” hacia lo maya y el Magreb. Pero a la consonancia le faltaba un sentido, una visión clara del mundo material. No quería repetir a Platón en su diálogo Fedón o del alma, al defender la reencarnación. La idea de una vida antes de la vida la juzgaba un argumento trillado que sólo servía de estratagema poética para esconder temas actuales y tabúes sociales.
Antes de reencarnarse, suponía el alma viva de un travesti quien negociaba un cuerpo distinto para que el deseo no traicionara su apariencia terrena. El artificio daba la pauta a un ensayo genial para debatir cómo la idea tan actual de la predeterminación biológica se imponía sobre la libertad humana, siempre en nombre de un dogma religioso. “Si ha de dotarme de un libre arbitrio, Maestro de la Creación, le ruego que le conceda a mi alma la elección de un cuerpo que se ajuste a mi deseo. Salvo que la discordancia sea el lema de mi destino. Pero no lo defraudaré. Haré honor a mi condición terrenal de esquizo”. Rogaba el alma eterna del travesti previo a su encarnación de batracio, nadando en la placenta. Antes de rebosar en una caverna líquida y oscura durante nueve lunas.
Por ello, F. T. había chocado con el susodicho a quien acusó de crédulo e incauto. Se proclamaba heredero de un reino acuático, abolido. “Mire, le respondió, yo también fui renacuajo y anfibio. Todos lo fuimos antes de salir del vientre de la madre. La cuestión es si olvidamos el origen o si lo recordamos. Pero al confundir la memoria biológica con la metafísica comete un error garrafal”. Su reacción retraída le causó un enorme escozor.
Se arrepintió de la rudeza de su respuesta. No podía tolerar que eliminara el cuerpo. El origen prenatal de una caverna uterina lo trasponía a un comienzo mítico, casi desmaterializado. Lo peor es que se lo creía y buena parte de la audiencia lo apoyaba. Al instante, entre la marea pendular del cognac, advirtió que ya tenía el tema apropiado para reorientar la próxima conferencia.
El mundo se recreaba en la disociación como la de un travesti cuya alma equivocaba el cuerpo biológico que mejor le quedaba. Al extremo opuesto, el espíritu que abandonaba el cuerpo dejaba las carnes inertes. El alma que emigraba en viaje astral engendraba una materia muerta. Nuestro estar en el mundo se volvía una desdicha, en el odio al cuerpo y a la condición biológica que se nos inculcaba. Entre el aroma del cognac y el ruido del bar, F. T. ideaba un nuevo argumento kabbalístico.
En su ultraje del cuerpo, la civilización se retraería a pausa lenta para dar lugar a lo animal, lo vegetal e inorgánico. Lo verdaderamente terrestre. Habría un Big Bang a la inversa en esa “nostalgia por la muerte” que traslucía el ideal de lo etéreo. Una implosión de la materia nos refugiaría de nuevo en la cueva uterina de los comienzos. Ahí agazapada, el alma eterna se regocijaría de su desprendimiento definitivo. La violencia primordial era simple. Se despreciaba el bien terrenal más valioso, el cuerpo. Y el estimarlo se denigraba en narcisismo, hedonismo, en tantos términos para maldecir el paso corpóreo del ser humano por la tierra. No había otra violencia más profunda que el desprecio a uno mismo. Y a las creaciones terrenales más entrañables. F. T. bebió el resto del cognac en un sobo rápido y salió a divagar.

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