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La unidad de lo diverso (II)

Luis Armando González

Así fue como vivieron los seres humanos (los miembros de la especie Homo sapiens) durante miles y miles de años, hasta la ola civilizatoria que inició en el Renacimiento y alcanzó una de sus más altas crestas con la Ilustración, la revolución estadounidense y la revolución francesa. ¿Y por qué fue tan tardía esta conquista civilizatoria que es el reconocimiento de la igualdad más allá de las diferencias?

Quizás porque los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales se cimentaban en la prevalencia de las diferencias de las cuales sacaban ventajas los grupos de poder en todos esos ámbitos. Quizás también porque el conocimiento humano no había podido ahondar en lo fundamental humano, estando atrapado en el esquema de las diferencias (diversidad) irreconciliables entre los distintos individuos y grupos sociales. Como quiera que sea, el proceso civilizatorio de los siglos XV-XVIII estableció la igualdad humana como fuente de derechos, lo cual no significaba negar la diversidad (nadie en su sano juicio puede negarla, pues es algo fáctico) sino corregir los abusos a los que daba lugar el énfasis excesivo en ella. O sea, que lo se buscaba corregir era la conversión de las diferencias en jerarquizaciones (de superior e inferior), exclusiones, inequidad y violencia.

Es un propósito todavía actual, dado que el mundo del siglo XXI todavía hay quienes creen que su color de piel, su estatura, su lugar de nacimiento, su patrimonio o su educación les convierten en superiores y mejores respecto de quienes son de otro color, tienen otro sexo, nacieron en otro lugar (mucho más si este es un lugar de pobreza o de violencia) o no tienen patrimonio o la misma educación. También todavía hay quienes pretenden anular las diferencias (genéticas, corporales, neuronales, sexuales) que existen entre los seres humanos individuales (hombres-hombres; hombres-mujeres; mujeres-mujeres), pero esas diferencias están ahí, marcando los comportamientos, hábitos y formas de ver la realidad la realidad, irrepetible, en cada individuo humano.

La apuesta civilizatoria renacentista e ilustrada al dar la pauta para la aceptación de una igualdad fundamental entre los seres humanos, que estaba más allá de la diversidad, fue el crisol de la concepción de derechos humanos que arraigó primero en occidente y, con el paso del tiempo, a nivel mundial. Pero se trató, y se trata, de una concepción con un anclaje filosófico en el que predomina el deber ser sobre el ser (sobre lo que es). Es como si la igualdad fuese algo deseable desde criterios ético-morales y normativos, independientemente de lo que suceda en la realidad humana, es decir, sin importar si hay en ésta algún anclaje para la igualdad.

Para este último asunto se tiene que salir de la filosofía (de lo ético-moral y de lo normativo) y apoyarse en la ciencia, que es la mejor herramienta explicativa inventada por el Homo sapiens. Es cierto que, como se anotó arriba, éste es capaz de inventar las fantasías más ridículas para justificar sus abusos; pero también, es capaz de usar su maravilloso cerebro para explorar, usando sus mejores talentos, no sólo el mundo que le rodea (y el universo), sino su propia realidad. Y esa exploración, desde que el gran Charles Darwin, dio el banderillazo de salida no ha cesado y al día de hoy se cuenta con conocimientos sumamente firmes acerca del tema que nos ocupa. Y lo que se ha impuesto con firmeza suficiente es que la diversidad de todos los seres vivos (incluidos los individuos humanos) descansan en un acervo genético compartido, el cual varía permanentemente en sus combinaciones, dando lugar toda la variedad de la vida que tanto maravilló a Darwin.

En este sentido, todos los seres vivos actuales estamos emparentados pues tenemos un ancestro común universal (LUCA) del cual hemos descendido, a lo largo de millones de años, todas las especies que poblamos la tierra. Y, en lo que concierne a nuestra especia, la Homo sapiens, tenemos un acervo genético compartido que nos vincula (nos hace ser parte de la misma especie biológica) en distintos grados de parentesco, que se remontan hasta unos 250 mil años atrás cuando en África emergió evolutivamente otra especie del género Homo (la nuestra), que se sumó a las que ya habían despegado (Homo habilis, Homo erectus, Homo rudolfensis, Homo antecessor, Homo heildelbergensis, Homo ergaster, y Homo neanderthalensis), una vez que las especies de este género se diferenciaron de sus ancestros de hace aproximadamente unos 3 millones de años.

Hablando de los individuos miembros de nuestra especie, somos tan distintos –como ya se dijo— pero a la vez estamos tan unidos genéticamente que lo que nos hace distintos en la expresión que tiene en cada uno de nosotros un patrimonio genético compartido. En muchas ocasiones, la diversidad que más nos llama la atención –y que ha dado lugar en muchas ocasiones a abusos y exclusiones— se debe a la expresión o no de determinados genes o de determinadas alteraciones (mutaciones) en ellos que se manifiestan en los más variados fenotipos.

Para el caso, hombres y mujeres tenemos un mismo plan corporal, pero ese plan expresa en hombres y mujeres variaciones genéticas (en la regulación, por ejemplo, de las hormonas, los pechos o la vellosidad) que dan lugar a la posibilidad de los embarazos en las mujeres y no en los hombres, o a actitudes y comportamientos que también son distintos, y sobre los cuales el medio ambiente social y cultural ejerce una influencia notable. Hombres y mujeres tenemos diferencias evidentes, pero no somos dos entidades surgidas de manera independiente, cada una por su lado, ni tenemos por qué estar en bandos (construidos culturalmente) opuestos y enfrentados, en los que predomine la exclusión recíproca.  Y así, si la diversidad entre los individuos humanos es algo para maravillarse, también lo es –y quizás más— lo hermanados (emparentados) que estamos al compartir un patrimonio genético que nos hace miembros de la misma especie.

Por lo menos a mí es lo que más me alucina. Por eso cuando veo a otra persona (no importa de dónde sea: de África, Asia, Europa, Australia o América; o si es alta, baja, mujer, hombre, de tez oscura o clara, hable en español, inglés, alemán o árabe) lo que veo es a otro ser humano, igual que yo. Y siempre trato de no fijarme en lo que me diferencia de él o ella (y me hago cargo de esas diferencias y algunas las celebro, otras –especialmente de tipo cultural— no tanto), sino en lo que tenemos de común como seres humanos. A mis alumnos siempre les digo que en cuando se asesina a una mujer mi indignación radica en que se le ha quitado la vida a un ser humano.

En esta línea, me preocupa, por un lado, que se pretendan anular (borrar) las diferencias que hay entre las personas (algunas biológicas y otras culturales); y, por otro lado, que se reconozcan esas diferencias pero que en seguida se las utilice para establecer jerarquías abusivas, exclusiones y rechazo entre quienes las tienen. Son dos extremos que no tienen razón de ser. Y me temo que, en los tiempos actuales, algunas de las posturas en favor de la diversidad (o de afirmar identidades individuales o colectivas particulares) corren el riesgo de decantarse hacia la oposición hacia (y rechazo de) quienes manifiestan otra diversidad. Al enfatizar de forma extrema lo que nos diferencia de otros corremos el riesgo de dejar de lado lo que tenemos en común con ellos, y los pasos siguientes bien puede ser convertirlos en extraños, en una amenaza, en enemigos o en coto de caza para la servidumbre y la explotación.

El conocimiento científico de la diversidad-unidad de lo humano es un buen remedio para evitar caer en esos extremos perniciosos. La diversidad es algo real y tiene su explicación en las variaciones, constantes e irrefrenables, de un patrimonio genético compartido que nos hace ser miembros de una misma especie. No importa cuáles sean las diferencias en las que nos fijemos, todos los humanos actuales somos miembros de la misma especie y, en cuanto tales, todos estamos dotados de capacidades y potencialidades (intelectuales y morales, comportamentales) comunes y, al mismo tiempo, diversas en la forma en la que concretan en cada individuo, lo que depende de su arsenal genético propio y del medio en el que le toca vivir.

En lo que tienen de genético esas diferencias no suponen ninguna jerarquía de superior o inferior (como tampoco hay tal jerarquía entre todas las especies de la tierra; creernos la cima de la evolución, es una ficción creada por nuestro cerebro) ni establecen rangos de mejor o peor (o de superior e inferior) entre los individuos, ni mucho menos permiten derivar de ellas, de manera natural, formas de organización sociales, económicas o políticas en las que unos individuos explotan, abusan o ejercen violencia sobre otros. Estas formas de organización (sociales, económicas y políticas, junto con las ideologías, religiones o creencias que las justifican) son una creación social-cultural humana y, como tales, podrían y deberían ser distintas. Tenemos potencialidades genéticas egoístas y cooperativas, violentas y pacíficas, empáticas y antipáticas; tenemos potencialidades genéticas que nos abren posibilidades para la invención de dioses y demonios y para la invención del conocimiento científico.

 

Convivir en paz, buscar la felicidad propia y ajena, y cultivar un conocimiento que nos acerque de mejor manera a la realidad es un camino posible. Otro camino posible es vivir en conflictos permanentes, siendo infelices y haciendo infelices a otros, y creando ilusiones que aceptamos como reales, aunque nos demos de narices una y otra vez con la realidad real. Nuestro cerebro, como dice Joaquín Fuster, nos capacita para elegir entre uno y otro camino. Es en esa elección que se juega nuestra libertad1.

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