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La orfandad intelectual del poder invulnerable

Omar Salinas

Ingeniero en Energía y Analista en Política Pública

Todo proyecto político necesita algo más que votos, funcionarios, publicidad y popularidad. Necesita pensamiento. Mientras el poder atraviesa sus mejores momentos, esa necesidad puede pasar inadvertida. Pero cuando aparecen el desgaste o las primeras señales de crisis, surge una pregunta: ¿quién puede explicar y defender intelectualmente el proyecto?

Es entonces cuando algunos gobiernos descubren una debilidad escondida durante años: tienen muchos defensores, pero pocos argumentadores. Un gobierno necesita una arquitectura intelectual capaz de interpretar sus decisiones. Académicos, juristas, economistas o analistas pueden cumplir esa función sin convertirse en funcionarios. Aquí aparece una distinción fundamental: defender al poder no es lo mismo que saber defenderlo.

El caso de Javier Milei resulta particularmente ilustrativo. Basta observar algunas de sus apariciones públicas para preguntarse si Argentina eligió a un presidente, a un conferencista excéntrico, a un comediante o a una figura del espectáculo. Entre gritos, gestos, ocurrencias y puestas en escena, Milei consigue que la política adquiera por momentos el formato de un show. Pero sería un error quedarse mirando al personaje, porque mientras el comediante ocupa el escenario, detrás trabaja un equipo bastante más serio.

Economistas, académicos, intelectuales y comunicadores proporcionan sustento conceptual a su proyecto. Hablan de libertad económica, desregulación, inversión, déficit, mercados y reducción del Estado. Donde Milei ofrece espectáculo, ellos ofrecen teoría; donde el presidente provoca, ellos argumentan; donde aparece una extravagancia, alguien está preparado para colocarle detrás una explicación económica de varias páginas.

Y probablemente allí reside una de sus mayores fortalezas políticas. Mientras buena parte de Argentina discute si Milei es presidente, economista, comediante o estrella de rock, las transformaciones avanzan. Puede ocurrir algo todavía más paradójico: que los argentinos descubran demasiado tarde que, mientras se entretenían con el espectáculo, Milei les estaba vendiendo Argentina a intereses externos delante de sus propias narices y, para completar la escena, alguien con credenciales académicas les estaba explicando por qué despojarse de lo suyo era una magnífica idea.

La ironía encierra una cuestión política seria. El intelectual que rodea al poder no solamente defiende al gobernante. También puede proporcionar racionalidad y respetabilidad a decisiones que, expuestas crudamente, serían mucho más difíciles de vender.

Donald Trump ofrece otra expresión del fenómeno. Su comunicación puede ser provocadora y deliberadamente simplificadora, pero detrás existe un ecosistema de juristas, economistas, académicos, estrategas y centros de pensamiento capaces de convertir una consigna presidencial en una argumentación mucho más elaborada.

No se trata de determinar si Trump o Milei tienen razón ni de compartir sus proyectos. Se trata de observar algo más importante: ambos tienen quién los defienda más allá de ellos mismos.

Ese es un activo extraordinario para cualquier gobernante. El buen defensor intelectual puede reconocer errores o establecer diferencias sin abandonar la defensa del rumbo general. Esa independencia fortalece su credibilidad incluso fuera del círculo de los convencidos. Los gobiernos que confunden lealtad con obediencia terminan desplazando a quienes piensan y conservando a quienes repiten.

Existe además una explicación más terrenal. Un intelectual competente o un especialista con criterio propio no siempre resulta cómodo para el poder. Cuestiona, contradice y difícilmente acepta convertirse en empleado del aplauso. Algunos gobiernos prefieren destinar recursos públicos a un oneroso ejército de aduladores y repetidores, dedicado a alimentar redes sociales, amplificar rumores, fabricar expectativas y sostener una sensación permanente de éxito.

Mientras existe popularidad y poca auditoría ciudadana, esa estructura puede funcionar. Pero su fragilidad aparece cuando un gobierno entra en una crisis coyuntural capaz de exponer sus debilidades e incluso llevarlo a perder el poder, sea por elecciones o por otras formas de ruptura política. Es entonces cuando aduladores, repetidores y achichincles dejan de ser una defensa útil: pueden seguir aplaudiendo, pero ya no alcanzan para explicar, persuadir ni contener el deterioro.

Es allí cuando el gobernante descubre que construyó una multitud, pero no una defensa. Y puede perder el poder al comprobar demasiado tarde que aquello que parecía fortaleza estaba construido sobre ilusión, rumor y expectativas que nunca llegaron a convertirse en realidad.

El insulto puede entusiasmar, la consigna movilizar y la propaganda dominar la conversación pública. Pero ninguna sustituye al conocimiento ni a la capacidad de sostener una idea frente a una crítica seria.

Un gobernante puede tener millones de seguidores y una formidable maquinaria comunicacional. Sin embargo, existe un aislamiento político más peligroso que quedarse sin aliados: quedarse sin pensamiento alrededor.

La crisis no crea la fragilidad del poder; simplemente revela la que siempre estuvo allí. Entonces, aquello que parecía invulnerable muestra finalmente su verdadera condición: orfandad intelectual.

 

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