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La militarización no es sinónimo de seguridad

El homicidio de Yéssica Solís, intencional o por “accidente” como sostiene el gobierno, ocurrido la tarde del jueves 6 noviembre frente al Palacio Nacional en el Centro Histórico de San Salvador, no debe pasar desapercibido por la sociedad salvadoreña, y desde cualquier rincón del país, debe participar en un debate serio y respetuoso sobre el rol de la Fuerza Armada en las tareas de seguridad.

Solís, de acuerdo con la madre María Josefina Castro, salió temprano de su casa, ubicada en el Caserío Los Solises, del Cantón Los Chilamates, de Nueva Concepción Chalatenango, acompañada de su hermana Yanci Solís, a comprar medicina para su padre. Esta era una tarea regular de Yéssica, solo que esta vez no regresaría a su hogar con el encargo, pues una “supuesta bala perdida” le arrancó la vida.

Yésssica y Yanci aprovecharon el viaje a San Salvador para ir al Centro Histórico a tomar fotografías, sobre todo del moderno edificio de la Biblioteca Nacional, la BINAES, construido por la cooperación de la República Popular China. La muerte de Yéssica ocurrió pasadas las 2 de la tarde del jueves, cuando se encontraba frente al Palacio Nacional, y gracias a los turistas que a esa hora visitaban también el centro histórico, y a las redes sociales, la noticia se viralizó.

Los medios de comunicación serios, pese a que la información circulaba en las redes, esperaban la información oficial o que los periodistas acudieran al lugar a verificar. Y es que no se podía creer que en el centro histórico ocurriera un homicidio, dado que es el lugar emblemático de la modernización de la capital que vende la propaganda del gobierno, no solo para los extranjeros, sino también para los salvadoreños.

Cuando la Policía Nacional Civil dio a conocer el hecho, hizo circular una imagen de una sospechosa capturada. Aquí comienzan las especulaciones, las dudas, las sospechas. Incluso, se tardaron en dar el nombre de la fallecida.

Avanzada la noche, la policía hizo circular la imagen de la captura del soldado Derman Fernando Jorge Benítez, como el verdadero responsable de la muerte de Yéssica, luego de que se le disparara el arma de forma “accidental”.

Dado que las autoridades movieron el cadáver y lavaron la sangre de la acera y la parte del muro perimetral del palacio que se había manchado con la sangre de Yéssica, sin que se hicieran las experticias propias de un homicidio, hasta hoy se desconocen datos científicos del fallecimiento de Solís.

Accidental o no, la muerte de Yéssica debe servir para comenzar a discutir en serio la utilización de elementos de la Fuerza Armada en tareas de seguridad, dado el peligro que representa la portación de un arma larga o fusiles en lugares tan densos de gente como el Centro de San Salvador y otros.

Y aunque también a un policía se le puede disparar accidentalmente el arma de equipo, la posibilidad de la letalidad es menor, porque se trata de una pistola que no anda en las manos, sino en una funda, al cinto y, por lo tanto, al dispararse la bala se dirige al suelo o al piso. Mientras el soldado, generalmente el fusil lo anda entre sus manos.

El gobierno debería ser el primero en analizar este caso y tomar medidas inmediatas. La primera, no permitir que en lugares populosos como el Centro Histórico patrullen soldados, sino policías con armas enfundadas. En vez de tener a los policías custodiando hospitales, deberían utilizarlos en la vigilancia de las ciudades como el Centro Histórico.

Un policía, por naturaleza, da más sensación de seguridad que un soldado. El soldado, generalmente, sirve para provocar miedo.

Por otro lado, la Constitución es clara: la Fuerza Armada solo debe utilizarse para garantizar la soberanía nacional y cuando hay desastres, y excepcionalmente en tareas de seguridad. Ninguna de las tres situaciones vive el país, porque ni estamos amenazados por fuerzas externas ni hay desastres y el país, de acuerdo con la narrativa del gobierno, es el más seguro del mundo. Los soldados, pues, deberían estar en sus cuarteles.

Este es el debate que debe emprender la sociedad salvadoreña.

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