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La llamada perdida VI

Caralvá

Intimissimun

El Hotel Castelar tiene una especie de limbo jurídico, ubicado entre la frontera de naciones, su jurisprudencia es casi nula, permite el fácil intercambio de negocios por la vecindad de las fronteras, regalan cerveza en cantidades propedéuticas, las mujeres son causa común entre bebedores y consumidores, existe lujuria con mucho “amor sin amor”, mientras el ambiente combina olores dulzones con alcohol y tabaco ofensivo.

Las salas de los jugadores siguen intercambiando polvos blancos con habilidad de personajes de televisión, en las mesas aparecen los viciosos expertos, pierden o ganan dinero de tal manera que conjugan apuestas hasta lo abyecto, todo el mundo disimula el negocio.

El Sarno repite aquella cancioncita hipnótica: I need a Winn-Dixie grocery bag full of money right now to the VIP section… If you got money, and you know it
Take it out your pocket and show it…  mientras ejecuta ritmos casi marciales, rígidos y firmes, parece una marcha que le transporta hacia dimensiones oscuras dejando absorberse por el  inframundo de su conciencia. Su apariencia de vagabundo despreocupado irradia repulsión, su mundo es el dinero y las drogas, sin importarle nada, vive ahí, desterrado de la sociedad. Se refugia en casas abandonadas y ejecuta trabajos sucios, cuando cumple alguno de sus criminales objetivos se gasta el dinero en ese sitio tenebroso.

El salón de la ciudad fronteriza con sus espacios artificiales ruidosos, destila la imaginaria condición de mafias internacionales, pero con todo el ruido de barrios pobres norteamericanos, ese clima causa extraños efectos al momento de escuchar la canción de “Good Life”  Kanye West  (T-Pay), vieja canción pero ahora existe la vertiente de ensamblar lo viejo en versiones rap que al final son otra cosa.

En ese antro convergieron el Cachas y el Sarno, eran cuestiones de dinero y alcohol, enseguida congeniaron en trabajos de “poca monta”, conexiones entre San Salvador y la Tranquita, frontera de México muy cerca de ese hotel, así se conocieron, pronto se encontraron pasando gente de un lugar a otro, pero aquella situación era a cuenta gotas, su ambición no era para menos.

Cierto día se pusieron borrachos celebrando el paso de un grupo de salvadoreños a Estados Unidos, pero primero engañaron a los incautos exigiéndoles dinero “extra”, fingiendo un secuestro, lo cual fue pagado por los familiares del otro lado de la frontera, cuestiones de negocios, -afirmaron mientras bebían-.

Aquella celebración les llevaría a sitios que no imaginaron, decidieron comprar ropas de las mejores tiendas (Gucci, Armani, Dolce Gabbana), para asistir a buenos sitios gringos, aprovechando el fin de semana incursionaron al otro lado de la frontera, ambos tenían visado norteamericano, de tal manera que la naturalidad del paso era un evento rutinario, el plan era visitar el  Intercontinental  con mucho dinero para pasar un fin de semana como reyes, de tal forma que instalados en el bar de Oceanía, donde las paredes respiran mimbre, las mesas son columnas marinas, las divisiones interiores son brazos de mar, lámparas, copas y hasta las meseras visten ropas isleñas; en ese sitio que evoca al Cachas y al Sarno la nostalgia de la lejana “Punta Roca “ en el Puerto de La Libertad, ahí iniciaron largas conversaciones sobre el futuro, el Cachas sabía que  reunirse con un ser primario como el Sarno era un límite peligroso, pero deseaba formar su propio equipo de combate, por ello asintió reunirse para organizar los futuros eventos. El Cachas había observado en el Sarno su origen marginal, pero tenía cierta condición diferente con otros delincuentes, su rostro en apariencia juvenil armónico que luego de los cambios pagados con dinero “mal habido” se gastaban, parecía un excéntrico personaje urbano inofensivo, no obstante su mirada destilaba una siniestra luz de hierro y miedo.

En aquél bar las copas cuelgan del techo en perfecta formación de trapecistas inmóviles, murciélagos cristalinos sin el menor movimiento, pero semejan espadas quietas que dejan su amenazante silencio cuando se llenan de vino, las voces alrededor son bajas, otros hombres de negocios hacen lo propio. Escoger ese sitio fue para no llamar la atención de los federales, además estaban limpios de todo mal al otro lado de la frontera, al menos eso creían. La conversación avanzó pronto hacia niveles de potenciales negocios con muchos salvadoreños que necesitarían pasar, además de los dobles acuerdos de secuestros y rescates. Entonces se entregaron a solicitudes de licor y sus poderosas combinaciones con : Daiquirí, Buck Jones, Pink Gin Gordon´s, Boston Gold, After Supper y por supuesto Tequila, aquello no tardó en terminar en una explosiva combinación de ideas manifiestas a mediana voz, el Cachas decidió salir, entonces se despidió del Sarno, pero luego acordaron viajar juntos, abordarían el auto y recorrerían las calles de Austin Texas, el alcohol no perdonaría esa oportunidad para cobrarse un accidente cotidiano, el Cachas golpeó el auto de un cliente mientras salía y huyó del sitio. ¡Gran error!.

En pocos minutos el Cachas y el Sarno se encontraron rodeados de policías, junto a especialistas migratorios, que no perdonaron nada.

Su vida estaba marcada, pasarían un tiempo en prisión y finalmente serían deportados sin ninguna contemplación.

Pasaron semanas, muchos meses pero ambos terminaron de nuevo en San Salvador.

Continuará

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