Georgina Handal
Hay lugares que dejan de pertenecer únicamente a un pueblo para convertirse en símbolos universales. Belén es uno de ellos. Para millones de personas alrededor del mundo, ese nombre evoca el nacimiento de un niño y un mensaje universal de esperanza. Para mí, también representa la ciudad de donde proviene mi familia y una parte esencial de mi identidad palestina. Sin embargo, hoy Belén y el resto de Palestina nos obligan a hacernos una pregunta profundamente incómoda:
¿Qué dice de nuestra humanidad que el lugar donde millones de personas reconocen y recuerdan el nacimiento de un niño, se ha convertido en el escenario de la destrucción de muchas generaciones de niñas y niños? ¿Qué legado estamos dejando a miles de niñas y niños que han visto desaparecer todo aquello (familia, seguridad, juegos, etc.) que debería garantizarles imaginar y soñar con un mejor futuro?
La respuesta va mucho más allá de las cifras. Cada niña y niño que pierde el acceso a la educación, que deja de jugar porque teme salir de casa debido a que su integridad física y psicológica puede verse afectada o que crece sin la seguridad de volver a ver a sus padres representa una ruptura del tejido social. La infancia no es solamente una etapa de la vida; es el espacio donde se construyen la confianza, la identidad, la cultura, la memoria y la capacidad de imaginar el futuro.
La niñez debería ser el único territorio verdaderamente intocable. Sin importar nuestra nacionalidad o nuestras creencias, hay un principio que debería unirnos: ninguna niña y ningún niño debería crecer con miedo, ser desplazados o vivir bajo cualquier tipo violencia. Sin embargo, la realidad de la niñez palestina nos obliga a preguntarnos si ese principio sigue siendo realmente universal.
Por esa razón, el derecho internacional reconoce que los niños merecen una protección especial. La Convención sobre los Derechos del Niño no establece privilegios, sino obligaciones mínimas que toda sociedad debería garantizar: el derecho a la vida, a la educación, a la salud, a la protección frente a la violencia y a crecer en un entorno seguro. Cuando esos derechos dejan de existir, no solo fracasa una política o un gobierno; fracasa nuestra humanidad compartida.
Hace unas semanas, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas publicó un informe dedicado exclusivamente a la situación de la niñez palestina desde octubre de 2023. Su título resume la gravedad de sus hallazgos: La esencia de la infancia ha sido destruida.
Más allá de las cifras que documenta, el informe describe una realidad profundamente inquietante. Habla de escuelas destruidas o convertidas en refugios improvisados, de hospitales pediátricos que dejaron de funcionar, de miles de niños heridos, huérfanos o desplazados, y de generaciones enteras cuya educación, integridad física y salud mental han quedado gravemente afectadas. La Comisión concluye que estos hechos no pueden entenderse únicamente como consecuencias inevitables de la guerra, sino que constituyen posibles violaciones del derecho internacional que deben ser investigadas y juzgadas.
Pero más allá de las cifras y de las conclusiones jurídicas, el informe deja preguntas imposibles de ignorar. ¿Qué significa para una niña crecer creyendo que perder a un ser querido es parte de la normalidad? ¿Qué implica para un niño aprender antes a reconocer el sonido de un bombardeo que el canto de un pájaro? ¿Qué significa para una niña o un niño que su futuro sea diferente debido a la falta de alguno de sus miembros? ¿Cómo se reconstruye una sociedad cuando miles de niñas y niños han perdido no solo sus hogares, sino también la confianza en el mundo que debía protegerles?
Ningún informe podrá medir completamente ese daño. Ninguna estadística puede explicar el vacío que deja una infancia interrumpida. Detrás de cada cifra hay un nombre, una familia, sueños y un futuro que difícilmente podrá recuperarse por completo.
Con el tiempo, he entendido que ser palestina-salvadoreña no significa únicamente conocer la historia de un pueblo. También significa sentir la responsabilidad de contarla cuando el silencio empieza a parecer normal. Porque si aceptamos que algunas niñas y algunos niños pueden quedar fuera de esa protección universal, entonces el problema deja de ser únicamente Palestina. El problema es de toda la humanidad.
La niñez palestina no necesita compasión. Necesita protección. Necesita justicia. Necesita que el derecho internacional deje de ser un compromiso escrito y se traduzca en acciones concretas para quienes siguen esperando que el mundo actúe.
Belén seguirá siendo, para millones de personas, un símbolo de esperanza. Pero también debería recordarnos una verdad que nunca debimos poner en duda: toda niña y todo niño tienen derecho a una infancia protegida.
Porque la pregunta ya no es solamente qué está ocurriendo con la niñez palestina. La verdadera pregunta es: ¿qué dice de nosotras y nosotros, como humanidad, haber aprendido a convivir con la destrucción de la infancia sin sentir la urgencia de protegerla?
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