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La esperanza, un mal silencioso…

Wilfredo Arriola

Poeta y escritor,

 

La esperanza es uno de los regalos más sospechosos que existen, porque sin dar algo tangible, llena como si nos colmaran las manos de algo prometedor con que con el tiempo se desvanece o no se hace evidente. Sobre todo, porque uno decide el tamaño de esa dádiva. Es tan grande como queramos y tan leve como lo dispongamos. Es curioso, a veces nos conformamos con unas palabras, esas mismas que opacan o anestesian nuestra ansiedad por lo esperado.

En la mitología griega, Pandora fue el inicio del mito por orden de Zeus (padre de dioses y hombres), creándola para generar males o acciones perjudiciales en la vida del hombre.  Pandora, acreedora de una belleza incalculable, digna de ser admirada por cualquier ser viviente, guardaba una caja que albergaba una serie de males y bienes, ambas, tenían la capacidad de crear desgracias y serias alteraciones en el rumbo de los seres vivos. Decidió abrirla a fin de descubrir lo que había dentro, en ese hallazgo, todo su contenido se esparció por el mundo para encontrar en su paso a los mortales y no dejarles indiferentes. En ese camino, al ver la magnitud del resultado, Pandora decidió cerrar la caja al ver lo ocurrido, dejando por último la esperanza, siendo lo definitivo que podía salvar a los hombres. Se cuenta, que el sentimiento de culpa de Pandora, fue tanto, que corrió a abanicar con palabras a aquellos tocados por la desgracia, argumentando que todavía adentro de su caja quedaba la esperanza, la que podría salvarlos de los males que andaban en el aire. Se podría perder todo, menos la esperanza, provocando así, una de las frases más emblemáticas de los últimos tiempos en momentos de frustración y desaliento.

Surgen ideas claras a partir de esto, como la clásica sentencia: “Nadie te da más, que quién te da esperanza”. Y luego con el paso del tiempo uno puede percatarse de que aquellas palabras que tan bien nos hicieron y ahora son parte de la culpa que nos agobia. Ya lo decía Nietzsche: “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”. A lo que también remataba con: “Tener fe significa no querer saber la verdad”. De anestesia en anestesia, se nos va la vida. Esperando una oportunidad, una nueva ocasión para un nuevo empleo, un nuevo vinculo social que nos ayude en nuestro entorno, un golpe de suerte, esperar con ambigüedad ese momento de volver a ver a una persona que tanto nos impactó, ganar un concurso esperado, ilusamente, encontrarse un billete en la calla al caminar. La esperanza tiene el tamaño de los ojos de quién la crea. La esperanza nos ha dado más males que bienes a lo largo de nuestra existencia, se viste como luz, pero en su desarrollo termina siendo una luz que ciega.

Trabajar por nuestro destino podría ser una posibilidad más prometedora, porque dependerá de nuestras acciones y no de la opinión de los demás. Estar a expensas de algo o de alguien nos convierte en reos pasivos, dependientes de la voluntad de lo que no podemos manejar.

Me gusta la sorpresa, esa imagen irrepetible de la alegría puesta en el rostro a quien uno ayuda frente al hecho y no a la esperanza. Llamar sin avisar, regalar sin pactar, abrazar en un descuido, llenan hasta el desborde. No jugarse la dignidad en un posible fallo, puestos somos humanos y del error somos, y también no sabemos que tanto esperan los demás de nosotros mismos o en su defecto tampoco sabemos que tantas expectativas y terrenos baldíos posean quienes dejan un país entero a costa de una promesa, que lamentablemente puede ser defraudada…

Necesitamos cambiar la esperanza por la sorpresa, necesitamos preservar nuestra dignidad y dar solo aquello que si podemos defender con hechos y no solo palabras.

 

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