Por David Alfaro
–Los paquetes escolares y desayunos, no es caridad. Es dinero que paga el pueblo en concepto de impuestos y que le es, sólo en parte, regresado. Denunciar la mala calidad no es «pedir gusto». Denunciar la opacidad de compras y contrataciones, es responsabilidad ciudadana.–
Durante los gobiernos de Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén, los paquetes escolares no eran un simple gesto de propaganda. Eran una política pública pensada de manera integral. Cada niño y niña recibía un paquete completo de útiles escolares, dos uniformes y un par de zapatos de cuero, hechos con estándares de calidad y, sobre todo, elaborados en El Salvador.
Detrás de esos paquetes había una cadena productiva nacional. Más de 3.900 sastres y zapateros artesanales tenían trabajo asegurado. A eso se sumaba el programa del vaso de leche y desayunos, que beneficiaba a unos 3.200 ganaderos y agricultores por la compra de alimentos que dinamizaba el comercio local. No era caridad, era economía en movimiento. El dinero público regresaba a las comunidades y sostenía miles de empleos.
Los uniformes eran duraderos, los zapatos eran de cuero, hechos para resistir el uso diario de un niño en escuela pública. La intención era clara: garantizar educación con dignidad y, al mismo tiempo, fortalecer a las pequeñas empresas salvadoreñas.
Hoy el panorama es otro. La dictadura de Bukele entrega paquetes escolares reducidos, con menos materiales educativos, uniformes importados y zapatos plásticos de bajísima calidad. Zapatos que se pueden encontrar a precios irrisorios en plataformas digitales extranjeras, sin ningún valor agregado nacional. No hay apoyo a sastres, zapateros, ganaderos ni pequeños comerciantes locales. El dinero ya no circula en el país, se va al extranjero.
La diferencia más grave, sin embargo, no es solo la calidad. Es la opacidad. Todas las compras, contrataciones y gastos relacionados con estos paquetes están bajo secreto por siete años. No se conocen proveedores, precios reales ni criterios de adjudicación. Se exige confianza ciega mientras se elimina la rendición de cuentas.
Antes, los paquetes escolares eran una política social con impacto económico y transparencia. Hoy son un negocio opaco, de baja calidad, usado para propaganda, sin beneficiar a la producción nacional y sin permitir fiscalización ciudadana.
No es nostalgia ni ideología. Es una comparación concreta entre un modelo que apostaba por educación digna y economía local, y otro que prioriza lo barato, lo importado y el secreto. Esa es la verdadera diferencia.
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