Por David Alfaro
15/03/2026
La antropóloga Margaret Mead solía explicar el origen de la civilización con una imagen sencilla: un fémur humano roto que logró sanar. Para ella, ese hueso curado era la primera señal de civilización. En la naturaleza, un animal con una pierna rota muere porque no puede huir ni alimentarse. Un hueso humano sanado demuestra que alguien cuidó del herido, lo alimentó y lo protegió hasta que pudo volver a caminar. Para Mead, ese acto de cuidado hacia el más vulnerable marcaba el verdadero inicio de una sociedad civilizada.
A la luz de esa idea, lo que ocurre hoy en El Salvador bajo la dictadura de Nayib Bukele no es sólo un retroceso democrático. Es, sobre todo, un retroceso civilizatorio.
Un país se mide por cómo trata a quienes no pueden defenderse: ancianos, enfermos, niños, mujeres embarazadas o personas privadas de libertad. Y en todos esos frentes el deterioro es evidente.
Los adultos mayores pobres enfrentan recortes de la pensión básica universal y abandono en un contexto de creciente precariedad económica. La vejez, que debería ser una etapa de descanso digno, se convierte para muchos en una lucha diaria por sobrevivir.
El sistema de salud pública tampoco escapa al deterioro. Hospitales con escasez de insumos, largas listas de espera y servicios limitados forman parte de la experiencia cotidiana de miles de salvadoreños. En muchos casos, enfermedades tratables terminan agravándose por la falta de atención oportuna.
La educación también muestra señales preocupantes. Escuelas en malas condiciones, reducción de programas de apoyo escolar y despidos de docentes afectan la formación de miles de estudiantes. Cuando se debilita la educación pública, se compromete el futuro del país.
Y en las cárceles, bajo el régimen de excepción, se acumulan denuncias de detenciones arbitrarias, muertes bajo custodia (500 hasta ahora) y condiciones que organizaciones humanitarias consideran incompatibles con los estándares básicos de derechos humanos: falta de atención médica y torturas.
Todo esto dibuja un panorama inquietante. No se trata únicamente de concentrar poder o restringir libertades. Se trata de algo más profundo: el debilitamiento de los principios que sostienen una sociedad que pretende llamarse civilizada.
Si el signo de civilización, como decía Mead, es cuidar al que no puede valerse por sí mismo, entonces la historia juzgará a los gobiernos por ese criterio simple y contundente: si protegieron a los más débiles o si los abandonaron.
Porque una sociedad no retrocede solo cuando pierde libertades. Retrocede, sobre todo, cuando deja de cuidar a los suyos.
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