Luis Armando González*
“Una necesidad del cerebro humano es poner orden en el universo. Parece razonable decir que todas las culturas han triunfado más o menos al proporcionar a sus miembros una visión unificada y coherente del mundo”
François Jacob
Para evitar confusiones acerca de lo que entiendo aquí por “cultura no científica” aclaro que me refiero a la cultura académica e intelectual que no nace de la investigación científica empírica o de la investigación lógico matemática, sino de otro tipo de esfuerzo intelectivo y sensitivo (y también investigativo), distinto al explicativo-empírico. Ciertamente, decir “otro tipo de esfuerzo” no es correcto, pues la cultura no científica es sumamente rica y diversa: va desde las sistematizaciones filosóficas, teológicas y jurídicas –pasando por los ensayos críticos y la producción literaria (novelas, cuentos, poemas), la dramaturgia, la pintura, la escultura y la música— hasta los artículos periodísticos, las reseñas de libros y los comentarios y opiniones sobre asuntos inmediatos. O sea, se está ante “muchos tipos de esfuerzos” (que se traducen en una amplia gama de géneros literarios y estéticos) en los cuales la creatividad y la investigación se dan la mano para expresar (o acercarse a) dimensiones de la realidad humana-social-natural de modos distintos a como lo hacen los científicos.
Que se trate de una cultura “no científica” no significa que sea inferior (o superior) a la cultura propiamente científica. Es simplemente distinta. Y en la especificidad de las creaciones (obras) que la constituyen –ya se trate de un ensayo filosófico, un análisis literario, un cuento, una reseña de libro o un artículo breve y razonado de opinión— no sólo enriquece el universo cultural de la sociedad, sino que está llamada a convertirse en un entorno nutricio para el cultivo de una ciencia rigurosa y de amplias miras éticas y estéticas.
Sobre el cultivo de la ciencia empírica –es decir de un quehacer investigativo que pone en acción hipótesis explicativas sobre determinados explanandum y se buscan sistemáticamente datos empíricos que respalden el explanans propuesto— circulan algunas ideas que no son del todo correctas. Una de ellas es que sólo desde estas ciencias de hace investigación sobre hechos o fenómenos de la realidad; no es cierto: filósofos, literatos, periodistas y pintores también investigan sobre asuntos reales (y también imaginarios), pero sus objetivos investigativos son distintos a los que persiguen los científicos.
Una segunda idea equivocada consiste que creer que, aun admitiendo que en otros campos se investiga, en ellos no hay rigor, seriedad y disciplina, todo lo cual hace a la investigación científica algo “superior”. No es cierto: novelistas, ensayistas, pintores, periodistas (los de verdad) y poetas son rigurosos, disciplinados y serios en su trabajo. Y una tercera idea (perniciosa a más no poder) es que la ciencia se puede cultivar de forma aislada respecto de la cultura no científica; incluso, hay quienes, en los tiempos que corren, creen que la actividad científica debe resguardarse de cualquier influencia proveniente de ese otro ámbito en el cual lo que hay son creaciones “inferiores”, no científicas, que rebajarían el buen nombre y prestigio de sus “revistas científicas”. Para protegerse de esas “influencias perniciosas” se han creado cercos formales –establecidos por indexadoras internacionales— que ensayos, artículos de opinión o análisis conceptuales no pueden, dada su especificidad, traspasar para su publicación.
A contracorriente de lo anterior, se tiene que decir que si de verdad se quiere cultivar la ciencia –dando vida a un quehacer investigativo explicativo empírico— lo primero que tiene que hacerse es descartar la idea de que la actividad científica debe aislarse –ocupando un coto cerrado libre de influencias— de la cultura no científica. Si se da este aislamiento –y esto sucede ahí donde tal aislamiento lamentablemente se da— lo que se tendrá es un quehacer científico pobre de referentes, de estímulos y de preocupaciones, es decir, encerrado en un mundillo de cortas miras y sin implicaciones relevantes. Y ello, independientemente de si sus “productos” son validados por revistas indexadas, si ese producto lleva la viñeta de “artículo científico” o sí se han usado las normas de citación establecidas por la APA.
Retomo la interrogante que da título a estas reflexiones: ¿es prescindible la cultura no científica para el cultivo de la ciencia? En la década de los años cincuenta, sesenta o setenta (del siglo XX) se hubiera tratado, sin duda, de una pregunta retórica, pues sólo algún despistado habría dado una respuesta afirmativa a ella. Pero, en los tiempos actuales, seguramente abundarán los que, no por despiste, sino por convicción, digan que sí. Ante tal situación –aunque se esté en una posición discordante y minoritaria— se debe sostener una postura contraria: la cultura no científica no es prescindible –es decir, es imprescindible— si se quiere cultivar realmente la ciencia. Aceptar esto significa tener una visión amplia de la cultura intelectual y académica, en la cual el quehacer científico ocupa un lugar propio (con sus características específicas) e irremplazable, pero no autárquico ni superior a los otros saberes y haceres que enriquecen esa cultura intelectual y académica.
A lo sumo, y regañadientes, en la actualidad –y en naciones con una precariedad extrema en el cultivo de la ciencia— apenas se acepta que el quehacer científico requiere de la existencia de una institucionalidad y un financiamiento suficientes para dar lugar a lo que Imre Lakatos llamó programas de investigación. Si se visualiza el quehacer científico desde los entornos que le son necesarios para prosperar, el primero de ellos estaría formado por una institucionalidad y unos recursos financieros adecuados. Pero, a ese entorno deben sumarse otros necesarios y vitales: los cuerpos teóricos en los que se expresan los logros explicativos de las distintas ciencias y sus disciplinas, y el debate teórico y conceptual; la cultura filosófica y literaria, y las creaciones estéticas en las distintas ramas del arte; y, en general, el debate de ideas animado por periodistas, comentaristas y líderes de opinión. Y todo esto plasmado en publicaciones diversas: informes de investigación, monografías, libros, revistas (en sus distintas secciones), periódicos, muestras fotográficas y pictóricas, exposiciones en museos, y, en fin, todos los medios que permitan la circulación de ideas, argumentos y obras de distinto género y de distinta elaboración intelectual y estética. En el siguiente cuadro se presentan los entornos que son imprescindibles para al cultivo de la ciencia, actividad que aparece en la parte central.
ENTORNOS VIRTUOSOS PARA LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA
El cultivo de la ciencia debería ser algo de primera importancia para cualquier sociedad. Pero debe hacerse con seriedad y honestidad, no inflando lo que escasamente se hace o fantaseando sobre lo que no se hace, con denominaciones que ocultan las tremendas deficiencias que se tienen. Ahora bien, para cultivar realmente el quehacer científico se requiere, además de científicos formados y estudiantes que se forman para ser científicos, unas condiciones –entornos, les he llamado aquí— sin las cuales ese cultivo no prosperará. En conjunto esos entornos expresan la diversidad y riqueza de la cultura no científica, la cual no sólo es tierra fértil para el florecimiento de la ciencia, sino también para la vitalidad del patrimonio cultural de una sociedad. Las mejores revistas académicas inspiradas en la Ilustración –incluidas las revistas científicas especializadas— labraron su prestigio porque dieron cabida en sus páginas a las creaciones científicas y no científicas, entendiendo que en ambos planos se expresaban las potencialidades y conquistas del espíritu humano. La ciencia es una conquista del intelecto humano, pero es una conquista que se nutre –y alimenta de— otras. Nada más contrario a la ciencia que el rechazo, por no científicos, del ensayo filosófico, el debate conceptual, el análisis literario, la reflexión crítica o la opinión razonada. Los científicos de verdad, y los filósofos de la ciencia, lo saben: saben que una opinión informada o un concepto puesto en circulación en artículo conceptual pueden ser la puerta de entrada a una hipótesis productiva o una perspectiva distinta para acercarse a un problema. Quienes no lo saben, al parecer, son quienes se mueven en los linderos de esas actividades intelectuales.
Para terminar, sin ningún afán de ser pretensioso, no me resisto a mencionar lo siguiente: estoy leyendo en estos momentos el libro El desván de la evolución, en el cual se recogen varios trabajos del biólogo François Jacob; en concreto, leo el texto titulado “Evolución y bricolaje”, que es una conferencia pronunciada por el autor, en 1977, en la Universidad de California, en Berkeley. Esa conferencia fue publicada en la revista Science (vol. 196, pp. 1161-1166). Para quienes no lo saben, se trata de una de las revistas científicas por excelencia. Pienso en lo que harían algunas de las actuales “revistas científicas” si se les presentara el texto una conferencia dictada por un académico: seguramente lo rechazarán. He aquí la distancia que separa al localismo provinciano del universalismo crítico y plural.
San Salvador, 17 de septiembre de 2026
*Profesor de la Maestría en Derechos Humanos y Educación para la Paz, Universidad de El Salvador. Coordinador del Equipo de Trabajo en Metodología de Investigación Social, del Instituto de Estadios Históricos, Antropológicos y Arqueológicos. Universidad de El Salvador.
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