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EL SALARIO NO ALCANZA: CINCO PROBLEMAS QUE GOLPEAN HOY A LA CLASE TRABAJADORA SALVADOREÑA

ERICK ZELAYA*

Quien entra todos los días a una fábrica, a una maquila, a un taller o a una planta industrial no necesita que un economista le explique que la vida está cara. Lo comprueba cuando recibe el salario, compra la comida, va a traer el pan o las tortillas, paga el transporte y descubre cuánto le queda para terminar la quincena.

Pero ponerle números a esa realidad es importante. Porque cuando cada trabajador enfrenta el problema individualmente puede parecer que simplemente “no sabe administrar” su dinero. Cuando miles de trabajadores viven exactamente la misma situación, estamos frente a un problema económico y social.

Los datos conocidos durante septiembre de 2026 permiten identificar por lo menos cinco problemas que están golpeando directamente el bolsillo y la mesa de las familias trabajadoras salvadoreñas.

1. EL SALARIO CADA DÍA COMPRA MENOS

El primer problema es sencillo de explicar: no importa solamente cuánto ganamos, sino cuánto podemos comprar con lo que ganamos. Según un análisis del economista Otto Boris Rodríguez, la inflación acumulada ha erosionado los últimos incrementos salariales, al descontar el efecto acumulado de la inflación, el salario mínimo habría perdido capacidad adquisitiva respecto de 2021. Es decir: aunque en el papel aparecen más dólares, esos dólares alcanzan para menos.

Esto es lo que los economistas llaman salario real. Pongamos un ejemplo sencillo: Si ayer con $10 comprábamos diez productos y hoy con esos mismos $10 solamente compramos ocho, nuestro salario perdió poder adquisitivo aunque nuestro sueldo nominal no haya bajado. Eso es precisamente lo que siente una familia trabajadora cuando llega al supermercado, al mercado o a la tienda de la colonia o el pueblo.

El problema adquiere todavía mayor importancia para el obrero industrial porque su salario es prácticamente su único medio de vida. El trabajador no vive de dividendos, alquileres de propiedades o ganancias empresariales. Vive de vender su fuerza de trabajo. Por eso, cuando aumenta el costo de vivir y el salario queda atrás, se produce en los hechos una reducción de sus condiciones materiales de vida.

2. LA CANASTA BÁSICA SIGUE SUBIENDO

El segundo golpe está en la comida. Los datos oficiales correspondientes a agosto colocaron la Canasta Básica Alimentaria urbana en $264.73, alrededor de $13.94 más que un año antes.

Pero esa canasta mide fundamentalmente alimentos. Una familia trabajadora no vive solamente de comer. Hay que pagar electricidad, agua, transporte, vivienda, ropa, medicamentos, educación, teléfono y muchas otras necesidades. Por eso existe también la referencia de la Canasta Básica Ampliada, que en julio alcanzó aproximadamente $522.96. Comparemos: El salario mínimo vigente para industria, comercio y servicios es de $408.80. La diferencia supera los $114 mensuales. ¿De dónde salen esos $114 que faltan?

En muchas familias salen del endeudamiento, de dejar de comprar algo necesario, de buscar otro ingreso, de trabajar horas adicionales o de depender de las remesas enviadas por familiares. Por eso la discusión salarial no puede reducirse a celebrar cada aumento nominal del salario mínimo. La discusión debe ser otra: Alcanza el salario de una jornada normal de trabajo para sostener dignamente a una familia trabajadora.

3. LA COMIDA SUBE MÁS Y LAS FAMILIAS TERMINAN RECORTANDO

El tercer problema está estrechamente relacionado con los anteriores. No todos los precios aumentan de la misma manera. Durante este año han aumentado productos fundamentales de la alimentación popular. Los datos correspondientes a agosto muestran incrementos importantes en rubros como hortalizas, huevos y frutas. Para una familia de altos ingresos, unos dólares adicionales en la compra semanal pueden significar poco. Para un trabajador que llega al final de la quincena contando cada dólar, pueden significar eliminar carne de algunas comidas, comprar menos frutas, sustituir productos o simplemente reducir otros gastos.

Una investigación de la Universidad de El Salvador publicada este mes encontró que 48% de las personas consultadas afirmó que sus ingresos no alcanzaban para cubrir sus gastos básicos, mientras 71.2% dijo haber reducido gastos en productos o servicios básicos durante el último año.

Debe aclararse que se trata de una encuesta de percepción y no de una medición de todos los hogares salvadoreños. Pero describe una realidad reconocible para miles de trabajadores: el salario llega, se distribuye entre las necesidades básicas y desaparece rápidamente.

4. EL COMBUSTIBLE TAMBIÉN GOLPEA EL SALARIO

Durante septiembre apareció otro problema: el fuerte incremento de los combustibles. Para la segunda mitad del mes, los precios de referencia en la zona central llegaron aproximadamente a $5.13 por galón de gasolina especial, $4.80 la regular y $4.86 el diésel.

Esto afecta al trabajador incluso cuando no tiene automóvil. ¿Por qué? Porque prácticamente todo lo que consumimos necesita transporte. El frijol, el arroz, las verduras, los huevos, la ropa, los materiales de construcción y buena parte de los productos industriales recorren kilómetros antes de llegar al mercado. Cuando aumenta el diésel, aumentan los costos del transporte y existe el riesgo de que empresarios y comerciantes trasladen parte de ese incremento al consumidor.

El trabajador termina recibiendo el golpe por distintos lados: cuando se transporta, cuando compra alimentos y cuando adquiere otros productos.

5. LA INSEGURIDAD ALIMENTARIA ES UNA SEÑAL DE ALERTA

Quizá el dato más duro sea este. Una estimación reciente de la Fundación Ciudadana por un Consumo Responsable sostiene que alrededor de 2.5 millones de salvadoreños, equivalentes al 41.7% de la población, enfrentan algún grado de inseguridad alimentaria moderada o grave.

La cifra corresponde a esa organización y no debe presentarse como una estadística oficial del Gobierno. Pero el fenómeno que intenta medir es fundamental. La inseguridad alimentaria no significa solamente pasar hambre. También puede significar disminuir porciones, eliminar determinados alimentos de la dieta, reducir comidas o no saber con seguridad si habrá dinero suficiente para comprar alimentos durante todo el mes.

En un país donde miles de personas se levantan de madrugada, toman un autobús, marcan tarjeta y pasan ocho horas o más produciendo riqueza, que una familia trabajadora tenga dificultades para alimentarse adecuadamente debería ser motivo de un debate nacional.

LA ECONOMÍA PUEDE CRECER Y EL TRABAJADOR SEGUIR VIVIENDO PEOR

El Fondo Monetario Internacional proyecta para El Salvador un crecimiento económico real de alrededor del 4.5% durante 2026. Puede crecer la economía y, al mismo tiempo, La Clase Trabajadora experimentar dificultades económicas. No existe contradicción matemática entre ambas cosas. El PIB mide cuánto produce una economía. No dice por sí mismo cómo se distribuye esa riqueza. Una fábrica puede aumentar su producción. Una empresa puede vender más. Las exportaciones pueden crecer. El PIB puede subir. Pero si los salarios crecen menos que los precios, el trabajador puede terminar produciendo más mientras su capacidad de compra se deteriora. Por eso el enfoque no debe ser únicamente si Está creciendo El Salvador, también debemos saber ¿Quién se está beneficiando de ese crecimiento y quien no?

DEL LAMENTO INDIVIDUAL A LA ORGANIZACIÓN COLECTIVA

Ningún trabajador puede resolver individualmente estos problemas. Podemos buscar ofertas, cambiar de supermercado, reducir gastos o hacer horas extras. Son decisiones comprensibles para sobrevivir, pero ninguna de ellas modifica el precio de los alimentos, el salario mínimo, el costo del combustible o la distribución de la riqueza. Los problemas colectivos necesitan respuestas colectivas. Y allí aparece una herramienta histórica de la clase trabajadora: la organización sindical y política de manera independiente: Independiente del Gobierno, de los partidos políticos burgueses, de las patronales, de las burocracias sindicales. Un sindicato debe responder principalmente ante quienes lo construyen y sostienen: la Clase Trabajadora.

La organización comienza muchas veces con cosas sencillas: hablar con el compañero de la máquina de al lado, comparar salarios, conocer nuestros derechos, identificar problemas comunes y construir confianza. Cuando un trabajador reclama solo puede ser ignorado. Cuando una planta completa discute colectivamente sus condiciones laborales, existe otra correlación de fuerzas.

NO SOLAMENTE DEFENDER LO QUE TENEMOS: LUCHAR POR VIVIR MEJOR

La clase trabajadora salvadoreña necesita discutir nuevamente qué significa un salario digno. Necesitamos hablar de salarios relacionados con el costo real de vivir; mecanismos para recuperar el poder adquisitivo perdido; defensa de las ocho horas; pago efectivo de horas extraordinarias; estabilidad laboral; libertad sindical y negociación colectiva. Y debemos atrevernos a discutir algo todavía más profundo: si aumenta la productividad y aumenta la riqueza producida por los trabajadores, una parte mayor de esa riqueza debe regresar a quienes la producen.

No se trata simplemente de exigir más por exigir. Se trata de comprender algo elemental: las máquinas no producen solas.

Detrás de cada camisa confeccionada, cada alimento procesado, cada medicamento empacado, cada medicamento elaborado y distribuido, cada pieza ensamblada y cada producto exportado existen manos trabajadoras.

ORGANIZARSE ES RECUPERAR NUESTRA FUERZA

Escribo estas líneas desde el exilio. La distancia no borra algo que aprendimos durante años de organización sindical: el trabajador aislado es débil frente al poder económico; organizado junto a sus compañeros puede convertirse en una fuerza capaz de defender sus derechos. No necesitamos sindicatos que aparezcan únicamente cuando llegan las elecciones internas. Necesitamos organización permanente en los centros de trabajo. Necesitamos sindicatos democráticos, donde los trabajadores puedan hablar, decidir y controlar a sus dirigentes. Necesitamos reconstruir los vínculos entre trabajadores de fábricas, maquilas, servicios, sector público, transporte, campo y economía informal.

Porque los problemas pueden presentarse de manera diferente, pero tienen una raíz común: millones de personas vivimos fundamentalmente de nuestro trabajo.

Por eso, frente al aumento de los alimentos, la pérdida del poder adquisitivo, el encarecimiento de los combustibles y las dificultades para cubrir las necesidades familiares, la respuesta no puede quedarse solamente en la indignación. Hay que convertir esa indignación en conciencia, la conciencia en organización, y la organización en fuerza colectiva.

Que ninguna trabajadora y ningún trabajador enfrente solo los problemas que afectan a toda nuestra clase. Organizarse, defender la independencia sindical y luchar colectivamente por mejores salarios y condiciones de vida sigue siendo una herramienta fundamental de la clase trabajadora salvadoreña.

*Luchador social, Sindicalista en El Exilio y Columnista

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