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El más humano de los dioses

Iosu Perales

¿Fue Diego Armando Maradona un buen ejemplo para la sociedad? Rotundamente no. Nada hay en el personaje que nos invite a tomarle como referencia para nuestro modo de vivir. A pesar de ello, el escritor Eduardo Galeano dijo de él que era el más humano de los dioses. Y, pensándolo bien, tal vez sea verdad que los dioses no están libres de pecado, creaciones humanas de una sociedad patriarcal e imperfecta, fábrica de genios de dos caras.

Albert Einstein afirmó: “La mujer está donde le corresponde, millones de años de evolución no se han podido equivocar”. Ramón Vall Inclán confesó: “Siempre he creído que la bondad de las mujeres es todavía más efímera que su hermosura”. Para Voltaire, “una mujer amablemente estúpida es una bendición del cielo”. Los ejemplos de misoginia entre personas admiradas son innumerables a lo largo de la historia.

En nuestros días abundan los políticos misógenos. “No tengo días malos porque no soy una mujer” ha dicho Vladimir Putin. “Prefiero que me gusten las mujeres guapas que ser maricón”, son palabras de Silvio Berlusconi. “Las feministas son mujeres frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas”, afirma David Pérez, alcalde de Alcorcón, del Partido Popular.

Lo cierto es que muchísimas personas admiradas han sido machistas en alguna de sus variantes. Desde Gustavo Adolfo Bécquer a León Tolstoi. Desde Pablo Picasso a Sean Connery. Desde Juan Ramón Jiménez a Pablo Neruda. Desde Roman Polanski a Woody Allen. Ni el fútbol, ni el cine, ni la literatura, ni la política, pueden primar sobre la violencia en cualquiera de sus formas contra las mujeres.

Por eso, en cuanto a Maradona, no tengo ningún interés en blanquear su figura. El movimiento feminista tiene razones para denunciar sus comportamientos misóginos, machistas y de violencia de género. El testimonio de la futbolista del Pontevedra, Paula Dapena, que se negó a guardar un minuto de silencio por el argentino, resume una justificada indignación. Sin embargo, resulta que al hombre no es al que se llora. Al que se llora es al futbolista. Como en otros casos, al pacifista, al estadista, al músico, al escritor.

Como jugador de fútbol era único, la más grande personalidad del fútbol mundial. No digo que como futbolista haya sido el mejor. Es complicado hacer comparaciones entre futbolistas de distintas épocas y a la luz de la evolución de los terrenos de juego, de los reglamentos, de los entrenamientos, de las tácticas, de la preparación física, de la tecnología, del arbitraje, y hasta de los comportamientos de ese objeto lleno de vida que fascinaba a Diego el futbolista, el balón, la pelota.

Lo que digo es que ha sido la más grande personalidad de un deporte que en Argentina levanta pasiones, y que bajo el liderazgo de Diego recuperó el orgullo maltrecho por la derrota de las Malvinas bajo las bombas de los ingleses.

1986 fue el año en que la dignidad argentina nació de nuevo tras la derrota bélica en junio de 1982. Y como si los astros se alinearan en el cielo, esa final del mundial fue nada menos que en el Estadio Azteca de México, lugar que evoca rebeldía y rebelión.

Sí, era un líder, líder de multitudes. El que dio a su país el regalo y el derecho de hacer burla a los imperialistas ocupantes de las Malvinas, en un momento en que el país estaba sumido en la depresión y la pena. La Argentina tirada en los suelos, vencida, se levantó al grito de Gol, al que se sumaron Carlos Gardel y Evita Perón. Este estatus de líder vengador de la humillación nacional, nunca lo podrá tener ningún otro jugador, aunque se llame Messi. Por eso Diego el futbolista ha sido único, el líder, no uno más. Él llevó a la selección albiceleste a la gloria, ayudado por la mano, no una mano cualquiera, era la mano de Dios.

En lo futbolístico está todo dicho. Ríos de tinta se han escrito en todos los periódicos del mundo, citándose todas las genialidades del rey de la gambeta. Doctores tiene la Iglesia para describir su juego. A mí me interesa la leyenda. La leyenda entendida como relato de sucesos maravillosos o imaginarios, encuadrados en cierto momento histórico.

La belleza de Diego el futbolista, no estaba en el personaje de apellido Maradona que acabó auto devorándose. Estaba en su juego. Lo bueno y lo malo, el bien y el mal, lo feo y lo bonito, forman parte de la misma persona. Como en cada una de nosotras y en cada uno de nosotros. La verdad es que cuesta aceptar que en el futbolista que admiramos viva también el personaje que censuramos. Parece que no puede ser. Pero es. Sin embargo, somos compasivos con esa misma contradicción cuando la aplicamos en nosotros mismos. Tal vez tengamos que aprender a conjugar con serenidad y proporción amor y odio, para no tener que dimitir y salir corriendo de esta humanidad que no tiene arreglo.

A diferencia del fútbol de piscifactoría que actualmente predomina, Diego el futbolista practicó el fútbol puro. Esa pureza que no tuvo fuera de los Estadios, la tuvo en su fútbol de barrio transferido al profesional. Su leyenda arranca de ese origen: el juego de regate en un campo de polvo y barro de una comunidad pobre.

Si jugando al fútbol fue un genio, en su vida fue por períodos un juguete roto en manos de mala gente. Su lado oscuro se gestó al parecer en Barcelona y se fortaleció en Nápoles, donde quedó enganchado a la adicción, o sea la enfermedad. La labor destructiva fue el resultado de una cohorte de aduladores y buscavidas que se aprovecharon de una personalidad que reunía una nefasta gestión de la fama con la necesidad de estar siempre en compañía. Esta cohorte de chupones, hicieron de Maradona la cara contraria de Diego el futbolista.

Seguramente la leyenda preservará al futbolista por las emociones que transmitió a la gente. Pero es bueno que sepamos que ni siquiera el más humano de los dioses estuvo libre de la comisión de graves errores, de irresponsabilidad. Su leyenda, para mucha gente tendrá sólo una cara, para mucha otra gente tendrá las dos caras de una misma moneda.

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