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El hombre: ser que llega al mundo sin rostro

El portal de la Academia Salvadoreña de la Lengua
EL HOMBRE: SER QUE LLEGA AL MUNDO SIN ROSTRO

Por: Eduardo Badía Serra, 
Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

Demasiadas cosas útiles dan como resultado demasiados hombres inútiles.
KARL MARX, Los Manuscritos.

El hombre no es un ser virtual; el hombre es un ser de carne y hueso, como muy bien habría dicho don Miguel de Unamuno.

Por supuesto que la ciencia y la tecnología son grandes monumentos humanos. Sin ellas, la humanidad no hubiera progresado tanto como lo ha hecho. Grandes progresos en la salud, la educación, y el desarrollo en términos generales, y una mejor y más actualizada
cosmovisión, son logros que el desarrollo científico y tecnológico ha producido. No es necesario, ni posible, detallar todo lo que la ciencia y la tecnología ha proporcionado al hombre y a la naturaleza misma. Sólo baste citar ejemplos recientes, por ejemplo, el rápido desarrollo de las vacunas que han permitido controlar un tanto el desarrollo de la pandemia del covid que ahora azota al mundo, y en lo que, vale decirlo, nuestro país ha sido un ejemplo mundial por la forma en que este serio problema ha sido enfocado y combatido. Igual cosa puede decirse en cuanto a cómo la tecnología ha permitido paliar un poco el problema que dicha pandemia ha provocado en el sistema educativo nacional, facilitando su continuidad, de alguna manera, debemos decirlo, con el uso de herramientas  tecnológicas en la escuela, aunque ello no sustituya ni iguale nunca a la educación presencial. La ciencia y la tecnología son
herramientas fundamentales para el desarrollo de las sociedades y de los pueblos, siempre y cuando sean utilizadas con eficiencia y con prudencia, sin desnaturalizar sus fines y objetivos. Pero cuando los desarrollos científicos y tecnológicos se utilizan con fines no adecuados, estos pueden volverse también herramientas que se tornen contra estas sociedades y los pueblos a los cuales se deben.

La ciencia y la tecnología no son ni malas ni buenas en sí mismas. No emiten juicios de valor. Simplemente, presentan sus desarrollos y sus logros y los colocan al servicio de la comunidad. Es esta quien, con su uso, les proporciona, y hablo axiológicamente, el valor con
que se manifiestan sus hechos. Este es un viejo problema sociológico y filosófico, el llamado asunto de “la neutralidad de la ciencia”, ya resuelto, aunque aun existen opiniones que insisten en dar a los hechos científicos y tecnológicos valores que ellos no poseen como tales. Es el uso que hace el hombre de estos desarrollos científicos y tecnológicos, el que les da un valor positivo o negativo. Y es este inadecuado uso del desarrollo de estas formas del conocimiento el que puede llevar al hombre a la peligrosa condición de la “crisis de la conciencia”, como pareciera estar sucediendo ahora con nosotros en el país.

Este asunto de la neutralidad de la ciencia debe interpretarse adecuadamente. No es que la ciencia y la tecnología no se manifiesten, no se expresen, pero ellas lo hacen en otra forma y con otro lenguaje. Un prestigioso axiólogo y matemático británico, J. Bronowski, hablando de este asunto, afirmaba que sí hay juicios de valor en la ciencia, e incluso que esta no podría existir sin ellos. La ciencia no
es una actividad vacía y mecánica, dice Bronowski, sino que comparte los valores de toda acción humana y añade a esta unos nuevos; por ello la ciencia no puede calificarse como amoral. “Los hechos no se quedan quietos para nosotros en el espacio y en el tiempo, -continúa-; debemos convertirlos en predicciones, y la predicción no puede separarse de su propio margen de incertidumbre. Ya no hay ciencias exactas; hay, justamente, ciencias”, termina. Si leemos bien a Bronowski, es el hombre quien convierte los hechos científicos en predicciones, es por el hombre que la ciencia “no se queda quieta en el espacio y en el tiempo”. En el vector “hecho científico-acción humana” es en el que la ciencia manifiesta su valor. Y este, lo repito, puede ser axiológicamente bueno, o  axiológicamente malo. Cuando se da esto último, el uso de los hechos de la ciencia y de la tecnología pueden llevar al hombre, como peligrosamente está sucediendo en esta era megatecnológica, y particularmente en nuestro país, a la “crisis de la conciencia”. Este es el tema que ahora deseo enfocar. El hombre, y el salvadoreño particularmente, está entrando en una etapa en que va convirtiéndose en hombre-robot, hombre-zombie. Actúa, percibe, siente, pero no piensa, no tiene conciencia, y, cuestión muy grave, va perdiendo su capacidad de amar. Le ha sido negada su “qualia”, ese componente esencial que le hace ser humano, esa “experiencia subjetiva” que, en constructo esencial con el mundo objetivo en que actúa, le hace “ser”, ser persona. Sin esa “experiencia subjetiva”, sin su “qualia”,
el hombre no “es”, es robot, es zombie, pero no persona. En el hombre mora el espíritu, y por el espíritu, como decía San Agustín, es persona. “El hombre, -decía el obispo de Hipona-, por se espíritu es persona”. Y este espíritu, esta radicalidad propia de la conciencia, es la que parece estársele negando. Ese es el peligro del mal uso de la ciencia y de la tecnología en esta época megatecnológica de la que seres misteriosos y difusos se están aprovechando.

El salvadoreño es históricamente un ser altamente espiritual. Examinemos un poco sus antecedentes históricos. Nuestras culturas  originarias prehispánicas, que no hicieron nunca, por cierto, una separación de los distintos ámbitos del conocimiento, y que siempre tuvieron una visión integrada de la vida, una cosmovisión que era un todo orgánico y armónico, sostuvieron una concepción  altamente espiritual, consciente, de la vida. Nuestros pipiles, descendientes de los nahuatl, luego que estos corrieron desde el norte en un viaje místico y misterioso a través de todo el sur de nuestra costa pacífica, arribando a Cotzumalhuapa y luego apareciendo por nuestro actual occidente, ¿qué pensaban del hombre y su sentido de la vida? ¿Cuál era la enseñanza que guardaban sus sabios  tlamantinime? El hombre, decían, es un ser producto de la acción divina ejercida por los dioses, y se hace y se desarrolla  constantemente mediante la transmisión oral y las experiencias obtenidas por las generaciones anteriores. Estos pueblos soberbios y
magníficos, recogiendo la concepción de sus antecesores nahuatl, hablan del hombre como un “ser misterioso, cuyas reacciones e inclinaciones son impredecibles, que llega al mundo ‘sin rostro’, y a quien la vida le enseña a ‘tomar una cara’, ir a la acción sobre una realidad evanescente”. ¿Son acaso verdad los hombres?, ¿tienen acaso algún conocimiento los hombres?, ¿Son, los hombres, mero ensueño? Los tlamantinime sitúan al hombre, evadiendo las respuestas, en el doble plano mítico- religioso y filosófico. De forma  similar pensaban los mayas, y las grandes culturas quechuas, particularmente en su etapa inca.

Es decir, el hombre piensa, y si piensa, necesariamente se cuestiona, y si se cuestiona es porque es consciente. Si se le convierte en un hombre-robot, en un hombre-zombie, se desnaturaliza y pierde su calidad de persona. Esta condición de ser conscientes no es propia ni exclusiva de nuestros antepasados prehispánicos. Ya he citado a San Agustín, en los justos inicios de la Apologética, gran
antecedente del medievo. Santo Tomás, en la alta escolástica, hablaba del hombre como “persona, unidad sustancial en la cual el alma espiritual y racional es la forma del cuerpo”. Citemos a Descartes, definitivo en esto: ”El hombre es sustancia pensante”. Y a Pascal, para quien el hombre es un “ser cuya grandeza es conocerse a sí mismo”. El hombre, decía Pascal, es “la caña más frágil de la Naturaleza, pero es un ‘roseau pensant’ “. Teilhard de Chardin, justamente en el siglo anterior, hablaba del hombre como “la evolución que toma ‘conciencia’ de sí misma”. Y el mismo Stephen Hawking, tan confuso en su concepción de Dios y de un Ser Superior, hablaba del hombre como un “ser cuya esencia es la razón”. Hago solamente algunas citas.

El hombre avanza gracias a la ciencia y la tecnología. Pero el mal uso de la ciencia y la tecnología, como sucede, debo insistir, con esos intentos de ir convirtiéndolo progresivamente en robot, o en privilegiar y magnificar su condición de zombie, puede llevarlo a la “crisis de la conciencia”, con lo cual deja de ser persona y se reduce a la simple animalidad, a un ser que simplemente libera biológicamente
la estimulidad, como decía Zubiri, dejando entonces de ser el ‘roseau pensant’ de Pascal. Ese es el peligro. La “crisis de la conciencia” es un asunto fundamental y debe enfocarse adecuadamente. De ello debemos hablar un poco más.

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