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El guardián silenciado de Panchimalco: “Don Sabino” Antonio Ramos Cruz

Por: Dalia Serrano

En el corazón de Panchimalco, donde la historia late al ritmo de la danza y la memoria colectiva, la figura de Sabino Antonio Ramos Cruz se establecía, hasta hace poco, como un faro de la Cultura Viva Comunitaria. Miembro fundamental de los emblemáticos «Chapetones», Sabino es mucho más que un gestor cultural con más de 35 años de trayectoria; es un líder indígena, sindicalista y artista popular. En esencia, es un hombre cuya vida entera ha sido dedicada a tejer la sociedad de su comunidad.

Lamentablemente, desde el 28 de abril de 2022, el vacío que ha dejado en el cantón es palpable. Don Sabino, un respetado adulto mayor que contaba con fuero sindical como miembro del Sindicato de Trabajadores de la Alcaldía de Panchimalco, permanece detenido bajo el régimen de excepción. Su historia es la de un hombre excepcional cuyo único “pecado”, al parecer, ha sido simplemente vivir para su gente.

Un tío, un vecino, un amigo incondicional

Para entender la magnitud de su ausencia, es necesario escuchar a quienes compartieron el día a día con él. Alejandro P., sobrino y testigo de su labor, ofrece una perspectiva íntima: «Don Sabino mantenía un bien para este cantón, porque organizaba los grupos de danza; hacía algo bueno».

En la cotidianidad, Ramos Cruz era la personificación de la amabilidad. Más allá de las formalidades de sus cargos, Don Sabino inculcó un valor simple pero profundo: mantener la alegría y «robarle una sonrisa» a las personas trabajadoras y cansadas. Entendía, con una sabiduría ancestral, la necesidad de distracción que tiene un cuerpo fatigado por la labor del campo.

Una anécdota familiar ilustra su sentido del humor, nacido de la cruda realidad económica de la comunidad. En una ocasión, invitados a un evento de danza, el grupo de Los Chapetones no pudo presentarse con la indumentaria completa. «Íbamos vestidos como podíamos», relata Alejandro. La imagen del grupo, que usualmente usa zapatos de vestir relucientes, apareciendo con «zapatos de deporte, colores blancos», generó un chiste interno que él mismo lideró. Lejos de ser motivo de vergüenza, Don Sabino convirtió la carencia en un momento de risa compartida, demostrando su capacidad para encontrar la riqueza en la adversidad.

Liderazgo en la alegría y la tristeza

Don Sabino no solo era el motor de la fiesta, sino también un pilar en los momentos de duelo. «Trataba de demostrar a los jovencitos que hay que estar entre la alegría y la tristeza», recuerda su sobrino. No permitía que las adversidades personales interfirieran con el compromiso cultural.

Una de sus mayores contribuciones fue su visión inclusiva. En un entorno tradicionalmente reservado a los hombres, Sabino fue pionero en la integración de las niñas a los grupos de danza. «Admiré mucho eso, que él aceptara a las mujeres también con sus valores y sus derechos», afirma Alejandro.

Su pasión se medía también en su capacidad para resolver crisis. La falta de recursos para vestuario, instrumentos o el pago de los músicos era una constante. Cuando no había dinero, él buscaba soluciones, prestaba o gestionaba de su propio bolsillo para que el grupo no se desarmara. Don Sabino estaba «todo el tiempo» presente; su liderazgo no era impositivo, sino basado en el ejemplo.

El arte como escudo contra la maldad

El liderazgo de Don Sabino fue particularmente excepcional en su capacidad para atraer a la juventud. En tiempos donde la organización comunitaria era vista con sospecha por las autoridades, él lograba vencer obstáculos. Su visión era clara: alejar a los jóvenes de la «maldad» ofreciéndoles la danza como alternativa. «Trataba de mantener la mente ocupada a los jovencitos».

Lo más notable es que Don Sabino no poseía una formación académica formal; apenas cursó el segundo grado. «Él no necesitó ser un gran estudiado para que le nazca ese talento de dar una buena enseñanza», reflexionan en el cantón. Su pedagogía nacía del corazón y del respeto a la raíz.

El rescate de los Chapetones

Julio V., amigo de la infancia de Sabino y antiguo líder de la danza, recuerda que hace aproximadamente 40 años el grupo de Los Chapetones estaba al borde de la desaparición por falta de trajes. Cuando Julio invitó a Sabino, este, con 35 años, respondió con un rotundo: «Yo voy a ser el primero».

Sabino asumió el rol de gestor. Consiguió donaciones de trajes e instrumentos, eliminando la carga económica de alquilarlos. Su compromiso trascendía lo artístico; hacía gestiones para conseguir materiales para reparar casas afectadas por las lluvias y participaba en jornadas de arreglo de calles. «Ese líder no es solo por ser líder; uno tiene que ser el espejo para que se vean los demás», añade Julio V.

En la Danza de los Chapetones —una representación folclórica que incluye una escena de casamiento—, Sabino desempeñaba con orgullo el papel del padre adoptivo de la niña, Lucrecia Castilla. Al consumarse la boda, su rol era repartir «vino» (gaseosa) entre los presentes, recitando su propia poesía en un ambiente de camaradería.

Una vida en equilibrio

Sabino Antonio Ramos Cruz, el «Guardián Silencioso», era un hombre de organización estricta. Su jornada comenzaba antes de las 5:30 a.m. llevando el ganado al terreno. Luego, cumplía su jornada laboral en la alcaldía de Panchimalco, donde su ética era intachable. Llegaba 15 minutos antes de su turno y, como sindicalista, luchaba por prestaciones justas sin descuidar sus responsabilidades.

Su solidaridad era legendaria. Gestionaba aportes personales para cubrir gastos funerarios de familias pobres, garantizando despedidas dignas. En el ámbito sindical, se incorporó con la convicción de que los derechos se conquistan luchando. Un logro significativo del colectivo sindical fue exigir el pago de salarios que un alcalde saliente pretendía dejar sin cubrir.

El vacío y el llamado a la justicia

Hoy, la ausencia de este hombre del Caserío El Centro, Cantón Panchimalquito, ha dejado a la comunidad en un estado de incredulidad y «lamentación». «Todos los habitantes dicen: no le hemos visto participar en esas cosas», menciona Julio V. refiriéndose a las acusaciones de delincuencia que suelen acompañar las detenciones bajo el régimen actual.

Para Panchimalco, Don Sabino es un Patrimonio Vivo Silenciado. Su ausencia es doblemente dolorosa: se ha perdido al motor de la danza y se ha puesto en riesgo la salud de un adulto mayor cuya trayectoria es un testimonio de servicio. Organizaciones como el Movimiento de Trabajadores Despedidos, el Socorro Jurídico Humanitario, la Confederación Nacional de Trabajadores Salvadoreños y la Asociación Sindical Independiente de Trabajadores de las Artes y las Culturas han sumado sus voces al llamado de justicia, exigiendo que su caso sea juzgado con la transparencia que su vida merece.

El mensaje que la comunidad quiere enviar es claro: Sabino Ramos Cruz es un símbolo de identidad. Es el líder que daba refugio a los «hijos rebeldes» para que, en lugar de andar en malos pasos, encontraran propósito en la tradición. La comunidad espera que la justicia prevalezca para que el «hombre del talento» pueda regresar a su barrio y seguir enseñando que la voluntad y la alegría son las herramientas más poderosas para construir una patria mejor.

“Mientras tanto, en Panchimalco, las polillas amenazan los trajes de los Chapetones y el silencio en los ensayos resuena como un grito que reclama el regreso de su guardián”, Rafael Moreira, ASITAC.

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